Cuatro años después de serle detectado uno de los tumores más infrecuentes, Juan atestigua cómo se supera la enfermedad encarando una nueva vida
El 24 de septiembre del 2008, Juan Manuel Benito incluyó en su diccionario dos palabras que jamás había utilizado y cuyo significado desconocía: cáncer y cavum. Con sólo 43 años y una vida «de lo más normal», a Juan le cayeron encima una avalancha de dudas, temores e interrogantes.
«Al '¿por qué precisamente a mí?' se unía además el '¿por qué eso tan extraño?'», recuerda ahora recuperado del todo, a pesar de las secuelas que le llevaron a jubilarse prematuramente de su trabajo como maquinista en una empresa de ladrillos cerca de Logroño.
Ni en el más negro de sus sueños hubiera pensado que aquellos bultitos que una mañana se palpó en el cuello eran el preámbulo de un cáncer muy frecuente el sudeste asiático pero que en España es de los calificados 'raros', con un caso de por 100.000 habitantes y año. «El cavum es la parte más alta de la faringe y está situado en por detrás de las fosas nasales, justo por delante de la columna vertebral; no existen en principio factores de riesgo ni genéticos que lo provoquen, pero me tocó a mí», explica con la minuciosidad de un opositor forzado a estudiar el temario con ahínco.
Porque querer saber qué te ocurre es, según afirma Juan, una de las primeras obsesiones de un enfermo de cáncer. «Cuando me extirparon aquellos bultos no le di más importancia, pero cuando a los tres meses se reprodujeron y volvieron a intervenirme ya me olí algo peor», rememora. El análisis posterior de aquellos tejidos le puso definitivamente en la línea de salida de una nueva carrera: la de una nueva vida. «Lo primero que le dije al médico cuando me dio el diagnóstico fue 'hay que coger el toro por los cuernos', pero en cuanto salí de la consulta y puse un pie en la calle, el mundo se me cayó encima», confiesa. «¿Por qué a mí, que no he robado ni he matado a nadie? ¿por qué a mí?, siempre ¿por qué a mí?».
La competición contra la enfermedad se saldó con 43 días ingresado en el San Pedro, 35 sesiones de radioterapia en el CIBIR y tres ciclos de quimioterapia durante los cuales a punto estuvo de caer al suelo para no levantarse más. «Perdí 23 kilos, la medicación me dejaba tremendamente débil, perdí la salivación, las encías quedaron destrozadas, tenía problemas para respirar... en aquel momento nadie nada un céntimo por mí, pero aquí estoy», confirma con orgullo y ningún rastro externo de aquel periódico crítico, más allá de los dos audífonos que porta en las orejas y una botella de agua que lleva consigo eternamente para enjuagarse la boca siempre seca.
En la mochila de recuerdos de aquella época no tan lejana guarda pequeños detalles y grandes emociones. Entre los primeros está su obsesión por el mal olor que desprendía el frigorífico de su casa. «Pensaba que estaba roto, que pudría los alimentos».
El técnico llegó a casa, comprobó que el electrodoméstico funcionaba perfectamente y le cobró 50 euros por la salida. Lo que estaba deformado era el olfato de Juan a causa del tratamiento. Y el sabor -«el agua me sabía a hierro»-, y los huesos -«había días que no podía levantarme ni mover un dedo»- y el estómago -«se me revolvía todo el cuerpo»-.
Lo que jamás se le alteró durante todo el proceso fue el corazón y el apoyo tanto de la AECC a la que ahora ayuda como entonces le ayudaron a él como el de sus familiares más directos. El de su mujer Ángela, que debió dejar el trabajo para atenderle, y el de su hija Alba, que con solo ocho años era quien le daba de comer en silencio a Juan cuando de su nariz colgaba una sonda nasogástrica y apenas podía moverse. «Aún estoy esperando que me pregunte: qué te ha pasado, papá».