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Las lágrimas de la Magdalena

SOCIEDAD

Las lágrimas de la Magdalena

La sentida disculpa del presidente irlandés convence a las víctimas de las monjas de las lavanderías. Más de 30.000 mujeres fueron tratadas como esclavas

24.02.13 - 00:34 -
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Tras casi veinte minutos de discurso recordando las atrocidades sufridas por las víctimas de las Hermanas de la Misericordia, más conocidas como las 'Lavanderas de la Magdalena', a Enda Kenny, jefe del Gobierno irlandés, se le rompió la voz. Las lágrimas le ahogaron en la última frase del discurso con el que, esta semana, el Estado de Irlanda pedía oficialmente perdón a las mujeres que en su juventud sufrieron los abusos y torturas de estas monjas católicas, que resultarían más creíbles como protagonistas de una serie de terror que como responsables de una institución que se suponía benéfica. Los registros cifran en 10.012 las internas entre 1922 y 1996. Antes de eso no hay datos, pero se estima que pudieron ser 30.000 las mujeres tratadas como esclavas en los 150 años de historia de estos centros que funcionaban como lavanderías. 800 siguen vivas y recuerdan las humillaciones, torturas, trabajos forzados y los abusos. Todo ello en estricto silencio. Algunas pasaron allí toda su vida y otras, incluso, ingresaron en la orden.
Los políticos asistentes al discurso se pusieron en pie para reconocer las palabras de Kenny, que bebía agua para pasar el mal trago, mientras miraban aguantando la emoción hacia las gradas superiores de la Dáil, la cámara baja irlandesa. Allí estaban las protagonistas de esta historia dantesca, que llevan años pidiendo un reconocimiento público de la responsabilidad que tuvo el Estado, que las enviaba a estas 'cárceles' «por el rechazo de sus padres adoptivos, orfandad, abusos familiares, deficiencias físicas o psíquicas y actitudes inmorales». A prostitutas, madres solteras y jóvenes consideradas demasiado coquetas por su comunidad. A instancias de la familia o de un sacerdote. Irlanda, férrea defensora de la moral sexual católica, permitió la existencia de estos centros hasta que, en 1993, un convento de Dublín vendió parte de su terreno y allí se descubrieron las tumbas de 155 internas. Cinco años después, un documental entrevistó a 'exreclusas' que hablaban de abusos sexuales, psicológicos y físicos en aquel encierro. En el 2002 llegó la película 'Las hermanas de la Magdalena', que internacionalizó la denuncia.
«Monjas letales»
Cuando Enda Kenny terminó de hablar, las víctimas aplaudieron; no tuvieron en cuenta que hasta unas semanas antes rechazaba la pertinencia de una disculpa pública. Luego cambió de opinión. En la recta final del discurso, reconoció: «Esto es una vergüenza nacional, por lo que repito, estoy profundamente arrepentido y ofrezco mis disculpas más completas y sinceras». El presidente rompió a llorar cuando recordó cómo las mujeres, en su último encuentro, se echaron a cantar 'Whispering Home', y parafraseando un verso, Kenny culminó: «Espero que este día y este debate anuncien un nuevo amanecer para todas aquellas que temían que la medianoche oscura nunca terminaría». Entre las presentes, Maureen Sullivan, quien a la salida, entre lágrimas, afirmaba: «Ha sido brillante. Ya podemos empezar un nuevo capítulo en nuestras vidas. Nunca esperamos escuchar una disculpa así». Cada una de las víctimas recibirá 20.000 euros por año de trabajo sin salario y 50.000 más por daño psicológico.
En la web de las supervivientes (www.magdalenesurvivorstogether.net) queda el testimonio de Sullivan: «Con 12 años me sacaron de mi escuela y me llevaron a una lavandería. Me dijeron que iba a continuar mi educación, pero eso nunca sucedió. Trabajaba limpiando ropa. Como era muy pequeña, me construyeron una caja de madera para que pudiera subirme y alimentar las calderas. Me escondieron en un túnel cuando llegaron los inspectores escolares. Supongo que porque no debería haber estado allí. Las monjas han destruido mi vida».
Kathleen Legg, nacida en 1935, es una de las supervivientes más mayores: «Me cambiaron el nombre y me llamaron número 27. No sabíamos qué hora era. No tenía ni un libro. Todo era silencio y oración. Trabajaba todos los días. No había formación. Las monjas me intimidaban tanto que perdí la confianza en mí misma. Me han robado mi vida y luego me enteré de que también me robaron la vida que podría haber dado a los demás; el trabajo me ha incapacitado para tener mis propios hijos». Habla Josephine Meade: «Las monjas eran letales. Me golpearon y torturaron de tal manera que nunca he sido capaz de recuperarme. No tengo educación. Traté de escapar, pero me pillaron. No hay palabras para describirlo mejor que un agujero del infierno».

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Maureen Sullivan, una de las víctimas de las lavanderías de la Magdalena, emocionada. Arriba, fotos de archivo de estos asilos.
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