Alfredo García y Pedro García siguen recuperándose de su expedición al Everest. Ayer por la tarde, Alfredo emprendió viaje rumbo a España, donde espera llegar hoy mismo a Madrid y trasladarse a Zaragoza para pasar un nuevo reconocimiento médico. Según explicaban desde su expedición, García evoluciona bien después de tres días recibiendo cuidados médicos en Katmandú. De hecho, se siente con más fuerza y ayer mismo escribía en su página web su experiencia en el monte más alto del mundo. Su experiencia en la ascensión. El descenso ha sido mucho más duro.
«Tras largas jornadas en las que solo hacíamos dormir, comer y ver alguna película, el 20 de mayo comenzaba lo que todos deseábamos desde hace meses, el ataque a cima. Llevábamos 51 días fuera de casa y queríamos un desenlace con cumbre o no. Queríamos que nos dieran nuestra oportunidad, saber que habíamos hecho todo lo posible por intentarlo y marcharnos a nuestra casa. Así que después de una sencilla pero emotiva puja en nuestro altar, nos fuimos al campo 1 (7.000 metros). La sensación era extraña, demasiado extraña. Se mezclaban a partes iguales emoción, miedo, alegría, incertidumbre y otros muchos sentimientos a los que no sabría ponerles un nombre concreto», indica el riojano.
García reconoce que la ascensión hubiera sido más rápida si el Everest no hubiera estado tan poblado. «Si no nos hubiéramos tropezado con tanta gente hubiésemos sido más rápidos. Era normal tanta aglomeración. El monzón se acerca. Esta temporada la climatología no ha dado tregua y todos barajamos las mismas fechas para tener nuestra única oportunidad», comenta
Contratiempos
Con el paso de los días se van conociendo detalles de la ascensión. Sólo los puede revelar el protagonista y reconoce que los contratiempos fueron más de los esperados. «Cuando llegamos al campo 1 nos encontramos el suelo de nuestra tienda hundido. Poco después, nos comunican que prevén vientos de 70 km/h. para el día 23, fecha elegida para hacer cumbre. Decidimos retrasar un día el ataque en busca del 'día perfecto'. Frente a esta nueva situación sólo nos queda una opción, permanecer un día completo a algo más de 7.000 metros sin hacer otra cosa que dormitar, fundir nieve y comer, mal, pero comer», señala.
El 22 de mayo alcanzan el campo 2, a 7.600 metros. «En la plataforma donde estaba nuestra tienda había otra. La nuestra estaba a un lado hecha un amasijo de telas y varillas. No entendíamos nada. Por suerte todas nuestras pertenecías estaban entre el lío de telas y varillas. Pedro, Josu y yo pasamos la noche en una tienda para 2 personas. Para colmo, mientras fundíamos nieve, se nos incendió la tienda y perdimos uno de los infiernillos. Al estar envuelto en llamas temíamos que explotara la bombona. Apenas dormí 4 horas», relata.
Amanece el domingo 23. En la agenda está el campo 3 y el ataque, por la noche, a la cima. Un terreno desconocido para los tres expedicionarios. «La mayor parte es roca, con algunas secciones de nieve-hielo. El camino era sencillo y apenas nos costó llegar 6.30 horas, pero la altitud se notaba. Estábamos ya a 8.350m. El sherpa nos tenía preparada una sorpresa más (y no sería la última). Nos había dicho que tenía montado el campo 3. Nada más lejos de la realidad. Me puse a trabajar con el sherpa de Gerlinde Kalenbrunner y Ralf Dujmovits en la construcción de una plataforma en la que asentar la tienda para descansar unas horas antes de partir hacia cumbre. Necesitamos una hora para acabar la plataforma. Un desgaste considerable a esa altura. Al poco de terminar, llegó nuestro sherpa. Ya no hubo más palabras, no hicieron falta», sentencia.
Hacia la cumbre
Después de superar adversidades no previstas, Alfredo García afronta la hora de la verdad. El trabajo de muchos meses queda en manos de un pico, de una ascensión de 500 metros y de la climatología.
«Tras pasar unas horas fundiendo nieve y comiendo en la precaria tienda, en torno a las diez de la noche de este 23 de mayo Pedro y yo salimos hacia la cumbre. Josu salió algo más tarde. No tenía sentido salir juntos, ya que sin oxígeno los ritmos son totalmente diferentes. Josu se dio la vuelta unos 100 metros más arriba. Fue un acierto, ya que tenía un crampón roto y la bajada era complicada. Nosotros continuábamos con nuestra ascensión. El día perfecto pronosticado se transformó en la nevada perfecta. No dejó de nevar durante toda la noche, pero poco a poco íbamos ganado altura», apunta.
En ese momento, a pesar del esfuerzo, Alfredo García reconoce que estaba disfrutando de la ascensión. «El terreno era variado y divertido. Fuimos pasando por lugares de los que tantas veces habíamos leído y oído -Primer Escalón, La Roca Champiñón (aquí dejamos la primera de las dos botellas de oxígeno que llevábamos), el mítico Segundo Escalón con su famosa escalera (donde nos amaneció), el Tercer escalón-. De vez en cuando había algún cadáver junto al camino (en total vi cinco). Cuando pasaba delante de ellos pensaba que mejor que nos esperasen muchos años», afirma.
Los últimos metros eran una realidad. Un esfuerzo mayor de lo previsto. «Tras el Tercer Escalón se veía la cima a tiro de piedra. Estaba muy cerca, pero aún nos llevaría un rato alcanzar la cumbre y es que hay que dar toda la vuelta a la cima para alcanzarla. Tras una rampa de unos cincuenta o sesenta grados en nieve, se accede a un pequeño plató. Tras una travesía se llega a otra sección de nieve que nos permitió acceder a la parte alta de la montaña. Ya solo nos quedaba subir los últimos metros del Everest por un terreno ondulado viendo al fondo su cumbre. En ese momento tan añorado y emotivo no nevaba pero las nubes impedían ver lo que teníamos bajo nuestros pies. Llegamos a la cumbre poco antes de las 10 horas del 24 de mayo del 2010, tras doce horas de esfuerzo, frío y nieve habíamos conseguido la mitad de nuestro objetivo, ya que como dijo un afamado alpinista, la cima es la mitad del camino», concluye.