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TRIBUNA

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10.05.10 - 00:31 -
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Desde mi retiro, desde esta apacible gruta platónica que me he montado en Villafelíz de Babia, sin tele, sin teléfono y sin Internet, veo reflejarse las sombras de la realidad en las paredes de papel de los periódicos atrasados que, apilados en un rincón, esperan la cerilla purificadora que se los lleve. Antes, sin embargo, una noticia merece reflexión. Me bebo un chupito de Licor del Bolo, me fumo un cigarrito egipcio, me recuesto en mi humilde yacija, me invade la beatitud y divago santamente sobre ella. Hay que ver, Jesús mío cubierto de rocío, pero qué poco piadoso soy. Pues, ¿no se ha alegrado mi ánimo y el júbilo apoderado de mi agradecido corazón al enterarme de que, en un lugar de las Españas de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, todo un hidalgo español, un sensato caballero, un tío con dos cojones, saca su viejo y querido pistolón del bargueño y con gentil brío y continente regala con el descanso eterno a un amargavidas hi de puta, proporcionando con su altruista acción la deseada paz social a todo un barrio que, por fin, suspiró aliviado, liberado y completamente feliz? ¿Cómo no he de participar yo, desde esta gruta eremítica y babiana donde me encuentro, de tanta y tan maravillada consolación colectiva? ¡Por fin!. ¡Albricias, se fue el Caimán! Porque, vamos a ver: ¿cómo fue posible que un malsín tocapelotas, un desquiciado majarón, un hijo puta cabrón que llevaba años y años amedrentando violentamente a sus convecinos a cualquier hora del día, de la tarde y de la noche; amenazando con rebanarle el gañote a cualquiera que osara recriminarle sus desvaríos; destrozando a su antojo propiedades públicas y privadas, rompiendo portales, atracando a tenderos, arrancando instalaciones eléctricas, insultando al personal, realizando actos obscenos ante jóvenes madres y sus aterradas proles, vejando ancianos, aterrorizando a púberes y pateando puertas convecinas -¡cómo fue posible! me redigo-, que siguiera con vida tanto tiempo. ¿Qué estúpidas o diabólicas fuerzas lo amparaban? ¿De quién era cuñado? ¿Quién lo diagnosticaba? ¿Qué psicólogo lo atendía? ¿Qué leyes lo han protegido? ¿Dónde están los fiscales del Reino? ¿Qué se ha hecho con los cientos y cientos de denuncias que pesaban sobre este criminoso y esquizofrénico calavera? ¿Quiénes son y qué cargo ostentan los irresponsables cobardes que han tolerado que este bicho anduviera por la calle? Oh, dioses: a ese hidalgo español, a ese renacido Cascorro que acabó a trabucazos con el problema -me digo muy a solas conmigo mismo mientras paladeo el tercer chupito de Licor del Bolo-, a ese santo varón, habría que dedicarle avenidas, erigirle bronces ante las puertas de todos los centros educativos de las Españas y explicar en las aulas su nobilísima y ejemplar gesta dentro de la asignatura Educación para la Ciudadanía. Mas, empero, a los auténticos responsables de tamaño desaguisado; a aquellos que por acción, omisión o dejación lo han tolerado, tras sufrir trescientos azotes en plaza pública como prescriben las buenas costumbres y ya vestidos con sambenito y coroza, hale, a una ergástula a pan, agua y trabajos forzados por el resto de sus putas vidas, por mamones. (Pausa, pausa: Ay, por dios -me digo en medio de mi paz camastrona y babiana-, pero qué medieval me coloco con estas volutas egipcias, anda, cambia el tercio; y me pongo a reflexionar sobre para qué sirve el Senado con sus traductores de bable, catalán, vizcaíno y otros dialectos berceanos; sobre el porqué a los líderes políticos cada vez los soporta menos gente, y sobre si no será ya la hora de que nuestro egregio monarca don Alfonso XIII vuelva a llamar a don Miguel Primo de Rivera: sombras de la realidad, ecos en las paredes de papel, Villafelíz y el conventual Licor del Bolo. Pausa, pausa, sí, pero qué tranquilidad en la conciencia).
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