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Una llama que nunca se extingue

La Rioja vivió emocionada hace 20 años el paso de la antorcha olímpica

24.06.12 - 00:39 -
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Hay fuegos que nunca llegan a extinguirse. Imperecederos, sus llamas siguen calentando por mucho tiempo que pase. No es una sensación física, es algo más profundo, un ardor imposible de localizar en el cuerpo.
La llama olímpica representa, para millones de personas en el mundo, ese ardor íntimo, ese deseo de paz y deportividad que se enciende en Olimpia y que recorre el mundo antes de llegar a la sede de los Juegos, donde velará por el esfuerzo de los deportistas y enardecerá a los aficionados.
Hace hoy veinte años, el símbolo deportivo más universal recorrió La Rioja. Llegó desde Pamplona y, en una jornada inolvidable, se dio un baño de masas. Las crónicas de 1992 habla de cerca de 100.000 personas rodeando el transcurso de la antorcha por la comunidad. Logroño fue la más afortunada, porque el fuego de Olimpia pasó la noche custodiado en el Ayuntamiento. Durante unas horas, los vecinos de la capital pasaban a contemplar esas escasas lenguas de fuego, en un deseo único de que los Juegos Olímpicos que debían comenzar un mes después saliesen a la perfección y situasen a España en el mapa internacional. Y las calles de Logroño también se llenaron para seguir su recorrido, con relevos sentidos entonces y que ahora, cuando aparecen las ausencias, se convierten en melancólicos, como el protagonizado por Iluminado Corcuera.
Pero no sólo hubo espectadores. También hubo afortunados que pudieron llevar, en relevos de 500 metros, la antorcha diseñada por André Ricard. «No cambio esa experiencia por nada», recuerda veinte años después Ángel Sancho, uno de los portadores. «Durante unos minutos te sientes partícipe de algo muy grande y el trayecto se te pasa sin apenas darte cuenta», indica al recordar que tuvo que subir la cuesta de Fuenmayor.
Una antorcha 'secuestrada'
Y es que tras la noche en vela en la capital, localidades como Cenicero, Fuenmayor o Haro, antes de que la antorcha saliese de La Rioja, Incluso hubo momentos jocosos, como cuando el alcalde de la localidad jarrera, Patricio Capellán, saltándose el estricto protocolo, 'robó' el fuego casi sagrado para subirlo al balcón del Ayuntamiento y brindárselo a sus vecinos. La estupefacción fue grande, pero todo acabó entre risas. También el entonces presidente de la Comunidad, José Ignacio Pérez, tuvo que 'colarse' para poder llevar la antorcha. Eso sí, sin el traje inmaculadamente blanco o el rojo, vetados exclusivamente para los relevistas.
En Las Conchas de Haro, la llama olímpica dijo el adiós definitivo. Juan Gosens Martínez fue el encargado de dejar en Álava el sueño que, durante 24 horas, conmovió a La Rioja. Tal vez, dentro de ocho años, si Madrid es elegida como sede olímpica, se pueda repetir el recorrido. Los protagonistas cambiarán, pero el mismo espíritu olímpico que inundó La Rioja aquel caluroso día de junio pervivirá.
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