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La isla hechicera

SOCIEDAD

La isla hechicera

Formentera. El último reducto del Mediterráneo libre de hormigón y multitudes cautiva por su encanto

03.01.14 - 00:20 -
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Dicen los asiduos a Formentera que cuando el viajero baja la escalerilla del ferry en el puerto de La Savina -a esta isla hecha de luz y de los destellos zafiro y turquesa de sus aguas solo se puede acceder por barco desde Ibiza- los problemas quedan atrás y la paz y la alegría de vivir se adueñan del espíritu.

Sin pretender atribuirle cualidades chamánicas, la sensación de haber llegado a un oasis vital, a un refugio del alma a salvo del turismo masivo de chancleta y sangría, existe. Sucede. La magia, el misterioso bálsamo calmante, se activa incluso en temporada alta, cuando la única carretera principal está atestada de bulliciosos italianos 'fashion' con vespa y casco, gafas de sol de marca y fular bien enroscado al cuello pese a la canícula. Sucede de verdad.

No en vano, otra de las leyendas del último paraíso del Mediterráneo, el último con un halo de fortín inexpugnable o de paraje virgen por descubrir, sostiene que el que sucumbe al hechizo de esta isla diminuta, que se recorre en apenas 19 kilómetros de norte a sur a pie, en bicicleta, en moto o en coche de alquiler, cuajada de aljibes, molinos, higueras y casitas encaladas de ventanas azules, ya no se libra de él. Es más, pasa automáticamente a venerar su pequeño santuario casi como si formara parte de un club de esos a los que solo se accede por invitación de otro de sus miembros.

Que se lo pregunten a la modelo Eugenia Silva, una de las más activas 'embajadoras' de Formentera, que se dejó caer hace unos años para visitar a unos amigos y hoy tiene allí casa y uno de los restaurantes -Can Toni, en El Pilar de La Mola, el 'techo' de una isla casi enteramente llana- de visita obligada para las muchas 'celebrities' que pasean por sus playas.

Llegan las celebrities

Porque otro de los secretos del encanto de Formentera es cómo se las arregla, sin esfuerzo, para conjugar la tradición bohemia que hoy encarnan esos Citroën Mehari tan encantadores como difíciles de conducir -Bob Dylan, que arribó a la isla en 1967 escapando de su fama, era uno de los fijos de la Fonda Pepe, lugar mítico y punto de encuentro de los hippies de entonces- con un ramalazo rabiosamente 'cool'.

No es difícil, de hecho, encontrarse con el diseñador Philippe Starck cenando en la mesa de al lado o con vips tan dispares y aparentemente contrapuestos como Andrea Casiraghi, Alejandro Jodorowsky, Pau Donés, Boris Izagirre, Judit Mascó o Leo Messi envueltos en un pareo y paseando por los más de 20 kilómetros de playas de arena fina y blanca, que poco o nada tienen que envidiar a las del Caribe.

La inconfundible transparencia del mar, que abarca todos los tonos posibles del azul, se debe a una planta, la posidonia, cuyas extensas praderas subacuáticas entre Ibiza y Formentera fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999 y ahora están en peligro por el fondeo indiscriminado de embarcaciones de recreo. La conservación de la posidonia no es un asunto menor: es además un poderoso agente ecológico, por la cantidad de oxígeno que libera a la atmósfera y por la protección que ejerce contra la erosión costera.

Un ecosistema responsable, por lo tanto, de uno de los principales atractivos de la isla, sus playas, donde ver atardecer es una experiencia única que se practica con la dignidad y la constancia de un ritual ancestral, aunque también es posible entregarse al buceo o al senderismo por entre los muchos caminos rurales del interior. Existen tantos atardeceres como rincones en la isla, y es recomendable descubrirlos sin guías, dejándose llevar.

Pero hay un par de puestas de sol 'de libro'. Una es la del chiringuito Pirata Bus en la playa de Migjorn, donde, mojito en mano y cesto de paja en la otra, los parroquianos aplauden cuando el imponente disco rojo se esconde en el Mediterráneo. La otra es la del Cap de Barbaria, un lugar mágico donde es fácil sentirse fuera del mundo y que aparecerá rápidamente en la retina de los cinéfilos si se aclara que su faro es el de la película de Medem 'Lucía y el sexo'. En los acantilados del Cap uno puede sentarse y contemplar la inmensidad del mar. Y no hacer nada más.

Puede el visitante, incluso, ver cómo el sol emerge del Faro de La Mola y, horas más tarde, se zambulle en el mismo mar junto al faro. También puede, si no tiene problema en descender por un agujero abierto en la roca, bajar a la 'cova foradada', que se abre directamente a la inmensidad mediterránea.

Allí la paz es ya éxtasis. Y si uno tiene la suerte de encontrarse a un par de hippies tocando algún extraño instrumento, la sensación de calma fantasmal es ya imborrable.

Un islote virgen

Pero volvamos a los arenales para acabar el paseo, en el que seguramente nos habremos topado ya con la gran colonia italiana que veranea en la isla y que se concentra en la más turística zona de Es Pujols. La playa de Illetes, la más al norte, es un espectáculo al que se accede después de atravesar el parque natural de Ses Salines y la laguna de Estany Pudent.

Las dunas, espacio natural protegido, llevan al caminante hasta el paso de Es Trocadors, que solo puede cruzarse a nado -o a pie si hay marea baja-, aunque volver puede convertirse en una odisea digna de 'Supervivientes y que conduce al islote virgen de Espalmador. Allí no hay nada más -y nada menos- que una playa de postal y una laguna embarrada y francamente maloliente en la que algunos se empeñan en rebozarse como si no hubiera un mañana. En el reverso de Illetes, la también bellísima playa de Llevant. Si buscamos conectar con el espíritu marinero de los oriundos isleños, Es Caló, un encantador rincón de pescadores, o Cala Saona, donde uno ve los tablones y las barquitas mientras se baña en un mar siempre en calma. Para los intrépidos, la recóndita Caló des Mort, entre Migjorn y La Mola. Y acabada la jornada de playa, es aconsejable prescindir algún día -miércoles o domingo- del chiringuito y acercarse al mercado de artesanía de La Mola, donde abundan la ropa y los accesorios artesanos, mezclados con músicos callejeros y cuentacuentos. Las maravillosas esclavas en piel de serpiente de Ishvara se han hecho tan famosas que ahora se venden también en la Quinta Avenida de Nueva York.

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