«¡Lo importante no es el fútbol, lo importante son los hermanos!». Con rabia y entristecidos, una pequeña manifestación de seguidores del Masri, el equipo local de Port Said, se concentraba ayer a las puertas del estadio atizado por la peor tragedia de la historia del fútbol egipcio.
Dentro del campo, los restos de la batalla campal permanecían esparcidos por el césped, la pista y las gradas. Zapatos desparejados, ropas rasgadas y restos de vendajes ensangrentados hacían de testigo mudo de la irracionalidad del miércoles, un cóctel explosivo de rivalidad deportiva, desorganización policial y, según los habitantes de esta ciudad a orillas del canal de Suez, de la mano de los que quieren ver a Egipto sumido en el caos.
Las verjas arrancadas, reventadas por la presión de miles de hinchas que saltaron al campo al final del encuentro para atacar a los jugadores del equipo visitante, el cairota Ahli, y enzarzarse en una batalla campal con sus seguidores, mostraban ayer la violencia de un partido que ha vuelto a poner un interrogante, uno de muchos, sobre la transición egipcia.
El odio y el miedo que se vivió en el campo, adonde medios de comunicación y autoridades peregrinaban ayer para intentar buscar una explicación a lo inexplicable, contrastaba con el sentimiento fraternal y de luto de la concentración de amantes del fútbol a las afueras del estadio. Encaramado a una de las vallas, un joven se vistió la camiseta roja del equipo rival ante los aplausos de un centenar de hinchas, que lo abrazaron y lo besaron como para curar la herida abierta en el fútbol egipcio.
Sin cacheos
Mohamed Alfi, un joven con los ojos enrojecidos, camiseta del Real Madrid, y aún alterado por la violencia de la víspera, apretaba entre sus manos la entrada del desastroso partido. «Nadie me pidió el billete, ni me cachearon en la puerta, ni a mí ni a nadie», relataba desbordado por los acontecimientos.
Alfi se pasó la noche ayudando a llevar a los heridos al hospital, muchos con la cabeza abierta por silletazos, otros reventados al caer o ser arrojados desde las gradas. «La Policía abrió las puertas a los 'baltaguiya' (matones) y luego dejó que la gente se matara entre ellos», aseguraba ayer. «Sabíamos que algo iba a pasar porque siempre ha habido mucha seguridad y la otra noche, inexplicablemente, no había agentes en las puertas y muy pocos en el estadio», corroboraba Amad Adli, otro seguidor del Masri.
Port Said, la ciudad que une el Canal con el Mediterráneo, se encontraba ayer en estado de conmoción. Nadie entendía cómo se pudo desmadrar la situación de manera tan trágica.
«Los culpables ya están en la cárcel, son los líderes del antiguo régimen, Mubarak y su cuadrilla, que quieren matar nuestra revolución a base de sangre», aseguraba en un café del centro de la ciudad Agui Sayed, que a sus 75 años ha visto muchos partidos, pero jamás un final tan violento. Su opinión es compartida por casi todos los entrevistados por este periódico en una ciudad que ahora sufre por su imagen. «Ahora deben de pensar en todo Egipto que en Port Said somos todos criminales», se lamentaba, impotente, el anciano.