Quiero dialogar sobre el artículo de Justo García Turza del domingo pasado. Yo también prediqué de la conversión. Pero entiendo la conversión como cambiar el disco duro de nuestra visión y descubrir la salvación que Dios ya realiza en cada uno. Se trata de ser conscientes de ello; Jesús nos invita a descubrir esa nueva posibilidad.
El cielo no hay que ganarlo. Es un regalo de Dios. Yo lo que puedo hacer es disfrutarlo desde ya y vivirlo: «Felices los de corazón sencillo. porque ellos viven ya el mundo nuevo de Dios». Esto me lleva a trabajar por ese mundo nuevo y en compañía con los pobres. Se trata de que Dios nos quiere. Y su palabra es eficaz. No puedo comparar a Dios con un profesor. Jesús nos dice que el padre perdona siempre. El amor es mucho mayor que el pecado. El calor es mucho mayor que el hielo. La gran fuerza salvadora de Dios es mayor que los grandes errores y pecados que cometamos. Y esto me va a llevar a vivir la vida con mayor entrega. No voy a ser bueno para que Dios me premie, sino porque me quiere y me ama, eso es lo que me hace ser bueno. Tener la experiencia de que Dios me quiere es lo que mueve a hacer portarme con amor. Dios es justo: cumple la medida y la medida con que se ha revelado es que ama y perdona. Así se porta tal como es él.
Jesús no murió en la cruz porque lo exigiese el aplacar a Dios por los pecados, sino que murió en la cruz como consecuencia de que su amor quiso hace una nueva humanidad de hijos de Dios y eso le enfrentó a los sacerdotes y políticos d e su tiempo. Y le llevó a la cruz.
No creo que ningún mártir se dejase torturar por conseguir el cielo, sino por vivir su experiencia de fe.
Una madre hace lo que haga falta y pasa lo que sea necesario, no porque le vayan a castigar si no lo hace, sino porque le brota del amor.
Yo sí creo y predico que somos buenos porque Dios actúa en cada persona. Y nuestra tarea es descubrir ese amor. Necesito un detector, no de metales, sino de la salvación de Dios en mí y en los demás.
Una persona de 80 años no se había duchado nunca. Se enamoró de una chica más joven y todos los días se duchaba y se perfumaba.
Bonita tarea tenemos en descubrir lo infinito que Dios nos quiere. No soy quién para saber lo que ocurre con Hitler o con Teresa de Calcuta. Solo sé que el amor es mayor que el pecado y es capaz de superarlo y cambiar a las personas. Lo contrario, me parece rebajar a Dios a nuestra condición judicial. La razón me pide justicia y castigo, la esperanza me lleva a dejar eso en manos de Dios misericordioso. Sé que el ser humano se puede echar a perder, incluso para siempre. Espero que el amor todopoderoso sepa evitarlo, porque creo que quiere hacerlo. Dios no puede estar feliz en el banquete del cielo si le falta algún hijo. Él sabe cómo hacerlo.
A mí no se me revuelve el estómago. Me alegro pensado qué padre-madre más bueno tengo. Y descubro cada domingo que en el fondo de cada preso, como de cada persona, hay mucho de bueno. Tanto, que está Dios. Lo dicen muy bien los místicos:
«No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte».