En su camino hacia el título, a este Real Madrid no le frena nadie. Ni el viento, ni el frío, ni los rivales inferiores que antes le ponían en demasiadas dificultades en sus estadios y ahora tienen que rendirse ante la superioridad y la ambición de un equipo que, con más o menos brillo, mayor o menor contundencia goleadora y, decisiones arbitrales al margen, va lanzado a por la Liga. Frente al Getafe el líder fue de más a menos, no jugó un buen partido, porque el clima también jugaba en su contra, y solo pudo ganar gracias a un gol a balón parado de Sergio Ramos. Sin embargo, fue suficiente para continuar con una triunfadora racha ganadora, que con los tropiezos de Levante y Racing ya olvidados, solo ha sido capaz de cortar el Barça. En campos como el de Getafe es donde se ganan las ligas, y el Madrid respondió, sin brillantez, pero con sacrificio.
Al equipo azulón, plagado de bajas importantes, le faltó fe y también 'punch' arriba. Como suele ocurrirles a los pequeños, el Getafe perdonó su primera gran ocasión, casi nada más arrancar el encuentro, en un error defensivo de los blancos, y después cayó sin remedio ante el poderío y la solvencia madridista.
Perjudicado por las fuertes rachas de viento, el Madrid no tuvo brillo, pero sí suficiente solidez y mando, ya antes de abrir el marcador. Después de que Miguel Torres cortase con disimulo un intento de internada de Özil que no fue sancionado y de que Cristiano reclamase un penalti cometido por Cata Díaz, no tardó en llegar el gol. Ya que la elaboración era más complicada que otras veces, tuvo que ser a balón parado. Sacó el córner Özil a la cabeza de Ramos, y el sevillano se elevó ante todos para colocar la pelota lejos del alcance de Moyá, que en la segunda parte salvaría al Getafe ante dos remates de media y corta distancia de Cristiano, Benzema e Higuaín.
Al igual que Puyol da goles al Barça, el central madridista no quiso ser menos, para despejar el camino hacia una nueva victoria de carácter y superioridad, más que de relumbrón.
Con un clima tan desapacible y ráfagas de vendaval, pese a la clase de los madridistas, como era previsible, el partido tenía que ser feo, sin chispa. Cuando se puso por delante, al Madrid le bastó con destruir las tímidas intentonas de Casquero y compañía, y no quiso pisar el acelerador más de la cuenta. Se echó en falta más disparo, y no solo de Cristiano, que ahora está bastante más retraído a la hora de rematar, cuando antes se lo quería jugar todo, aunque no tuviese puntería.