«Cuando Gargantúa hubo terminado su arenga, se le entregaron los sediciosos que había requerido, a excepción de Espadachín, Mierdilla y Ajopicado, que habían huido seis horas antes de la batalla; uno, hasta el collado del Agnello; otro, hasta el valle de Vire y el último, hasta Logroño». ¿Rabelais conocía Logroño? ¿De qué podía sonarle? ¿Hasta dónde podía huir alguien que se llama Ajopicado? Hasta Logroño, sin duda.
Ya desde el primer capítulo de Gargantúa, se anima a los lectores a «beber fresco» y muchas de las hazañas de estos gigantes -extraídos del pasado literario celta- están, por supuesto, regadas con vino en el marco literario de un simposio o una comilona. François Rabelais (1494-1553) publica su Gargantúa en 1534/35, el segundo de una serie de cinco libros: Pantagruel (1532), Libro Tercero (1546), Libro Cuarto (1552) y Libro Quinto (1564), conjunto que acaba de editar Acantilado en un solo tomo, con prólogo del mayor experto en Rabelais, Guy Demerson, y en brillante -otros la han calificado de «revolucionaria»- traducción de Gabriel Hormaechea. Este conjunto, y sus avatares, se conoce bajo el genérico nombre de Gargantúa y Pantagruel, aunque habría que añadir, entre las figuras importantes de la obra, el nombre del fiel Panurgo, una especie de criado de Pantagruel sabio y necio, sanchopancesco avant la lettre, que protagoniza todo el Libro Tercero.
Rabelais es un reformador áulico que está en perfecta sintonía con Tomas Moro y con Erasmo de Rotterdam, a los que admira. Los tres escriben como auténticos reformadores. Moro es consejero de Enrique VIII, aunque no logrará evitar la muerte (1535) porque mantiene su opinión: está en contra de que el rey se divorcie de Catalina de Aragón. Erasmo, consejero de Carlos V, al que dedica su Institutio Principis Christiani, logrará mantener su posición y su vida a salvo, a pesar de los ataques de Lutero y de sus seguidores. Rabelais se debe a sus señores, los Du Bellay, y, sobre todo, a Francisco I y a Enrique II, que le apoyará cuando arrecien las prohibiciones y la persecución de sus obras. Los tres son extraordinarios reformadores de su tiempo, pero reformadores próximos a los servicios de propaganda. Erasmo, al servicio de la idea de un emperador cristiano (Carlos V); Rabelais, al servicio de la política expansiva del emergente y también ambicioso monarca francés; y Tomás Moro, al que le cupo la peor suerte, trata de intervenir con su Utopía (1516) en un reino que se alejaba cada vez más de la paz, de la justicia, del mensaje evangélico y de la disciplina de Roma.
Moro y Erasmo
De las relaciones entre Moro y Erasmo se tienen bastantes datos y parte de su correspondencia. De la relación y la sintonía entre Rabelais y Erasmo, también se tiene suficientes noticias. Se sabe menos de la relación entre Moro y Rabelais, pero éste conocía al detalle la Utopía de Moro, que cita repetidamente y trata de recrear en ese modelo de abadía de Thélème, que Gargantúa fabula para que la regente fray Juan de los Chirlos, y que, en palabras de Guy Demerson «podría inscribirse dentro de las utopías renacentistas». El lema que rige en Thélème es «Haz lo que quieras», un guiño evidente a la frase de San Agustín «Ama y haz lo que quieras», muy socorrida en el ideario erasmista. Una abadía en la que imperaba la libertad de horarios y de costumbres, no había votos y estaba gobernaba por la inteligencia y el sentido común. Tras esta abadía utópica, se escuchan los ecos de aquel «monachatus non est pietas» con el que cierra Erasmo su Enchiridion o Manual del caballero cristiano. Al igual que Luciano de Samosata (Historia verdadera) y el mismo Erasmo (Elogio de la locura), Rabelais es un maestro en el «elogio paradójico», practicado sobre todo en el Libro Tercero, y que consiste en argumentar a favor de algo que va en contra de la opinión comúnmente aceptada. La defensa y vituperio del ahorro y el préstamo, por ejemplo, poseen una perra actualidad y permiten matizar las opiniones de las agencias de rating, los criterios de los mercados, los préstamos bancarios y sus hipotecas: «Creed que prestar es cosa divina; deber es virtud heroica».
Esta edición tiene ventajas innegables para el lector moderno: está en un solo tomo grueso, impreso en ese táctil y sonoro papel biblia que permite pasar la página con un suave golpe de dedos, más suave incluso que el golpe seco, opaco, que necesita un e-book; es completamente reciclable, permite anotaciones en sus márgenes y, al hojearlo, desprende notas de bosque viejo, de pulpa, de tinta todavía. Además, en lugar de las notas de otras ediciones, incorpora unos «delantales» o introducciones que permiten sintonizar los temas de cada capítulo con los debates políticos y culturales más importantes del momento, obtener pistas de lectura y poner en relación las personas (Carlos V, Francisco I, por ejemplo,) con los personajes (Picrocholo y Grangaznate). Estas introducciones son una novedad que aligera al lector de la servidumbre voluntaria de las notas a pie. Finalmente, la traducción de Hormaechea es un lujo porque en ella suena un castellano rico por sí mismo, no por delegación, como en otras traducciones, brillante, vibrante, eficaz. El ingenio verbal para traducir nombres y mantener la intención de original (Besaculo, Husmeacuesco, Pichote de Braguetardo; la recuperación de términos olvidados o infrecuentes en el castellano de hoy (bebercio, candelas por «mocos», aguachar, jodienda, aturrullado) y la creación de nuevos (fornijoditrincar) nos hace confiar en que la LOE, la LOGSE y los cacharros electrónicos de los que abusan nuestros escolares no lograrán abolir la lengua. Así, el lenguaje recupera ese registro culto y popular, formal y vulgar en perfecto equilibrio, y siempre al servicio de la broma, del chiste, de la crítica, del entretenimiento lingüístico y la intención aleccionadora. En el fondo, a favor siempre de la risa, porque, como dice Rabelais remitiéndose a Aristóteles: «reír es lo propio del hombre».
Libros como éste hacen más por la construcción de una Europa real que todos los pactos y toqueteos políticos y económicos, que no gastronómicos, de Merkossy. Gargantúa y Pantagruel(los cinco libros) es una orgía de literatura, un lingotazo de traducción y una fiesta para la inteligencia, que conviene regar, eso sí, con uno de los principios que rige toda posible reforma utópica y duradera: «el hombre noble jamás odia el vino».