Los más optimistas aseguran que cada día sale el sol, aunque en jornadas como la de ayer, en la que el desempleo volvió a batir todas las marcas en La Rioja, cueste creerlo.
A José Ignacio González, José Luis Pascual y Vanessa Bretón se les torció el gesto hace algo más de un mes. Son tres de los 303 trabajadores a los que el cierre de LEAR dejó en la calle una semana antes de Nochebuena y engrosan la nómina de 'nuevos parados' del mes de enero. Desde entonces, pese a que se resisten a perder la esperanza, sienten que protagonizan «la tragedia de España»: el paro.
La rutina diaria ha cambiado para José Ignacio González, casado y con dos hijos. A sus 41 años, ha pasado de controlar una rueda de inyección de reposacabezas a levantarse por las mañanas para ir a visitar empresas, a las que ofrece su experiencia de veintiún años y medio como empleado fijo en la factoría de componentes para la automoción de Arrúbal. Sabe que lo tiene «muy difícil, porque el sector está muy parado o en la misma tesitura que LEAR», pero debe mantener a su familia. Su sueldo era el único que entraba en su casa.
«Cuento con dos años de paro, pero eso no da para mantener a cuatro personas. Además tengo miedo de que se me acabe la prestación y no encontrar nada», admite. Esa inquietud la comparte con otros compañeros, antiguos trabajadores de LEAR, que han decidido reunirse una vez al mes para apoyarse y mantener el contacto.
Joven y madre
El paso del tiempo también preocupa a Vanessa. En su caso, su prisa resulta mayor. Esta joven de 32 años era fija discontinua en LEAR, por lo que su 'colchón' del paro se reduce a once meses. «A otros compañeros en mi situación la cobertura les alcanza sólo cuatro meses», añade.
Vanessa reparte currículos allá donde puede, muchos en tiendas. No las tiene todas consigo, puesto que a la precaria coyuntura se le añaden dos obstáculos personales: «En el último tiempo disponía de una reducción de jornada porque tengo un hijo de 14 meses. Pero tú ahora no puedes ir a buscar trabajo a una empresa y plantear eso, aunque alguien tiene que cuidar del niño. Además, después de doce años y medio en LEAR, carezco de experiencia en otro sector». Con todo, se considera una «afortunada» ya que su esposo conserva su empleo como fijo discontinuo en una fábrica. A eso se aferra cada mañana, como a la satisfacción de ver crecer a su pequeño y compartir con él cada minuto.
José Luis Pascual también cree que, en lo posible, no le ha tocado en el peor de los bandos. Con 55 años, es uno de los afectados por las prejubilaciones en la extinta planta de Arrúbal. Si le hubieran dicho hace unos años que éste sería el final de su vida laboral, tras cerca de cuatro décadas cotizadas, no lo hubiera creído. «Cuando comenzó la crisis intuíamos que podría darse algún tipo de reconversión, pero no el cierre total».
Aún así, lo lleva de la mejor manera posible. «Practico deporte todos los días y como me interesa la economía, he comenzado a estudiar esta ciencia», indica.
Por lo tanto, José Luis ha meditado bastante acerca de la situación actual y de las fórmulas para escapar de ella. «El desempleo -dice- es el problema más grave de este país, por lo que los políticos debían sentarse a atajarlo en primer término». Por eso, argumenta que los gobiernos tendrían que instaurar «políticas de estímulo, para que la gente trabaje y vuelva a consumir».
Respecto de una posible reforma laboral, opina que «podría adoptarse algún tipo de medida para contrarrestar la dualidad tan grande que existe en el mercado: Por un lado, hay un colectivo muy protegido, trabajadores indefinidos y funcionarios, y otro completamente desprotegido, como los jóvenes».
José Ignacio y Vanessa saldrán hoy de nuevo a la calle con una carpeta llena de currículos. Sólo piden que la suerte se acuerde de ellos, así como los políticos y sindicatos «que tan buenas palabras nos dedicaron al principio del conflicto de LEAR».