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Mucho más que piedra y agua

LA CASA DE LA MONEDA

Mucho más que piedra y agua

05.04.13 - 00:44 -
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De piedra es como se queda uno al descubrir que el mayor secreto de la paramera descarnada y reseca que rodea la localidad de Nuévalos por el sur es un vergel sin parangón en la Península, lo que menos puede uno esperarse tras echar un par de vistazos al cauce de un río llamado Piedra, cuyo nombre parece puesto para que nadie se lleve a engaño sobre lo que abunda más en su lecho. De piedra debieron de quedarse igualmente los 13 frailecicos que el 20 de mayo de 1194 arribaron con sus provisiones hasta ese mismo paradisíaco rincón en el que el río Piedra, prácticamente invisible -o subterráneo- el resto de su discurrir, se descuelga con un muestrario de cascadas que ya quisiera para sí cualquier otro río de España. Y de piedra -esta vez por pura ignorancia- es como se queda uno también al enterarse de que en el monasterio que fundaron aquellos monjes se cocinó la primera chocolatada de Europa, tan inimaginable, a priori, como las habilidades acuáticas de un río que acostumbra a tener en su cauce muchas más lagartijas que peces.

El caso es que lo que este río de lecho guijarroso monta al llegar a los alrededores de Nuévalos es un auténtico festival acuático, como para desquitarse de una vida teñida por los sinsabores propios del territorio árido y descarnado que atraviesa. Cuando se decide a mostrarse al mundo lo hace vertiéndose en un cañón por el que luego corretea saltando de escalón en escalón mientras se divide en dos brazos gemelos que dejan en medio un apacible oasis lleno de vegetación, caminillos y bancos en los que darse a la meditación contemplativa. Bien es verdad que todo lo que ahora asombra requirió en su momento, y a lo largo de los siglos, el empuje de la mano del hombre que fue poco a poco domando aquel despipote de arroyuelos desbocados y colas de caballo hasta poner un poco de orden y armonía en el conjunto.

Los primeros fueron, desde luego, los monjes que tras asimilar el hallazgo de este vergel florido en el fondo de aquella depresión rocosa comenzaron a domesticarlo a su gusto, especialmente interesados en abastecer de agua al monasterio y alentar la prosperidad de unas huertas que se convirtieron en la envidia de muchos kilómetros a la redonda. Pero quien más ha tenido que ver en el espectáculo que hoy se contempla fue Juan Federico Muntadas Jornet, hijo de don Pablo Muntadas, el comprador de la finca tras la exclaustración de los monjes durante las desamortizaciones del siglo XIX. A él se deben, por ejemplo, las escaleras y los túneles de acceso que permiten adentrarse en la cueva Iris: húmedo útero telúrico siempre lloviente cuya cortina natural es la afamada y estruendosa cascada de La Cola de Caballo, punto álgido del recorrido por el interior de este parque natural.

El continuo mimo puesto por los propietarios en la finca les llevó a fundar, en 1866, el primer centro de piscicultura de España, naturalizando la cría de trucha común y cangrejo ibérico -otro dato más para el asombro-.

Por otra parte, y para que la atención se centre en lo que tiene que estar, el recorrido de este juego de la oca, que discurre de puente a puente y de cascada en cascada, está perfectamente señalizado con flechas de diferentes colores. Basta seguir la corriente -de las flechas, en este caso- para llegar enseguida al mirador de La Cola de Caballo, el despeñadero natural por el que dicen que el río Piedra salva un desnivel de 50 metros.

Desde el mirador entra la prisa ya por descender hasta el fondo del cañón en busca de emociones más fuertes. Las mismas que debieron de picar el ánimo de Juan Federico Muntadas Jornet para, a finales de 1859, horadar los túneles y poner las escaleras que dieran acceso a la cavidad que se abría tras esa espesa cortina de agua. Lo que encontraron detrás fueron una serie de salas consecutivas con dimensiones de catedral. Siempre lluviosa eso sí. En la conocida como cueva Iris el chubasquero se agradece más que la linterna de un acomodador en un cine a oscuras. Salvo este inconveniente, que revela la permeabilidad de un suelo calizo que ha ido disolviéndose con el pasar de los siglos por millares, la experiencia es hasta casi mística si, además, se tiene la fortuna de pillar un atardecer en el que los rayos del sol atraviesen la cortina de agua para ir a estrellarse contra el fondo de la cueva.

El caso es que el paseo no ha hecho más que comenzar. Después aguarda el curioseo por la veterana piscifactoría; la serena paz que emana del lago del Espejo, la cascada de los Chorreaderos y el túnel tras el que se asciende hacia la de los Fresnos, y así un largo etcétera de recoletos rincones ajardinados, bancos sembrados por doquier, profusión de especies arbóreas y orníticas, puentecillos, miradores, cuevecitas y caminillos que, en teoría, da para un par de horas aunque en la práctica, y si se sabe sacar el debido jugo a los bancos que jalonan el recorrido, puede dar para un día entero.

Y eso sin contar con el otro plato fuerte de la visita: el monasterio cisterciense que fundaron aquellos frailes que en el siglo XII salieron del monasterio cisterciense de Poblet (Tarragona) con el encargo del rey Alfonso II de Aragón de buscar un nuevo lugar en el que asentarse y propagar su salvadora fe. Muy bien guiados por la intuición, por los rezos o por la Providencia, apenas les bastaron diez días para dar con este rincón, seguro desierto humano en aquella época de incertidumbres y luchas reconquistadoras, pero bueno para sentar las bases de lo que, andando los siglos, sería una próspera fundación monacal. Eso hasta que las desamortizaciones del XIX tocaron a las puertas y mandaron parar.

El conjunto vino a construirse en tres etapas: la más antigua en el siglo XIII, gótica cisterciense; hacia el XVI, la gótica renacentista y la clásica-barroca, en el siglo XVIII. El claustro, que estaba en el centro de la vida monacal, es también el comienzo de una visita que, a poco interés que se ponga, se alarga, por lo menos, una hora. Desde él se accede a la sala capitular, con restos de las pinturas originales. Otro de los pasillos del claustro da acceso a la vieja abadía. El enorme templo aparece prácticamente destruido, pero permite calibrar, al menos por el tamaño de la planta, el poderío alcanzado en otros tiempos. Frente al altar mayor, una escalerilla permite el acceso a la cripta donde están enterrados los abades del monasterio desde el siglo XVII.

Otros puntos de ineludible parada son la cocina, una de las zonas más antiguas del conjunto, entre cuyas cuatro paredes se cocinó, en 1534, el primer chocolate de Europa. Todo gracias a fray Jerónimo de Aguilar, un monje que viajaba por México con Hernán Cortés y envió desde allí el primer cacao al abad del monasterio junto con la receta del chocolate. El otro lugar de parada es el refectorio, luminosa estancia de excelente acústica y, en la cilla monacal el interesante Museo del Vino. También es posible una discreta visita a las alas del monasterio que acogían las viejas celdas de los monjes, hoy transformadas en confortable y silencioso hotel.

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