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LAS ROTONDAS O LA LEY DE LA SELVA

IGLESIA

LAS ROTONDAS O LA LEY DE LA SELVA

«No tengo ni idea de quién fue el que tuvo la -para mí- desgraciada ocurrencia de plantarlas en las ciudades»

05.02.12 - 00:55 -
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Confieso que les tengo verdadero pánico. Y a los pasos de cebra que hay en ellas, más todavía. Creo sinceramente que las rotondas las está cargando el diablo, como las escopetas que se disparan solas a nada que te descuidas.
No tengo ni idea de quién fue el que tuvo la -para mí- desgraciada ocurrencia de plantarlas en las ciudades, ni del porqué ni de las ventajas que pueden llegar a aportar. Un amigo mío me ha soplado que los primeros que pusieron en uso tal invento fueron los franceses. Yo, personalmente, he llegado a la conclusión de que fueron los carroceros -que me perdonen los amigos que tengo en el gremio- y las casas de seguros, dado que las tortas, los roces, los golpazos y demás calamidades que se dan en ellas acaban indefectiblemente en el taller de reparación o en el despacho de una compañía. Al hablar de las rotondas estoy pensando en las dos que más frecuento en Logroño, la de Chile y la de la gasolinera de Las Gaunas, ambas encima de la circunvalación. Vean por qué.
Si voy andando -el footing que hacemos los abuelos-, en el paso de cebra me encomiendo a todos los santos, porque los que bajan del campo de fútbol salen como locos, y unos frenan y otros no. Los que no, miran para otro lado como diciendo «yo no he sido».
Si voy en bici, la cosa ya va de palabras mayores. No me doy la extremaunción a mí mismo porque no se puede, pero el riesgo del trompazo es absolutamente inminente. Atiendan a mis razones. Ya por mi edad y mis condiciones físicas, voy lo que se dice muy justito en vehículo tan inestable. Las habilidades sobre las dos ruedas quedaron atrás hace ya muchos años. Además, la agilidad de mis piernas deja mucho que desear, y puedo asegurarles sin temor a error que un caracol surgido de la cuneta, en su repris, es mucho más rápido que yo. Para más inri sucede que, pese a lo mucho que lo he intentado, nunca he conseguido ver por el cogote, con lo que nunca acierto a calcular la velocidad que traen los coches que me van a adelantar, ni consigo saber por dónde lo van a hacer. En resumen, hace años que al llegar a la rotonda, a cualquier rotonda, opto por bajarme de la bici; lo hago, eso sí, con la misma gracia y donosura con que Sancho Panza se apeaba de su burro 'rucio'.
Si voy en coche, tercera y última opción, el peligro es menor, aunque no desdeñable. Toda la gente que conozco, y no son tres o cuatro personas, bien sean hombres, mujeres, jóvenes, mayores, con coches de alta gama, pequeños, baratos, caros, de segunda mano, todos cuentan alguna peripecia o aventura sucedida en ese campo de batalla en que se han convertido -en que hemos convertido- las rotondas. Golpes por detrás, por delante, a los costados, rasguños a porrillo, al entrar o salir, y cristales por el suelo, muchos cristales.
Sé de un cura -ha vivido gran parte de su vida en Sudamérica donde al parecer no hay rotondas o abundan menos- que en ocasiones se ha pasado media mañana sin atreverse a salir de una rotonda, una vez que ha entrado en ella. El miedo es libre, amigos.
¿Qué pasa en el fondo? Pues bien sencillo. La vida no la vive en solitario nadie, ni Robinsón Crusoe ni un monje de la Trapa. Todos vivimos con todos y todos nos rozamos con todos. O le echamos una miaja de educación y de buen gusto a la cosa, o lo que sucede en la selva quedará en un puro amago: siempre ganarán los mismos, los más fuertes, los que más morro le echan a la cosa, o los que van de listos. Y ojo con los que van como locos . a ninguna parte, o al bar.
La educación, la cortesía, el pensar en los demás, el ceder, el ponerse en lugar del otro, es la mejor norma para una buena armonía en el tráfico, y en todo. Y no lo que pasó hace tres días en la rotonda de las Gaunas. Tuve que dar un salto para no ser atropellado. Al recriminar al chófer, me hizo lo que los futboleros llaman una 'peineta'.
¿Selva o jardín? Depende de todos.
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