El exterminio del drogadicto

El exterminio  del drogadicto

La droga mata o mata. En la nueva Filipinas de Rodrigo Duterte, presidente del país desde el 30 de junio, no hay elección: si eres consumidor asiduo acaban contigo los efectos nocivos de tus malas costumbres o las balas justicieras de la cruzada inducida por un líder que se ha propuesto fumigar todo lo que huela a narcotráfico. Lo dejó claro hace unas semanas: «Hay aquí tres millones de adictos. Me gustaría masacrarlos a todos», vomitó. Lleva camino de ello. En sus cuatro meses de mandato se contabilizan más de 3.700 muertos a manos de los llamados 'grupos de vigilancia' y en operaciones policiales contra traficantes y clientes. Kasandra, una niña de 12 años, llora sobre el ataúd refrigerado de uno de ellos, Verigilio Mirano, su padre. Ejecutado en su propio domicilio por «hombres enmascarados», Verigilio yace gélido en un callejón de nichos ruinoso, desolador, del cementerio público Navotas de Manila. Alguien ha escrito los nombres de allegados en el féretro y ha dejado tres cigarrillos como ofrenda al fallecido. Un portavoz de la familia asegura que Mirano abandonó las drogas con la llegada de Duterte a la presidencia. Será así..., pero eso no le ha salvado del exterminio.