El 18 de octubre del 2005 Andrea Sirvent aterrizó en Lincoln (Nebraska, Estados Unidos) con el objetivo de estudiar inglés en el centro Union College. Esta joven calagurritana nacida en noviembre de 1985 asegura que llegó «con muchas ilusiones y hambre de información». «Pasé los primeros meses conviviendo con un pastor adventista que me enseñó las primeras verdades del país de la libertad: 'another day, another dollar' (otro día, otro dólar) y en enero del 2006 empecé el curso de inglés». Así describe Andrea el inicio de su estancia en Estados Unidos.
Una vez obtenido el título comenzó los estudios de Comunicación y trabajó en el departamento de español como asistente de una profesora titular. En enero del 2008 inició los Estudios Europeos en la Universidad de Lincoln y un nuevo trabajo en una empresa de seguros. Andrea sentía que el sueño americano crecía en ella y representaba el 'American way of life'. Lincoln, que tiene 250.000 habitantes, se convirtió en su nuevo hogar. Es la segunda ciudad más poblada y la capital del Estado de Nebraska.
«La mayor parte de la población es granjera y se dedica al cultivo de maíz. Eso es lo que podemos encontrar en las enciclopedias, pero lo que pone en mi historia es: Lincoln, escena artística como ninguna. Un día cualquiera a cualquier hora entras en un café y siempre hay algún espontáneo marcándose un concierto o leyendo poesía o exponiendo su última colección de fotos artísticas», comenta Andrea con entusiasmo.
«Nebraska es el estado donde las ideas nacen y se empiezan a desarrollar. La vida es fácil en todos los sentidos y la única pega de vivir en Lincoln son los inviernos tan largos. Las nevadas son eternas (comienzan en noviembre y duran hasta finales de abril) y las temperaturas alcanzan los -20º centígrados», añade.
Compara las graduaciones universitarias americanas con las españolas. «En España se ve como un logro interno, aquí en Estados Unidos como uno de los pasos hacia el éxito, lo que irremediablemente en el país de la libertad equivale a poder».
Andrea confiesa que «a veces el país me ahoga con sus reglas, con sus límites y sus injustas intervenciones, otras me libera con su constitución y su diversidad».
Vuelve a casa, a Calahorra, todos los veranos pero reconoce que «cada vez le sabe más a veraneo que a hogar, llevo casi demasiado tiempo en el país del paradigma».