Se llama José Antonio García y, allí a donde llega, y llega a muchos sitios, relata una increíble historia. Así reza: Enero de 1999. El bacaladero en el que faena, en aguas de Noruega, naufraga. De sus 17 tripulantes sólo sobrevive él, que durante 10 horas flota en el agua aferrado a los cadáveres de dos de sus compañeros. Él llevaba un chaleco térmico; los fallecidos, salvavidas. Por eso él sobrevivió y ellos flotaban. Trufa su historia con una promesa a la Virgen del Carmen, si salía del trance, de caminar a los lugares de peregrinación, en agradecimiento. Al poco apareció un helicóptero y le rescató. Un «milagro», al que añade nueve años andando por el mundo, para cumplir su palabra. Y eso que -dice-, como resultado de su prolongada inmersión en las gélidas aguas, «estuve año y medio en una silla de ruedas y los médicos me dijeron que no podría volver a caminar». Y añade: «Menos mal, porque ya llevo 97.000 kilómetros recorridos», calcula a ojo de buen cubero.
Esta es la historia que cuenta, como una letanía, allá donde recala con su mochila al hombro, en la que guarda un montón de recortes de periódicos que dan fe de su paso por numerosos países del mundo. De hecho, una de las primeras cosas que hace cuando llega a una localidad es preguntar por un periodista. Pero del luctuoso naufragio de aquel barco, de nombre 'Revolución', que a unos periódicos cita bajo bandera panameña y a otros liberiana, las únicas referencias halladas en Internet salen de su boca.
Él es de Puerto de Santa María, de donde dice que salió hace 9 años con sus ahorros, «unos 36.000 euros», para cumplir su promesa. «Mejor pregúntame dónde no he estado», indica este hombre, que el martes pasó por Santo Domingo de la Calzada. ¿Y dónde no ha estado? «En Japón y Australia, porque si no puedo ir caminando no voy», explica.
También relata que fue recibido por el Papa Wojtyla y por el Dalai Lama. «¿Cómo es el Tibet?», cuenta que le preguntó a este último. «¿Quieres saberlo? Pues camina al Tibet», dice que le respondió. «Y allí me fui», indica este eterno peregrino, que sobrevive de la caridad del prójimo, previo relato de su historia.
Una historia de libro, como el que dice que piensa escribir. Tiene todos los ingredientes: Imaginación, mucho mundo a sus pies e infinidad de experiencias. La gran historia de José Antonio es él mismo, y, hasta que un día cuelgue las botas, seguirá presentándose en los pueblos con un «vengo de Jerusalén...», seguido de la historia del barco.