La Rioja

El ojo que nunca reposa

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Helicóptero de la Policía Nacional. / A.Ferreras / V.Carrasco

  • Acompañamos a la patrulla de la Policía Nacional que vigila las grandes urbes desde el aire. Sus persecuciones van siempre ligadas a la seguridad de las personas. "El cine nos ha hecho mucho daño", dicen los agentes

A vista de pájaro el mundo se achica. Pero este axioma no es válido para la mirada que todo lo escruta. Los helicópteros de la Policía Nacional tienen la agudeza del ojo de un lince para detectar incluso hasta las plantas de marihuana que algunos cultivan en su terraza. No es desde luego la misión más relevante que hacen los agentes desde las alturas. Bajo el ruido de las palas del helicóptero, los funcionarios graban en imágenes de alta definición desde manifestaciones hasta el movimiento de aluniceros, pasando por el desplazamiento de cayucos, el tránsito de narcotraficantes por el Estrecho o los pasos vacilantes de suicidas. El trabajo de este grupo de agentes que han hecho del aire su hábitat natural dista del tópico. Nada más lejos de sus pretensiones emular las fantasías temerarias que nos ha legado Hollywood.

  • FotogaleríaVigilancia aérea día y noche

Desde que el terrorismo yihadista ha hecho de las grandes aglomeraciones de personas uno de sus objetivos predilectos, los policías que patrullan día y noche desde mil pies de altura tienen más trabajo

La presencia de los helicópteros de la Policía es habitual en el poblado madrileño de la Cañada Real (uno de los mayores focos de venta de droga en España), donde la configuración de los asentamientos ilegales está continuamente cambiando. Hacerse una idea del intrincado laberinto que conforma el amontonamiento de chabolas sólo es posible tomando distancia y altura. «Si tienes una orden judicial de entrada y registro, no te puedes permitir equivocarte. Por eso desde arriba indicamos a los agentes en tierra por dónde pueden moverse», dice Javier, un inspector de Policía que ha visto de todo. «Una vez, para abortar el viaje de un avión cargado de droga, pusimos el helicóptero en medio de la pista».

En el quehacer diario de los policías del Servicio de Medios Aéreos (SMA) de la Policía Nacional ocupa un lugar destacado la vigilancia en Madrid de estaciones de ferrocarril, ministerios, centros militares y policiales, la sede de la presidencia del Gobierno y lugares de notable afluencia turística. Al margen de estas tareas, los pilotos se ponen al servicio de las peticiones que se cursen, que proceden de áreas que van desde la Policía Científica a Seguridad Ciudadana, desde Extranjería a Policía Judicial. Este servicio es un buen observatorio para apreciar tendencias delictivas. «Ahora están volviendo los alunizajes (empotrar el vehículo contra el escaparate de un comercio), sobre todo en el extrarradio de Madrid, más desprovisto de medidas de seguridad que el centro de la ciudad. Para mí tiene que ver con el hecho de que están saliendo de la cárcel gente que ha cumplido su condena», dice David Díaz, jefe de tripulación.

Cuando el malo escapa

Pese a ser un oficio de riesgo, los agentes son precavidos. Se cuidan de proteger su vida y la de los ciudadanos. «El cine ha hecho mucho daño. No conviene hacer locuras. A veces es preferible dejar escapar al malo si la mercancía ilícita es poco cosa y el delincuente, en una persecución por carretera, pone en riesgo la vida de otros conductores», dice Víctor, un policía experimentado y capaz de pilotar los cuatro tipos de helicóptero y los dos modelos de avión que integran la flota del SMA.

Volar es en ocasiones una tarea ingrata. No es una misión apta para cuerpos desmedrados. En los helicópteros BO-105, que carecen de aire acondicionado, se pueden alcanzar dentro de la cabina temperaturas cercanas a los 50 grados. Desde la adquisición del Eurocopter EC-225, capaz de volar a 220 kilómetros por hora y con un radio de acción de 850 kilómetros, las cosas han cambiado para mejor. Aunque para algunos ha supuesto hincar más los codos, más horas de adiestramiento para dominar el manejo del helicóptero.

