Y el perseguido no es un terrorista, sino un agente, y la persecución sólo es un ejercicio, uno más entre las centenares de pruebas a las que se someten los miembros de los Grupos de Acción Rápida sin rechistar. Estar preparado es parte de su trabajo. No importa si hay que saltar desde un helicóptero, atravesar un río o descolgarse por un cortado en el monte. Tampoco si se necesita viajar al día siguiente a Haití, acudir a formar policías en Afganistán, Angola o el Magreb o portar el cadáver de un compañero caído. En la Unidad de Acción Rural no sólo hay voluntarios, sino que todos son voluntarios.
«El hombre del GAR lo difícil lo hará y lo imposible tardará un poco más», escribió el teniente Ignacio Mateu Istúriz, asesinado por ETA en 1986, como decálogo del Cuerpo. Él era, hasta la pasada semana, una de las siete víctimas mortales de esta agrupación especial antiterrorista que siempre se ha batido el cobre en el País Vasco y Navarra antes de volver a dormir a Logroño. A esta luctuosa lista se han sumado el capitán José María Galera y el alférez Abraham Leoncio Bravo, asesinados en Afganistán, donde formaban a policías afganos.
Hasta que saltaron los teletipos, pocos sabían en España que miembros de la UAR estaban desarrollando una importante labor en el avispero asiático. Casi lo mismo ocurre con su trabajo diario. Desde hace tres décadas, estos agentes siempre han preferido la sombra y el silencio. La discreción es básica para un cuerpo formado por unos 500 hombres acostumbrados a realizar las labores más difíciles con determinación y firmeza.
«Estamos preparados y los agentes de la UAR cuentan con actitud y unas aptitudes extraordinarias. Eso explica el mínimo número de incidentes sufridos en nuestra historia», explica el coronel Torquemada, jefe superior del Cuerpo.
Pese a todo, la muerte del capitán Galera y el alférez Bravo ha causado un hondo pesar. «Como seres humanos estamos muy dolidos, pero aceptamos que nuestro trabajo es de riesgo y estamos orgullosos de asumir ese riesgo», incide.
Aunque sus antecedentes se remontan a 1978, con la creación de la Unidad Antiterrorista Rural, la historia marca 1980 como año de fundación 'oficial' del ya denominado Grupo de Acción Rápida (GAR). Desde entonces, su presencia en Logroño ha sido una constante, completada por la llegada, en 1998, del Centro de Adiestramientos Especiales (CAE), la segunda 'pata' de la UAR, que engloba al GAR y al CAE.
Desde su inicio, la misión ha sido la misma: «Nuestro objetivo es luchar contra el terrorismo, contra ETA», incide el teniente coronel al mando del GAR. «Pero también apoyamos en todo tipo de situaciones difíciles y complicadas. En 1996 se acudió a Bosnia y en 1998 fuimos a Kosovo junto a la Legión. Posteriormente, se han protegido los consulados de Jerusalén o Líbano y, más recientemente, también hemos estado en Haití y ahora, en Afganistán», resume.
La intervención en Haití, tras el terremoto que causó cerca de 200.000 víctimas mortales, es un claro ejemplo de cómo funciona esta unidad. «Nos avisaron de que debíamos formar un contingente en menos de dos días. En dos horas, se habían apuntado 200 voluntarios, algunos antes siquiera de comentárselo a sus familias», indica. Y es que el entorno más próximo de los GAR y de los adiestradores del CAE ya conocen de qué madera están hechos. «Aunque al principio puede parecer difícil de entender, llega un momento en que las familias acaban siendo parte de la institución y se integran», explica el coronel Torquemada, que reconoce que esa comprensión es uno de los «grandes logros».
Formación constante
Y es que bajo la boina verde de los miembros de la UAR queda claro que se esconde gente hecha de otra pasta. «No somos superhombres ni lo pretendemos», insiste el teniente coronel responsable del Grupo de Acción Rápida. «Simplemente estamos bien preparados. La formación es continua. Somos buenos pero cometemos errores, por eso, cada 37 días, hacemos un curso de instrucción en diversos aspectos. Realizamos un juicio crítico de los errores y luego, con la lección aprendida, instruimos a todos», explica.
Pero para llegar al GAR hay que ser previamente guardia civil y después superar unas pruebas rigurosas. Primero, tres meses de formación en un curso de adiestramiento en operaciones especiales. «Es duro físicamente, pero lo que de verdad requiere es fortaleza mental», indica su máximo responsable. Tras esa selección, una nueva formación criba a casi un 60% de los aspirantes.
Al final del proceso, de unos 150 candidatos apenas 50 acabarán formando parte de la Unidad. En una época en la que el sacrificio no está entre los valores totémicos de la sociedad, reconocen que «la captación se hace más difícil», aunque a esta unidad nunca le han faltado los candidatos. «Es más, en los años de mayor actividad terrorista se presentaban más personas», comenta el teniente coronel del GAR.
Tampoco ha variado su trabajo, ya fuesen años de plomo u otros, como ahora, de aparente 'tranquilidad'. «Todos los días realizamos servicios y, al cabo del año, por ejemplo, hacemos los mismos controles de carretera en el País Vasco y Navarra que cualquier año», añade. Esas 'rutinas' de trabajo y formación hacen de los miembros del GAR la punta de lanza en casi la totalidad de operaciones antiterroristas. «Cuando hay que actuar, apenas hay que decir nada porque todos saben lo que tienen que hacer en cada momento», explica este mando. Entrenando en el agua, a bordo de un helicóptero, en condiciones extremas de nieve, asaltando una vivienda, afinando el disparo... «Nuestro peor enemigo no es ETA, sino no hacer nada. Debemos estar siempre preparados y dispuestos», recuerda.
Así, gracias a esa preparación, los agentes del GAR han estado presentes en todos los 'fregados' y en todos han salido bien parados: detenciones de etarras, liberaciones de secuestrados, como el caso del funcionario de la prisión logroñesa José Antonio Ortega Lara, redadas contra la cúpula terrorista o, incluso, la seguridad de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la boda del Príncipe Felipe con Doña Letizia.
Precisamente con ella mantienen una especial relación, ya que se convirtió en madrina de la Unidad en el 2005, durante el primer acto oficial de Doña Letizia como Princesa de Asturias.
Ese vínculo de afecto se comprobó durante el funeral del capitán Galera y el alférez Bravo, celebrado en la base de Logroño el pasado 26 de agosto. Los príncipes arroparon a los miembros de la UAR y se mostraron muy afectados por los asesinatos, fiel reflejo del 'shock' que sufrió la sociedad, especialmente la riojana, al conocer la tragedia.
«Hemos recibido muchas condolencias y eso es de agradecer porque nos sentimos parte del pueblo riojano», explica el teniente coronel responsable del GAR. «Han sido unos momentos muy emotivos por todo el cariño que nos han demostrado y lo queríamos hacer constar, porque allá donde va cualquier miembro de la UAR es como si hubiera una pequeña embajada de La Rioja», indica.
Ahora, la Unidad quiere pasar la página de la tragedia y centrarse en ayudar a la familia de las dos víctimas y volver, en la medida de lo posible, a la sombra para desde allí, seguir golpeando, implacable, al terrorismo.