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«Leer es un acto revolucionario»

CULTURA

«Leer es un acto revolucionario»

17.11.12 - 01:07 -
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José Antonio Marina es filósofo y ensayista, pero él, medio en broma medio en serio, prefiere presentarse como hortelano e incluso alardea de haber inventado un nuevo tipo de berza. Quizá por eso habla con pausa, claridad y sensatez, como los agricultores antiguos. Dice cosas simpáticas de sus alumnos, explica anécdotas, recuerda comentarios juveniles... y por el camino, como quien no quiere la cosa, va cavando surcos profundos en los que siembra reflexiones agudas y pertinentes. «Nuestra convivencia es lingüística -dijo ayer- y debemos convertir al lenguaje en el eje de toda la educación».
Marina abrió ayer la última sesión de las Jornadas Futuro en Español, organizadas en Logroño por Vocento y larioja.com. Ante un auditorio entregado, que no se perdía ripio, Marina pidió fomentar la lectura entre los jóvenes, pero sin caer en los clichés habituales, bienintencionados pero inútiles: «Insistir en el placer de la lectura me parece un error. Porque un niño fácilmente puede decir 'pues a mí esto no me gusta' y ya no hay más que hablar. El baile, el flirteo, el cine..., todo eso es divertido, pero solo la lectura nos permite manejar bien los sistemas lingüísticos y eso resulta fundamental para desarrollar nuestra inteligencia, que es estructuralmente lingüística».
Dicen los apologetas de las nuevas tecnologías que ahora se lee más que nunca. Cierto. El problema es qué se lee y cómo se lee: «Algunos autores, como Carr, ya indican que el uso masivo de mensajes cortos está dificultando la comprensión de los textos largos. Nos estamos acostumbrando a una especie de hiperactividad cognitiva». Algunos chavales enloquecen si durante un minuto no reciben o mandan un mensaje por cualquier red; y eso puede tener consecuencias potencialmente disolventes para la sociedad. Esclavos de los 140 caracteres, escribimos en sentencias y escondemos las razones: «Pero si solo cogemos la conclusión y olvidamos los argumentos, caemos en los dominios del eslogan. El argumento no es un lujo de filósofos, sino el gran sistema de frenada que han montado las sociedades civilizadas. En lugar de pegarnos nosotros, se pegan los argumentos».
«Lingüística de dormitorio»
Perder esa capacidad de contrastar opiniones pacíficamente supondría un grave golpe para la democracia: «Nuestra convivencia se funda en palabras y por eso hay que conocer los matices y dominar el arte de conversación». Cuando Marina defiende que el lenguaje protagonice la educación de los niños, no se refiere a esa triste cantinela de fonemas, monemas y lexemas «que aburre a las ovejas», sino a algo bien diferente: «Deberíamos enseñar una lingüística de cuarto de estar, de cocina y dormitorio. Explicar, por ejemplo, cómo se producen los malos entendidos o cómo los hombres y las mujeres utilizamos el lenguaje de maneras distintas».
Por eso resulta esencial fomentar la lectura entre los jóvenes: «¿Por qué todos los dictadores han querido limitar la lectura? Porque leer es un acto revolucionario. La revolución francesa, por ejemplo, fue una revolución de lectores». Lo contrario, olvidarse de los libros, deja a los ciudadanos inermes ante la formidable maquinaria del poder, tan devota de los eslóganes.
Marina repasó las etapas educativas de los jóvenes y se fijó especialmente en un momento clave: los dos últimos cursos de Primaria. «Entonces los niños son maravillosamente receptivos. Deberíamos aprovechar esos años para resolver tres problemas que, si no, luego se van a complicar mucho más en Secundaria: la compresión lectora, la timidez y la agresividad». Un niño que llegue al instituto sin comprender bien lo que lee es candidato seguro al fracaso escolar. ¿Y cómo se puede mejorar eso? «El número y la variedad de palabras que un niño oye en su casa es fundamental. Porque los estudios demuestran que el lenguaje se aprende en interacción, no a través de la televisión».
El filósofo toledano recordó que el talento no es el principio de la educación, sino su final. Y enfatizó que, con todo lo que la ciencia ha descubierto, podríamos entrar en una Edad de Oro de la educación..., si no fuera porque se choca contra un muro de inercia: «Cuando se dicen estas cosas -lamentó-, todo el mundo responde 'qué interesante'. Pero luego no hacen ni caso y todo sigue igual».
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