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GANAS DE VIVIR

«Estaba viva, despierta, pero inmóvil»

La creyeron muerta, pero estaba viva. Le salvó una lágrima que brotó porque era consciente de todo. Esta es la increíble historia de Angèle Lieby

08.03.13 - 14:32 -
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«Estaba viva, despierta, pero inmóvil»
Angèle Lieby, la mujer que fue dada por muerta y que vivió una auténtica pesadilla.

Lunes, 13 de julio de 2009. Francia disfruta de un puente de verano: como cada año, los galos se preparan para celebrar su Fiesta Nacional. Pero al contrario que la gran mayoría, Angèle Lieby acudió a su trabajo temprano para iniciar una jornada que quedaría marcada en rojo en el calendario de su vida.

«Acudí a mi empresa con un dolor de cabeza que rápidamente se agudizó y se convirtió en una migraña. Empecé a notar picores en los dedos y entumecimiento en las manos. Así que decidí irme a casa a descansar, pero cuando me desperté estaba aún peor y mi marido, Ray, me llevó a Urgencias. Las primeras pruebas no consiguieron diganosticar lo que me ocurría. Pero la realidad es que empezaba a perder el habla, a decir cosas incongruentes, a no poder tragar mi propia saliva, a no poder respirar… Se me iba la vida. Un chequeo dictaminó que sufría una anomalía en los glóbulos blancos y para evitar males mayores los médicos decidieron dejarme en coma terapéutico de 24 a 48 horas…».

Y ahí empezó la pesadilla de nuestra protagonista. A los dos días, Angèle se despertó de aquel coma inducido. Pero nadie lo supo. Ni podía abrir los ojos, ni ver, ni hablar ni moverse. Estaba viva pero atrapada dentro del ataúd de su propio cuerpo.

Los médicos no se dieron cuenta de aquello y siguieron actuando como si estuviera ‘muerta artificialmente’. Soportó ‘torturas’ de todo tipo: «Estaba viva y consciente con más de 13 cables y sondas por el cuerpo. Y lo sentía todo. El dolor era insoportable. Irreal e indescriptible. Hubo actos de violencia física y psicológica, como el de pellizcarme los pezones para ver si reaccionaba. Para los médicos estaba muerta y todo valía para demostrárselo a mi marido y mi familia».

Afortunadamente, y cuando ya los médicos propusieron a Ray desconectarla de la máquina, se obró el milagro. Cathy, la hija de Angèle, tenía la llave. «Habían pasado 12 días desde mi ingreso en el hospital. Era 25 de julio, mi aniversario de bodas. Mi hija, sentada a mi lado, no paró de suplicarme que despertase, que volviese. Me dijo que ella y que sus nietas me necesitaban. Que iba a tener otra hija y que no podía irme de este mundo sin conocerla. Y entonces solté una lágrima y moví el dedo meñique izquierdo. Esa fue la señal que lo cambió todo. Aquella lágrima fue de tristeza, pero todas las siguientes fueron de felicidad».

Síndrome de Bickerstaff

Aquella lágrima abrió los ojos a los médicos y al fin se dieron cuenta de que Angèle estaba viva, pero paralizada por una extraña enfermedad: «El Síndrome de Bickerstaff es una poli neuropatía desmielinizante sensitivo motriz muy severa. Una enfermedad del sistema nervioso central de origen inmunitario.

El problema vino de la mielina: una sustancia blanca que protege las fibras nerviosas al igual que el plástico envuelve los cables eléctricos. Se había degradado, sobre todo, en pleno tronco cerebral, debido a una respuesta desproporcionada de mi sistema inmunitario. Esta enfermedad puede producir ceguera total, diplejia facial y parálisis completa de los brazos y piernas, esto es, la muerte cerebral. Se asemeja a los síndromes de Guillain-Barré y Miller- Fisher, pero es más rara y más grave. En mi caso, los signos de la enfermedad fueron más bien discretos. Y todo fue muy rápido».

Desde aquel 25 de julio comenzó una nueva vida. Le esperaba un periodo largo de recuperación: «Para vivir, he sufrido mucho más de lo que un ser humano puede soportar. He luchado y comenzado de nuevo. Hacer y aprender todo por segunda vez: hablar, andar, moverse, respirar, comer... Pero el amor de los míos era más importante que mi sufrimiento. Así que acepté la situación y me volví a enganchar a la vida». Y así fue.

En marzo de 2010, tras miles de batallas, estaba recuperada. Y creyó que lo mejor era contarlo: «Me decidí a escribir ‘Me salvó una lágrima’ mientras estaba aún hospitalizada en la UCI. Quería que mi familia, mis amigos y todos aquellos que me han apoyaron durante mi calvario conocieran la realidad. En el universo hospitalario, una se siente fácilmente desposeída de su identidad, pierde su intimidad, te conviertes en un número, no eres más que un cuerpo magullado. Tenía la convicción de que tenía que transmitir esta experiencia, pero de una manera positiva». Como ella misma dice en su obra, las palabras libro y libre se parecen. Y necesitaba un libro para liberarse.

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