La ciudad evoluciona sin darnos cuenta, hasta que un día nos detenemos a mirar hacia atrás y tomamos conciencia de lo mucho que ha cambiado en los últimos años. Pero hay acontecimientos en las ciudades que se nos revelan de inmediato como de especial trascendencia por la incidencia en su transformación, como es el caso que nos está tocando vivir como consecuencia de puesta en servicio de la nueva estación de ferrocarril y ejecución del plan urbanístico para su habilitación.
No era fácil imaginar que el polígono industrial de Cascajos, con asentamientos fabriles como la significativa industria textil de Logroño, o la no menos significativa instalación bodeguera de la envergadura de Bodegas y Bebidas, se transformara tan rápidamente en un nuevo y apreciado barrio residencial de la ciudad.
El hecho de desaparecer la radical barrera que significa la vía férrea y suturar la trama viaria de la ciudad con este nuevo barrio constituye, en si mismo, una novedad funcional en la ciudad que, además de la confortable comodidad viaria que pronto vamos a poder disfrutar, abre nuevas perspectivas visuales y caras nuevas de la ciudad. Una de ellas es la propia de la nueva estación, que no ha puesto mucho interés en mostrarnos su cara precisamente. Se trata de una manera diferente de entender no solo la arquitectura ferroviaria, sino también de entender la ciudad.
Todos recordamos la ya desparecida estación y también la imagen de estaciones de grandes ciudades como Atocha en Madrid y, algunos viajeros, un sin fin de espectaculares hangares de épocas pretéritas como consecuencia de la implantación del ferrocarril y la revolución que supuso. París, Londres, Milán, etc. competían a finales del siglo XIX con monumentales construcciones en las que las diáfanas y espectaculares estructuras del hierro, para acoger los andenes, se acoplaban también a las no menos espectaculares edificaciones de piedra y mármoles, de amplios vestíbulos, que facilitaban el acceso de los pasajeros desde la escala de lo urbano y doméstico al moderno y tecnológico transporte de la potente y capaz maquina de vapor. Edificios con cara: con grandes y ordenadas fachadas. Expresivas y con una gran retórica ornamental. Visibles y queriendo representar a la ciudad de manera prestigiosa. También la ya recientemente desaparecida de Logroño, muy posterior, pero con su cara, aunque más humilde. Pero no menos representativa para la escala de aquella pequeña ciudad de los años cincuenta.
La nueva estación rompe de manera radical con aquella forma de entenderlas. Lejos de ofrecer un volumen franco, con su correspondiente fachada, como puede ser la moderna estación de Santa Justa en Sevilla, construida para la Expo y el AVE, o la mucho más reciente 'Delicias' en Zaragoza, la estación de Logroño se maneja con los conceptos más contemporáneos; pretende ocultarse bajo una colina formando parte de la topografía de la ciudad, más que del catalogo de sus edificios, de tal manera que la superficie de fachadas y cubiertas, su epidermis, constituya la continuidad del manto vegetal y peatonal de toda una gran área de la ciudad.
Esta concepción, que inevitablemente ofrece una imagen más abstracta, nos pone al día como ciudad duplicando su servicio a la misma; no solo tenemos estación sino, además, parque. La continuidad del parque en esta colina de nueva creación solo se hará realidad con la construcción de la estación de autobuses que completará el intercambiador. Los tiempos que corren nos hacen pensar que la suave loma se va a quedar por el momento cortada por un acantilado. Pero al menos, ya la tenemos y hermosa, con andenes soterrados, para poder estar integrada en la ciudad y sin interferir en el viario.
Creo que merece la pena incidir en el magnifico vestíbulo. El espacio de mayor carga y densidad arquitectónica; ya que en el fantástico especial con el que Diario LA RIOJA nos obsequió el 5 de enero, a pesar de que Iñaki Abalos, arquitecto autor del proyecto, y Mª Cruz Gutiérrez, también arquitecta y directora técnica de LIF 2002, incidían en ello, no quedaba bien reflejado gráficamente la belleza del singular y monumental hall. Cuando penetramos en él, esa abstracción formal que describíamos se acentúa y se refuerza ante la espectacular visión de esta nueva y monumental caverna poliédrica de facetada triangulación. Esta envolvente que, desde lo más alto de la techumbre, desciende hasta encontrarse con el suelo, también establece una clara y limpia continuidad con los andenes del plano inferior, conduciendo al viajero con naturalidad y sencillez, permitiéndole leer el espacio y recorridos con una gran facilidad.
Aunque no sean tiempos para este tipo de apreciaciones, la belleza del espacio puede justificar el ocultar la potente estructura que hemos visto crecer. Un falso techo a base de paneles triangulares de palillería de aluminio configura este espacio que tiene mucho que ver con algo muy común para todos nosotros.
Este gran espacio abovedado se nos presenta como una gran caverna, con resonancias cercanas e históricas para los riojanos. En mi primera visita inmediatamente percibí el eco de nuestras cuevas, de los calaos de nuestras bodegas, tan próximos a nuestra vida cotidiana y nuestra historia familiar. Sin duda, por todo ello, recibimos esta nueva estación con tanta naturalidad como satisfacción.
Aunque estos tiempos tan oscuros nos dificulten apreciar el brillo de realizaciones trascendentes, esta es, sin duda, motivo de celebración.