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Caricias sí, sexo no

zoofilia regulada

Caricias sí, sexo no

Alemania prohíbe las relaciones íntimas con animales entre protestas de los zoófilos, que aseguran que sus parejas «consienten»

11.02.13 - 18:50 -
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Michael Kiok, presidente de la asociación ZETA en Alemania, con su perro./ Zeta

La Potsdamer Platz de Berlín acogió el viernes pasado una de las manifestaciones más insólitas de la historia. El Bundesrat, la cámara alta del Parlamento alemán, iba a votar una reforma de la ley de defensa de los animales que suponía la ilegalización de la zoofilia, así que en la céntrica plaza se reunió un grupo de ciudadanos contrarios a esa decisión: eran, en efecto, zoófilos, un colectivo habitualmente discreto hasta la invisibilidad, que reivindicaba allí su condición de «minoría discriminada». Dicen que se trata de la primera concentración pública de este tipo en todo el mundo, pero sirvió de poco: la norma siguió el curso previsto y fue ratificada por la cámara, con multas previstas de 25.000 euros, aunque los afectados –los presentes en la Potsdamer Platz, por cierto, eran todos varones– ya han anunciado que recurrirán la medida por considerarla anticonstitucional.

Las relaciones íntimas con animales estuvieron prohibidas en Alemania occidental hasta 1969, junto a otras prácticas catalogadas como «indecentes», pero desde ese año no existía ningún obstáculo legal para el bestialismo. Esta práctica solo se castigaba si se infligían daños graves, si se invadía la propiedad privada –en el argot zoófilo se denomina ‘saltavallas’ a quienes se cuelan en jardines, establos o pastizales para excitarse con las mascotas o el ganado ajeno– o si implicaba la creación de pornografía con animales: la condena más reciente, de 2008, corresponde a un hombre que se grabó con el móvil mientras practicaba el sexo con su ‘rottweiler’. Diversas asociaciones denuncian desde hace años el sufrimiento de los animales sometidos a estos abusos, al parecer más frecuentes de lo que se suele pensar, y finalmente el ministerio de Agricultura decidió tomar cartas en el asunto, a raíz de diversas informaciones sobre la supuesta existencia de zoológicos clandestinos que funcionaban a modo de burdeles.

Los planes del Gobierno toparon con la resistencia de la asociación ZETA, cuyas siglas significan Compromiso Zoófilo por la Tolerancia y la Claridad. La entidad, una especie de pequeño ‘lobby’ zoófilo, tiene dos presidentes que se han convertido en los rostros visibles de esta tendencia sexual. Michael Kiok es un bibliotecario nacido en 1960 que experimentó su primer contacto íntimo con animales a los 15 años y ahora mantiene «una relación» con su perra Cessy, una pastora alsaciana, aunque también le atraen las yeguas. «Siempre he sentido un afecto especial por los animales. En la adolescencia, a eso se sumaron sentimientos eróticos», relata. Pasó por una fase de negación y años de terapia, hasta que internet le permitió descubrir que había muchos como él. También estuvo casado, pero ahora sostiene que «los animales son mucho más fáciles de entender que las mujeres». El otro responsable de ZETA es David Zimmermann, nacido en 1986, que trabaja de cuidador de animales y se describe como vegetariano e influido por el budismo. Vive con un novio humano también zoófilo y con una perra dálmata, pero su verdadera «pareja animal» falleció el año pasado y no la ha reem-plazado.

Parte de la manada

Los portavoces de ZETA vienen a asegurar que, más allá de dobles sentidos y como indica la propia palabra, nadie ama a los animales tanto como un zoófilo: «Solo queremos lo mejor para ellos. En nuestras ideas es una cuestión central que nunca haremos nada que el animal no quiera hacer. No les tratamos con crueldad», argumentan. Ellos dicen que sus relaciones son «consentidas», que un animal sabe cómo defenderse de aproximaciones indeseadas, que las mascotas contemplan a su dueño como un miembro de la manada y «el paso desde ahí hasta el sexo no es muy grande». Además, consideran hipócrita que la ley se meta con ellos mientras siguen existiendo peleterías, mataderos y prácticas ganaderas que consideran crueles, y preguntan qué va a pasar, por ejemplo, con las manipulaciones necesarias para obtener esperma destinado a la inseminación. Finalmente, recuerdan que, según una de las muchas afirmaciones discutidas del informe Kinsey de mediados del siglo pasado, el 8% de los hombres y el 3,6% de las mujeres han practicado alguna vez el bestialismo, lo que en Alemania equivale a unos cuantos millones de personas.

Pero esos argumentos no han convencido a los legisladores. A partir de ahora, Michael Kiok tendrá que resignarse a que su relación con Cessy sea meramente platónica.

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