Las negociaciones para la formación de nuevo Gobierno en Bélgica tras las elecciones del pasado mes de junio, de las que salió triunfante la formación independentista flamenca NV-A que dirige Bart de Weber, han entrado en vía muerta. A finales de la semana pasada, el socialista Elio di Rupo, mandatado por el rey para explorar las posibilidades de constituir una mayoría con la que proceder a la reforma de la Constitución -como reclama el NV-A- presentó su dimisión a Alberto II después de constatar lo infructuoso de sus esfuerzos. El orden estatuido estipula que las reformas constitucionales requieren una mayoría de dos tercios en la Cámara, lo que, dada la fragmentación del voto en Bélgica, obligaba a construir equilibrios entre siete formaciones políticas.
Aunque la encomienda parecía de por sí complicada, las causas del fracaso hay que buscarlas en los principales antagonistas: socialistas francófonos e independentistas flamencos. Estos últimos actúan con el respaldo expreso de otros partidos del territorio, de ordinario menos radicales que la NV-A en la formulación de exigencias de devolución de competencias a las regiones por el Estado. Así lo han hecho saber el socialcristiano CD&V e incluso los liberales del VLD.
La crisis responde a la eterna disputa sobre la escisión del distrito electoral de Bruselas, Hal y Vilvorde, de la que los flamencos han hecho bandera. Los francófonos han exigido, para considerar la demanda, una refinanciación de Bruselas, largamente deficitaria desde los acuerdos para la federalización del reino de 1993. De Weber ha exigido, en contrapartida, una mayor corresponsabilización financiera del sur francófono en este proyecto, a lo que los socialistas se han negado.
Nuevos mediadores
Para huir de este callejón sin salida, el rey ha nombrado a dos mediadores, cuyo cometido no es otro que devolver las negociaciones a sus raíles. Se trata de los presidentes del Parlamento y el Senado. El primero, André Flahaut, es un socialista de toda confianza de Di Rupo; el segundo, Danny Pieters, es un hombre de De Weber y militante de la NV-A.
Los socialistas francófonos están jugando al órdago en esta fase de las negociaciones. Son ellos los que evocan abiertamente, estos días, la posibilidad de ruptura de Bélgica, en una estrategia que De Weber dice no comprender y que ha elevado el nivel de la discusión a ambos lados de la frontera lingüística del país. El pasado domingo, la viceprimera ministra y personalidad fuerte del Partido Socialista, Laurette Onckelinx, manifestaba en un periódico local que «debemos prepararnos para el final de Bélgica. No podemos minusvalorar el hecho de que se trata de un deseo compartido por una gran parte de la población flamenca».
A De Weber, la estrategia socialista le irrita. «Ponen pegas cuando les planteamos la corresponsabilización financiera y ahora hablan de irse por su cuenta. Es incoherente», sostiene.
No es la primera vez que los valones plantean la escisión. El siglo pasado, cuando las exigencias flamencas comenzaban a ser muy aparentes y el sur era todavía económicamente próspero, los francófonos advirtieron a los flamencos que podrían forzar la quiebra de Bélgica.