En la primera entrega de esta serie sobre la Gestapo en La Rioja apareció aquí Félix Guallar, ejemplo de un tipo muy peculiar de fotógrafo: iniciado en los secretos del oficio gracias a su padre, dio como otros compañeros de profesión el salto a una rara especialidad, la fotografía aérea, que jugó durante la Guerra Civil un papel decisivo desde la Maestranza, especie de universidad laboral alojada en Recajo. En sus aulas y talleres fueron adiestrados unos cuantos jovencitos, protagonistas luego de largas y fecundas carreras en las artes vinculadas a la aviación... aunque ya sin la obligación de subirse a un aparato.
Guallar siempre renegó de sus años a bordo de las naves de la Legión Cóndor. A sus íntimos les confesaba el pavoroso miedo que pasó subido a aquellos ingenios, muchas veces con medio cuerpo fuera, colgado del vacío: buscaba con esas piruetas la mejor posición para cumplir con su encargo, esto es, registrar los objetivos que luego bombardeaba el Ejército alemán. Un cometido que exigió de Guallar una intensa preparación: los mandos de la Legión Cóndor se lo llevaron por media España, impartiéndole clases teóricas y prácticas, hasta que entendieron que se encontraba preparado para su cometido.
Guallar no fue, sin embargo, el único fotógrafo riojano enrolado en aquellas hazañas bélicas, que no cesaron cuando acabó la Guerra Civil. La alianza tácita entre Franco y Hitler propició la presencia en Agoncillo de un nutrido grupo de oficiales alemanes; aunque ponían en entredicho la supuesta neutralidad española en la II Guerra Mundial, camuflaban sus actividades como una prestación de servicios encubierta de la que se beneficiaron, entre otros profesionales, el cuerpo de fotógrafos.
Fue el caso, por ejemplo, de Esteban Chapresto, destetado así en un oficio que tal vez estaba lejos de sus expectativas aunque desde entonces sería el suyo. De hecho, Chapresto se mantuvo fiel a su profesión hasta el fin de sus días, uno más entre aquella legión de aprendices a quienes se inoculó la vocación en la Maestranza de Recajo, como recoge Carlos Traspaderne en el catálogo de la exposición que le dedicó Cámara Oscura para el Ayuntamiento de Logroño.
Traspaderne tiene bien documentadas las peripecias de la quinta de Chapresto por Recajo; en la publicación citada, recuerda cómo mientras aquel adolescente aprendía el oficio en lo que Traspaderne llama «formación profesional militarizada», también iba fotografiando a sus colegas de armas y retratando la recua enorme de aviones que engrosaba el parque de Recajo. Chapresto se había alistado en Aviación en 1938; cuando se licenció, tal vez con su inseparable 'Hasselblad' ya al cuello, el Ejército perdió un soldado pero el Logroño de la posguerra ganó el ojo que cazaría sus mejores imágenes.