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Con Edurne Pasaban en el techo del mundo

SOCIEDAD

Con Edurne Pasaban en el techo del mundo

La montañera deja atrás el cámping más alto del mundo para asaltar sin oxígeno el Everest

19.05.11 - 01:07 -
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Un glaciar es uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra. Un caos de miles de toneladas de hielo y rocas que avanza, lenta pero inexorablemente, valle abajo en un descenso sin fin. Si esa masa informe y gélida se sitúa a más de cinco mil metros de altura, en el corazón de la más colosal cordillera del planeta y rodeada por picos que superan los siete mil, el lugar inhóspito se convierte directamente en inhabitable. Y, sin embargo, cada primavera, más de medio millar de personas ocupa ese paraje y lo convierte en su hogar durante dos meses. Es el campo base del Everest.
El primer desafío que ofrece el lugar habitado más alto del planeta, aunque solo sea por unas semanas al año, es llegar hasta él. El cuerpo humano no está preparado para vivir a esas altitudes, donde la escasa presión del aire hace que apenas llegue a los pulmones la mitad del oxígeno que a nivel del mar. El cuerpo tiene que adaptarse a esa carencia. La forma de hacerlo es ascendiendo progresivamente a lo largo del valle de Khumbu, a razón de quinientos o seiscientos metros de desnivel diarios, durante una semana de caminata.
Aun así, no todas las personas se adaptan a la falta de oxígeno y muchos deben darse la vuelta antes de llegar al objetivo: el glaciar de Khumbu, una masa de hielo de veinte kilómetros de largo que desciende directamente de las paredes del Everest y cuya morrena lateral queda poblada cada abril y mayo por una ciudad de nailon formada por decenas y decenas de tiendas de campaña. El hogar no solo de los centenares de personas, entre alpinistas y sherpas, que cada primavera intentan escalar el techo del mundo, sino de todas aquellas que conviven a su alrededor para hacer mínimamente habitable tan singular ciudad: cocineros, ayudantes de cocina, médicos, porteadores, jefes de campamento...
Este año, sin embargo, la crisis se ha hecho notar. Según explica Damian Benegas -codueño con su hermano gemelo Willy de la agencia Patagonian Brothers (entre ambos suman una quincena de Everest)-, «hay casi un 40% menos de expediciones que en años anteriores. Este año rondaremos las 25 con unas quinientas personas, pero en temporadas buenas nos hemos juntado más de 40 expediciones con casi mil personas», relatan con su característico acento argentino, su país de origen, aunque han nacido en Estados Unidos. Y ellos son el mejor ejemplo de la crisis. Este año van a intentar colocar en la cima del mundo a cuatro clientes -una estadounidense, una palestina y dos argentinos- . Aunque lo habitual es tener entre ocho y diez.
Desde finales de marzo, las expediciones empiezan a llegar al glaciar y ocupan los pocos espacios del año anterior que el hielo y las rocas han respetado. El glaciar es un ente vivo que no deja de moverse al ritmo que marca la gravedad. Este año, por ejemplo, la expedición Eco Himalaya, que desde hace un lustro compagina la conquista del Everest con la limpieza de la montaña -paga un euro por kilo de basura recuperada a los sherpas y porteadores- ha recogido a la altura del campo base los restos del helicóptero de una expedición italiana que se estrelló en 1973. Es decir, que han recorrido 1,3 kilómetros en 27 años.
Por eso lo habitual es tener que picar para construir las plataformas sobre las que se instalan las tiendas de campaña, divididas en dos grupos: comunitarias e individuales. Entre las primeras se encuentran la cocina, el comedor y la tienda de comunicaciones, adaptada a las necesidades de las expediciones con tecnología vía satélite y redes sociales.
También están las necesarias tiendas letrina y ducha. Las primeras, en colores caqui o verde para no dar lugar a equívocos, consisten en un agujero en el suelo donde se introduce un bidón que se retira regularmente por sherpas empleados del Gobierno a razón de 150 rupias (1,5 euros) por kilo de residuos. Este reciclaje se instauró hace unos años ante los evidentes problemas de insalubridad que provocaba la creciente cantidad de personas que acudían al campo base del Everest.
Exactamente igual sucede con los demás desperdicios. Los orgánicos son depositados sobre plásticos para que los animales que pululan por las instalaciones, sobre todo aves y los yaks de carga, den buena cuenta de ello. Lo que queda, junto con los restos inorgánicos, es recogido y trasladado a la civilización. Y las expediciones que no lo hacen pierden la fianza 'ecológica' depositada en el ministerio al principio de la temporada.
De todas formas, hay clases y clases. Y las comparaciones entre las expediciones comerciales y las demás a veces resultan odiosas. Por expedición comercial se entiende aquella en la que una empresa facilita absolutamente todos los servicios necesarios para escalar el Everest a la persona interesada -que no necesariamente debe ser alpinista, más bien al contrario-: viaje, permisos, material, oxígeno, sherpas, guías... De forma que el interesado solo tiene que abonar la cantidad correspondiente, que oscila entre los 40.000 y los 100.000 euros, según los servicios contratados, y prepararse físicamente para el reto.
La oferta más económica solo incluye el permiso (10.000 euros), el oxígeno (400 euros/botella), la cobertura hasta el campo base y compartir un sherpa para cada tres 'clientes'. En la más cara el 'cliente' dispone de dos sherpas y un guía occidental, con lo que es más que probable que no cargue con la mochila ni un metro de la ascensión. Desde este año, y como servicio especial, algunas agencias ofrecen a sus clientes volar en helicóptero directamente desde el hotel de Katmandú en el que están hospedados hasta el campo base del Everest, previo plan personalizado de aclimatación.
Comedores 'chill out'
La ciudad cuenta también con servicios comunes. Y como la crisis ha llegado hasta aquí este año el único que sobrevive es el centro sanitario. Se trata de un hospital de campaña gestionado por la ONG Himalayan Rescue y atendido por voluntarios -esta temporada, dos jóvenes británicas- que ofrece gratis sus servicios a los nepalís, mientras que a los occidentales les cobra 100 euros. En los años de bonanza llegó a haber pastelería, cibercafé y hasta centro de masajes, pero hoy en día son solo un recuerdo. Todas las grandes expediciones cuentan con su servicio de conexión a Internet y los alpinistas que carecen de él pueden bajar en hora y media a Gorak Shep, el 'lodge' más cercano al campo base, donde hay conexión a la Red.
Ya está explicado que una de las singularidades de esta ciudad es que se asienta sobre un ente vivo, el glaciar, que se mueve, aunque sea lentamente. Y más en primavera, cuando el calor comienza a apretar y el deshielo hace su aparición. Ello implica que durante los dos meses en los que las tiendas ocupan su lugar haya que reubicarlas una o dos veces antes de que sucumban al movimiento de los hielos. Es habitual que donde antes había un sendero ahora corra un arroyo o donde antes una piedra servía de parapeto a los vientos ahora amenace colgada de un hilo de hielo con desplomarse sobre una tienda. Es la singular vida del campo base del Everest.
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