Los agentes no necesitan tener una vista privilegiada. Para eso está la cámara de vídeo de alta resolución de la que están equipados cada uno de los 25 aparatos de la flota. Son similares a las instaladas en los helicópteros Pegasus de la DGT, dotadas de un potentísimo zoom capaz de moverse en todas las direcciones. Consiguen leer matrículas a distancias insospechadas y registrar todo tipo de detalles que escapan al ojo humano. Estas imágenes se transmiten en tiempo real al Ministerio del Interior o a la sala del 091, el servicio de emergencias de la Policía. Gracias a este material, los mandos pueden tomar decisiones en cuestión de segundos.

No hay tiempo para aburrirse. Las misiones son variopintas, desde controlar el movimiento de personas a la entrada y salida de los partidos de fútbol hasta observar la singladura de una precaria embarcación de inmigrantes subsaharianos en las aguas de Senegal. En las catástrofes, los agentes y sus aeronaves se ponen al servicio de Protección Civil. Así se ha podido llegar en poco tiempo a las zonas arrasadas por las recientes inundaciones en Málaga.

Los dos aviones adscritos al servicio –uno de ellos es el Cessna que perteneció a Juan Antonio Roca, condenado por el ‘caso Malaya’– son fruto del embargo judicial de bienes a delincuentes. En ocasiones estos aparatos se usan para el traslado urgente de funcionarios del Grupo Especial de Operaciones (GEO), de la Policía Científica o incluso de presos yihadistas. «Dado que no es aconsejable que estos últimos viajen en vuelos comerciales, se opta por el empleo de estas aeronaves», asegura David Díaz.

Los policías-piloto cuentan con una escuela de formación exactamente igual a los civiles, y los controles también son los mismos. Eso sí, se busca que los cursos sean más baratos. Las pruebas de selección son exigentes. No en vano, la escuela imparte la misma formación que se exige a un piloto de Iberia. Los que superan el curso, que dura unos quince meses y que consta de 150 horas de vuelo, obtienen el título de Piloto de Transporte de Línea Aérea. «Es preciso dominar muy bien el inglés porque todos los manuales de navegación de estos aparatos están escritor en ese idioma», señala Javier.

Aparte del emplazamiento principal en Cuatro Vientos (Madrid), el servicio dispone de bases periféricas en Bilbao, Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla, Palma de Mallorca, Canarias y Vigo. Durante el verano se establecen destacamentos eventuales en ciudades costeras como Rota y Reus, entre otras.

Hasta los rasgos faciales

Dentro del helicóptero, tan importante como los pilotos es el operador que maneja la cámara que envía imágenes en tiempo real. La calidad de las imágenes es asombrosa. De esta manera es posible perseguir a narcos a una prudente distancia, volando muy alto, y que la dotación policial pase inadvertida. A doscientos pies (seiscientos metros), la cámara afina tanto que casi es posible adivinar los rasgos faciales de los tipos que pululan por la ciudad. Y si la oscuridad de la noche sume todo en tinieblas, se recurre a los infrarrojos.

A veces es bueno dejarse notar. Por eso el aparato se detiene suspendido en el aire y un potente foco ilumina los poblados chabolistas donde la droga campa a sus anchas. Entonces es posible atisbar las fogatas, los coches, los escombros...

No siempre es necesario adentrarse en estos sórdidos escenarios. El servicio también ha hecho alguna incursión en labores humanitarias. Ha transportado órganos para trasplantes y sus helicópteros fueron los primeros que se plantaron en el terremoto de Lorca (Murcia) en 2011.

Cuando planean sobre los manifestantes, procuran no volar demasiado bajo. Porque entonces estarían al alcance de una pedrada. Sólo descienden en contadas ocasiones, si descubren, por ejemplo, la agresión a un grupo de policías.

Al tomar por fin tierra, el aparato descansa dos minutos al ralentí, los necesarios para que se enfríen las turbinas. Un tiempo que se aprovecha siempre para recargar el sistema de captación de imágenes. Por algo es el ojo que nunca reposa.

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