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Inglaterra, a toda leche

08.12.12 - 07:23 -
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Inglaterra, a toda leche
Esta es una famosa foto de la Segunda Guerra Mundial captada en 1940 en Londres por Fred Morley.
Tras el 'sangre, sudor y lágrimas', la otra cita más celebrada del mayor estadista inglés del siglo XX es posiblemente aquella que definía la democracia como el sistema político en el que cuando llaman a la puerta de noche solo pueda ser el lechero. A Winston Churchill también le dejaban las botellas de leche fresca junto a la puerta del 10 de Downing Street, incluso cuando la lluvia de bombas de la Luftwaffe aconsejaba resguardarse en las estaciones de metro en lugar de atravesar las ruinas de Londres para cumplir puntual con el reparto mañanero. Seguro que una figura tan arraigada y querida por los ingleses como la de su tradicional 'milkman' inspiró a sir Winston para enhebrar una de sus frases más memorables.
El lechero lleva entre los británicos más de 150 años y siempre ha gozado de una enorme simpatía y popularidad (sus historias cotidianas han alimentado series de televisión, películas de cine y varios hits musicales). Pero la proliferación de supermercados, grandes superficies y pequeñas tiendas de barrio, así como el cambio de hábitos en muchos hogares pusieron contra las cuerdas un oficio basado, en buena medida, en la confianza. Durante un par de veranos de los primeros años 80, fui testigo de un ritual que se repetía todas las noches cada vez que la casera que me acogía como estudiante de inglés sacaba a la puerta de la calle una cestita con ocho botellas vacías de una pinta de leche, una nota manuscrita con el pedido del día siguiente y un billete de una libra. El ritual se volvía a repetir a la mañana siguiente cuando la buena señora recogía la cestita con el pedido y el cambio que le había dejado el lechero. Nunca faltó un penique. Fue aquella una época dorada cuyo declive tuvo también que ver con los pequeños hurtos de rateros que se aprovechaban de esa confianza entre el lechero y sus clientes para acabar quebrándola por apropiarse de un puñado de libras en correrías nocturnas puerta por puerta.
Pero una figura tan entrañable como la del siempre servicial lechero con la que han crecido generaciones de británicos tenía que levantar el vuelo. Y más aún en un país que ha visto cómo los repartidores han cumplido con su entrega diaria aun abriéndose paso entre los cascotes de ciudades devastadas por los bombardeos nazis. Esa imagen se convirtió en una formidable arma de propaganda para transmitir a la población la idea de normalidad, de que mientras el lechero llamara a la puerta, las cosas no podían estar tan mal.
Internet al rescate
Como en tantos otros viejos oficios, Internet ha salido al rescate de los 'milkmen', pero mejorando la oferta, que ya no solo se limita a leche fresca del día, sino que incluye pan, mantequilla, zumos, batidos, fruta, agua mineral, verduras, barritas de cereales, huevos y hasta pastillas de detergente y comida para mascotas, entre 250 productos más. Con todo, la leche sigue siendo lo más demandado. Según la web de Milk and More (una de las empresas que se dedican a estos menesteres), más de 2.700 profesionales reparten cada año entre millón y medio de hogares ingleses 500 millones de botellas de leche, a razón de 0,68 peniques (0,84 céntimos de euro) la pinta de leche (568 mililitros).
Su pulcro uniforme, su puntualidad en la entrega y el característico motocarro eléctrico en el que se desplazan siguen siendo sus señas de identidad, amén de esa franca sonrisa que los ha hecho tan familiares. El más veterano de los lecheros británicos, Derek Arch, seguía repartiendo a sus 81 años de edad. Empezó en 1943, sustituyendo a su padre cuando éste cayó gravemente enfermo, y desde entonces ha suministrado cuatro millones de litros de leche. Bastante más joven que Derek Arch es Gary, un lechero de 34 años, que reparte cada semana casi cinco mil litros de leche en Exeter, al suroeste de Inglaterra. Gary se despierta a medianoche para recoger sus pedidos de leche fresca y otros productos, y comienza a distribuirlos a las tres de la madrugada, casi siempre a pie y a veces ayudado de su carrito eléctrico.
Gary termina su ronda seis horas después, cuando la mayoría empieza su jornada.
¿Por qué a Gary le gusta ser lechero? El asegura que por la tranquilidad de la madrugada, por la independencia que le da el trabajar por su cuenta y por el ejercicio físico que supone patear las calles. Y Churchill añadiría, por su contribución a sostener la democracia.
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