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El cantante de los ricitos de oro

CULTURA

El cantante de los ricitos de oro

12.02.12 - 00:53 -
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«¡Qué pasada, tía! Que lloro...» Esta sincera declaración de una fan fue el denominador común entre el público de ayer en Riojaforum. El aforo de 1.200 espectadores se llenó (aunque a última hora había una docena de entradas a la venta) para asistir al concierto de David Bisbal, ese ídolo de masas que cuenta con verdaderas incondicionales. Sobre todo, mujeres jóvenes vestidas de gala, como en Nochevieja, a pesar de que entre el público congregado ayer había desde niñas de 6 años hasta octogenarios.
Previamente al concierto hubo un vespertino pase VIP para algunas integrantes de sus clubs de fans. En la primera fila le contemplaba la presidenta de su club de fans de EEUU. Y en la segunda, Toñi, que sigue a Bisbal allí donde actúe, por toda España. A Logroño llegaron espectadores de Castellón, de Madrid... todos con mucha ilusión. Quizá por eso en la cuarta fila cuatro mujeres se disputaban dos butacas. El problema fue que había dos entradas duplicadas y ninguna mujer cedía su asiento. Al final, decisión salomónica: al iniciarse el concierto compartieron los asientos como buenamente pudieron.
David Bisbal apareció con traje negro, camisa blanca desabrochada (luciendo pecho depilado) y zapatos azabache brillante sobre un escenario que simulaba un elegante salón inglés, con butacas y lámparas de araña. La ovación fue monumental. «¡Olé! ¡Guapo!» fueron los continuos gritos entre el público. Bisbal, lanzando besos a diestro y siniestro, tuvo destacadas palabras para el recinto: «Qué teatro tan bonito y tan hermoso, con visitas de tantos países, como Francia, Estados Unidos y Alemania». Y fue educado siempre, cada vez que terminaba una canción espetaba: «Muchísimas gracias, de verdad».
Picardía
El repertorio del concierto desgranó canciones clásicas latinas de Alberto Cortez y Alejandro Sanz, pero lo que esperaba el público ansioso eran los éxitos propios de Bisbal. Fueron con ellos y, por encima de todo, con los pícaros movimientos de cadera con los que el público enfervoreció, no paró de aplaudir, alentar y levantarse ante cada alarde del almeriense. Él, muy sentido en cada canción, parecía muy concentrado, cerraba los ojos continuamente para cantar a ciegas ese «tren musical», como él lo definió, que encantó a casi todos. De vez en cuando bebía medio a escondidas algo que parecía un gin tonic y condujo el concierto muy medido, casi sin despeinarse sus rizos de oro.
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