Probo prócer. Acaba una semana, otra más, desbordante de convulsiones, con tus paisanos dudando si mirar hacia Irlanda (epicentro del seísmo económico mundial) o apuntar hacia el Mar Amarillo, donde de nuevo se vierte la sangre coreana, escenario de otro foco de tensión permanente desde hace casi un siglo. Vivimos días de tanta incertidumbre y amargura que resulta difícil encontrar un espacio para recobrar el ánimo, una coartada para entusiasmarse, que yo sin embargo he hallado en estas páginas, las mismas donde descuellan los episodios de violencia, las caras de angustia, las trompetas del Apocalipsis. Bueno, pues también en ellas puedes tropezar con algún rostro amigo.
Te digo que he dado con motivos para la esperanza simplemente repasando las noticias que depara nuestro universo más inmediato, el forjado por quienes nos rodean, los vecinos que comparten con nosotros las calles que pisamos. No digo que a ellos no les afecte la misma sobredosis de inquietud que también nos llega a atenazar al resto, pero al menos saben sobreponerse, supongo que amparados en una evidencia palmaria: hay quien todavía está peor. Creemos que los cataclismos sólo afectan a nuestro confortable mundo, pero así como entre nosotros menudean los casos de vidas al borde del abismo, no te digo nada si te paseas por las zonas más depauperadas del planeta. Qué más quisieran en Haití que andar discutiendo sobre la edad de la jubilación; qué pensarán los coreanos del norte de la prima de riesgo y el diferencial con Alemania.
Pienso que a todos estos ciudadanos del mundo golpeados una y otra vez, con saña y contumacia, por la providencia les salvará lo que a todos nosotros: la conjura de los justos. Déjame que te hable en consecuencia de la gente de la Asociación Gitana, que llegó a la portada de este periódico porque procura unos ratos de bienestar a un grupo de presos de la cárcel de Logroño; permíteme que te presente a los miles de riojanos que cada día entregan lo mejor de sí mismos en forma de trabajo desinteresado y voluntario. Fíjate en la foto que ilustra esta página: cuatro chicas que nos salvarán al resto de la humanidad, como espero que nos salve Pablo Sáinz Villegas, un joven que armado sólo con una guitarra nos rescata de la desolación. Y fíjate en los vecinos de Gran Vía 25, un edificio que ha dejado en nuestro corazón un boquete de tamaño semejante al del vacío que se abrió en sus vidas. Y, sin embargo, nos sonríen desde la primera página. Es la sonrisa de los bienaventurados, la sonrisa que nos reconforta. Porque en esta época de aflicción, los justos son también los necesarios.
'Los justos', poema de Jorge Luis Borges