La Rioja

La pasión de Goytisolo

  • Duelo en la plaza Jemma el Fna de Marrakech, que le debe su título de Patrimonio Oral e Inmaterial. El escritor halló en la ciudad imperial marroquí cobijo e inspiración hasta su muerte

Una vez ¡quisieron incluso señalar mi casa en las guías turísticas de Marrakech! Afortunadamente, alguien me dio el chivatazo y pude pararlo a tiempo». Esta revelación, puesta en boca de Juan Goytisolo, la hacía la escritora y profesora feminista Brigitte Vasallo en un breve artículo fechado hace siete años y dedicado a la vida en Marrakech del autor fallecido el domingo. Poco después, éste prologó el libro de su amiga titulado 'Pornoburka'. Goytisolo y Vasallo, nacidos los dos en Barcelona con 41 años de diferencia, se conocieron en la ciudad marroquí hace casi dos décadas, en un café de la plaza Jemma el Fna, el espacioso y animado punto central de encuentro de la urbe imperial norteafricana. «Su vida social gira alrededor de las terrazas más destartaladas de Jemma el Fna, en una mesa que no admite jerarquías y donde todo el mundo es bienvenido», proseguía Vasallo en su texto sobre los hábitos diarios del consagrado, disidente y autoexiliado literato. Compartir tertulia y café con sus vecinos de terraza, hablar con ellos de las cosas de la vida y escuchar sus historias constituía uno de los mayores placeres del creador de 'Juan sin Tierra'. Un cobijo abierto al mundo, un parapeto entre las gentes. Trataba de hacerlo incluso en los últimos meses, a pesar de que una caída con fractura de cadera hace un año, y el ictus sufrido el pasado marzo, le tenían recluido en una silla de ruedas. Su amigo y expareja Abdelhadi le conducía hasta el ágora para que pudiera cumplir el rito de cada atardecer, contemplar el regreso de las cigüeñas hasta sus nidos en torres y murallas.

Por regate expreso del interesado, Marrakech nunca pudo señalizar en su callejero la situación del domilicio del novelista en vida. Tal vez pueda hacerlo ahora que el Premio Cervantes de 2014 ya no va a oponerse. Al contrario, Goytisolo sí logró dedicar un homenaje de alcance internacional a la ciudad en la que se ha refugiado los últimos 21 años de existencia. Centró su agasajo en el punto que es símbolo de ese núcleo urbano desde su fundación en el siglo XI. El escritor presidió el jurado de la Unesco que proclamó en 2001 Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad a su querida Jemma el Fna, que fue inscrita como tal seis años más tarde. Es una calificación incluida dentro del listado del Patrimonio Cultural Inmaterial. Para la agencia de la ONU, esta plaza «presenta una concentración excepcional de tradiciones culturales populares marroquíes que se expresan a través de la música, la religión y diversas expresiones artísticas. Situada a la entrada de la Medina, esta plaza triangular rodeada de restaurantes, tiendas, hoteles y edificios públicos es el escenario cotidiano de actividades comerciales y de diversiones». En ella «pueden verse y oírse a narradores, poetas, músicos bereberes, bailarines gnawis, encantadores de serpientes y jugadores de senthir».

Juan Goytisolo llegó a Marrakech en 1976 y cuatro años más tarde compró una casa en su medina. Desde entonces vivió a caballo entre París y Marruecos, donde se instaló definitivamente en 1996, a la muerte de su esposa, la escritora, guionista y actriz francesa Monique Lange, una mujer que asumió siempre con naturalidad la homosexualidad de su marido.

La tradición árabe

En 1980, cuando adquirió el domicilio en Marrakech, el escritor barcelonés publicó 'Makbara', un texto en el que cuestiona la superioridad cultural y moral del occidente cristiano ante la tradición árabe y el mundo musulmán. Para entonces ya era un leal defensor de estos últimos, con los que ha alimentado un profundo vínculo hasta el final. «Yo realmente he conocido y sentido Marrakech de otra manera gracias a él, porque nos guio con sus pasos y su mirada por los lugares que le gustaban, nos paseó por los rincones de la medina, nos enseñó los sonidos de la plaza y a respirar la ciudad», relata a este periódico Yolanda Soler, directora del Instituto Cervantes de Marrakech, sin perder de vista el libro de condolencias instalado en la biblioteca de la institución.

Soler y su coordinadora cultural, Sanae Mesmoudi, han vivido en permanente relación con Goytisolo, que tenía el hábito de escribir siempre a mano, según desvela la directora. «Siempre tuvo amigos que le pasaban a máquina los artículos y en los últimos tiempos se lo hacía yo -cuenta-. Todas las gestiones las tramitaba a través nuestro. Ya dijo que el Instituto era su ventana de comunicación con el mundo». Una de ellas, porque la principal residía en «la luz, la vitalidad, el punto de encuentro entre mundos, los colores que contemplas aquí mires donde mires...», describe Yolanda Soler.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate