Amenudo, los principales agentes económicos y sociales somos blanco de las más ácidas críticas por parte de algunas voces, altisonantes en exceso, sobre nuestro papel en torno a la crisis sin precedentes que estamos padeciendo. No las culpo; por el contrario, estas voces -siempre y cuando no respondan a intereses de parte- están llamadas a ser el acicate que nos nutre para seguir buscando salidas a este laberinto macroeconómico.
En nuestro caso, no está siendo fácil encontrar soluciones que no dañen el estatus y los derechos de los trabajadores, cuando estamos siendo atacados desde tantos y tan diversos frentes. Ahora bien, si algo tiene claro esta Organización centenaria es que, en momentos como los actuales, a las puertas de una nueva recesión económica en nuestro país, solo cabe la responsabilidad, haciendo aún más necesaria que nunca nuestra obligación de agotar todas las vías de la negociación. Y así lo hemos hecho. Iniciamos el camino del diálogo con CCOO, CEOE y CEPYME, conscientes de que en este 'tira y afloja' tendríamos que prescindir de algunos elementos para conseguir, a medio plazo, nuestro objetivo prioritario y primordial, plasmado finalmente en este acuerdo: el mantenimiento de los puestos de trabajo actuales y la recuperación de todos los destruidos.
Frenar la inercia de los despidos es, por lo tanto, nuestro primer caballo de batalla. Y para ello, hemos explorado todas las alternativas posibles, de modo que las empresas puedan disponer de otras opciones al despido. Así, la alternativa más eficaz pasa por dotarlas de mayor flexibilidad, buscando nuevas fórmulas no gravosas ni para empresarios ni para trabajadores, permitiendo modificar la organización del trabajo de manera más rápida y ágil, de modo que los centros se adapten temporalmente a las especiales circunstancias que les toque afrontar. Ahora bien, la condición siempre es la misma: cualquier medida de flexibilidad adoptada en este sentido deberá ser acordada con la representación sindical como garante de que las acciones que se ponen en marcha son ponderadas e imprescindibles para el mantenimiento de los puestos de trabajo.
Uno de los aspectos más controvertidos del acuerdo puede ser la referencia al descuelgue de convenio; es decir, que el empresario pueda plantear la posibilidad de suspender temporalmente la aplicación del texto laboral que rige la organización del trabajo en su empresa. Efectivamente, hemos accedido a contemplar esta opción, pero ésta no se llevará a efecto si los trabajadores, a través de sus representantes sindicales, no dan su visto bueno. Y no lo harán si existen otras opciones previas que no impliquen la ruptura de este marco. Por desgracia, hay muchas personas cuya situación actual supera con creces este punto, ya que se ven obligados a trabajar mucho más por mucho menos, a veces incluso sin cobrar, con la falsa promesa de mantener su puesto de trabajo.
En la salida a esta crisis, el esfuerzo debe ser compartido y equilibrado. Y en este sentido, la patronal ha cedido y ha aparcado sus pretensiones de congelación salarial para firmar unos incrementos moderados de los salarios que minimicen la pérdida de poder adquisitivo los próximos tres años. De igual forma, la moderación afectará a los beneficios empresariales y los salarios de los cargos directivos, al tiempo que la patronal también se ha comprometido a frenar el incremento de los precios de los productos básicos.
Ahí está la clave del acuerdo: la cesión bilateral de posturas. Propuestas maximalistas y cerrazón de planteamientos no hubieran ayudado a acoplar las ideas que entre unos y otros debemos conjugar en función de cada sector o cada empresa a la que nos dirigimos. En nuestro caso, somos los legítimos representantes de los trabajadores y aquellos que han venido de la mano de UGT siempre han sabido conjugar con responsabilidad la negociación con la movilización. Ahora necesitamos soluciones y estabilidad. Los trabajadores queremos trabajar y contribuir honestamente con nuestra labor al mantenimiento de la empresa y, con ella, a continuar proyectando el futuro, en el que resulta indispensable el equilibrio económico y laboral. No hay nadie más interesado que el propio trabajador en mantener su puesto de trabajo y bajo estas premisas hemos buscado el punto de encuentro con los empresarios.
Conviene, no obstante, que ni empresarios ni Gobierno olviden que las normas laborales pueden ayudar, pero solo son un ajuste de tuercas en un motor que lo que necesita realmente para funcionar es gasolina; esto es, financiación, movimiento económico, fluidez del crédito. Sin ello, y sin las necesarias reformas financiera y fiscal, seguiremos agonizando, adelgazando hasta el extremo el Estado de bienestar para tratar de buscar fondos a costa de dejar nuestros servicios públicos exhaustos por inanición, pese a que la proliferación de desgracias ciudadanas debería ser motivo de sobra para reforzarlos.
Por nuestra parte, trabajadores y empresarios hemos contribuido con responsabilidad a buscar un lugar de encuentro en un acuerdo que no es ni el que los sindicatos queremos, ni el que los empresarios han intentado, sino el acuerdo que el país necesita. Un pacto que impone cordura pero que, sin duda, también será muy criticado por aquellos que desconocen realmente la gravedad del momento o quieren aprovecharla para su propio interés. Por mi parte, prefiero pensar que habrá sido útil ponerse de nuevo en el punto de mira si con ello conseguimos frenar el drama de los despidos y empezar a generar esperanza a los miles de trabajadores que han perdido su empleo en esta crisis.