Gasol ha dicho de él que es «pura NBA» y Dwyane Wade lo ha comparado con el gran Steve Nash y ha asegurado que va a hacer algo grande. No están hablando de un jugador que lleve ya varios años de bagaje en la mejor liga de baloncesto del mundo. Se refieren a un 'rookie'. A Ricky Rubio. Un recién llegado con nombre de niño que, con su juego, hace parecer que lleve toda la vida en las canchas de la NBA.
El base catalán promedia en sus primeros ocho partidos casi diez puntos por duelo y más de siete asistencias. Pero más allá de las frías estadísticas, lo que más impresiona es la sobriedad que está demostrando. La de un 'veterano' de sólo 21 años.
Tiene las ganas de todo aquél que llega a un sitio nuevo y quiere agradar, pero al mismo tiempo cuenta con la tranquilidad necesaria para llevar a cabo todo aquello que pasa por su privilegiada mente sin error. En cada partido deja algún detalle y sus asistencias copan los puestos de las mejores jugadas de la jornada. Y es que no se arruga. Le da igual mandar un pase a un compañero previo paso por debajo de las piernas del MVP Dirk Nowitzki que, como hizo ayer, encontrar el hueco para asistir desde casi su casa en un 'alley-oop'.
Rubio está callando muchas bocas con su concurso en Minnesota. Bien es cierto que en su última temporada en Barcelona, así como en el Europeo con la selección parecía que su progresión había llegado a su límite. No se atisbaba margen de mejora y su falta de acierto en el lanzamiento resultaba preocupante para un jugador que quiere triunfar en la NBA. Sin embargo, con sus actuaciones ha hecho que todas esas apreciaciones cayeran en el olvido, convirtiéndolas en elogios y alabanzas.
El rendimiento de Ricky no resulta sólo positivo para él, sino también para España. Su concurso resulta esencial para que la selección pueda competir con garantías en su próximo objetivo: los Juegos Olímpicos. Su irrupción en América y la recuperación de Calderón (gran inicio de campaña el suyo) elevan (y mucho) el nivel de los de Scariolo para afrontar la cita de Londres.
Además, el de El Masnou todavía puede seguir creciendo. Tiene una gran base y los compañeros y rivales ya le empiezan a respetar y a considerarlo un gran jugador. Sin embargo, para hacerse un nombre en la NBA hacen falta partidos y ofrecer una rígida regularidad. Eso sólo se puede demostrar con minutos. Si logra ser regular llegará un momento en el que a Ricky, en el ámbito del baloncesto mundial, habrá que llamarle señor Ricardo.