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Un fin del mundo para cada gusto

Aunque es inevitable que llegué algún día, el fin de la vida en la Tierra se antoja aún lejano

16.12.12 - 08:09 -
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No hace falta ser un maya para saber que la vida en la Tierra tiene fecha de caducidad. Aunque este desenlace no tiene visos de ser, ni mucho menos, a corto plazo.
En el mejor de los casos, y muy poco probable, el planeta no quedará destruido hasta dentro de 5.000 millones de años cuando el Sol se convierta en su última fase de vida en una gigante roja. Sus dimensiones crecerán hasta el punto de alcanzar la órbita terrestre, engullendo todo a su paso, Mercurio y Venus incluidos. Antes de eso puedo ocurrir algo aún más terrorífico. La Vía Láctea camina hacia una colisión de proporciones colosales con Andrómeda, algo que podría ocurrir dentro de 3.000 millones de años. De la unión de ambas se formará una nueva galaxia a la que incluso ya se ha bautizado: Lactómeda. Qué lugar ocupará el Sistema Solar dentro de ella es una incógnita.
La Tierra debe sortear otros peligros. Uno de los principales obliga a cruzar los dedos para que ningún meteorito gigante colisione contra ella. Según las estadísticas alguno de ellos lo hace cada 40.000 años de media. Pero si el fin del Sol es inevitable, la tecnología sí permitirá en un futuro, que no tiene porque ser muy lejano dadas las investigaciones en curso, redirigir o destruir estas grandes rocas espaciales para evitar su impacto con la Tierra.
Del espacio pueden llegar más amenazas. Una de ellas son las tormentas solares. Sin un campo magnético que las frene la radiación que portan consigo acabaría con cualquier rastro de vida. Sin embargo, la Tierra, a diferencia de otros mundos como Marte por ejemplo, dispone de un campo magnético de lo más eficiente que desvía el viento solar hasta reducirlo a bellas auroras. Los mayores problemas pueden producirse en el sistema de satélites, afectando indirectamente el día a día en la Tierra al, por ejemplo, interferir las comunicaciones. Pero este fenómeno ha existido siempre y no ha sido causa de catástrofes insalvables.
Un suceso incierto es el del cambio de polaridad de la Tierra. Cada cierto tiempo los polos del planeta se invierten -la última vez hace 780.000 años- y se cree que en la actualidad lo están haciendo. Las teorías agoreras hablan de grandes cambios climáticos, erupciones volcánicas masivas y un debilitamiento de la capa de ozono. Los investigadores son, sin embargo, bastante optimistas al respecto. Lo más probable es que, si se produce, simplemente, no ocurra nada aparte de que las brújulas se vuelvan locas.
Y cómo no están los extraterrestres. Si algún día contactamos con ellos no tienen por qué ser amistosos, como no se cansa de repetir Stephen Hawking. Pero la inmensidad del Universo hace que este supuesto aún parezca muy remoto.
El factor humano
Más complicado de valorar es el comportamiento humano. El cambio climático es un hecho de incalculables consecuencias. Puede producir hambrunas, sumergir áreas geográficas y producir masivos desplazamientos de población. Hay quien dice que ya es demasiado tarde para frenarlo aunque sin embargo otros científicos coinciden en que sus efectos pueden, al menos, mitigarse.
Al anterior ‘fin del mundo’ provocado por los humanos se suman otros. La amenaza nuclear siempre está presente. Como también lo hace el terrorismo. Ambos factores destructivos admiten cierto margen de control. Quienes no lo admiten son los virus y las bacterias, estas sí para muchos el mayor peligro para la vida. La peste aniquiló a un tercio de la población europea en el siglo XIV. A principios del XX, la denominada gripe española mató a 20 millones de personas, más que la Primera Guerra Mundial. Las pandemias son comunes en la historia y se ha detectado cierto patrón cíclico, pero los avances médicos deberían servir como defensa para, sino prevenirlas, si al menos combatirlas.
De quedarse en la Tierra el ser humano desaparecerá algún día, pero hay motivos para ser optimista y no caer en teorías apocalípticas como la fijada para el próximo 21 de diciembre.
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