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RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

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NUEVOS RIOJANOS

Dolores E. Mejía Salvadoreña en La Villa de Ocón

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Buscando la paz a los pies de Sierra la Hez
Dolores E. Mejía, ayer en La Villa de Ocón. :: M.F.
Dolores llegó con su familia (sus dos hijas y su marido) a La Villa de Ocón hace algo más de cuatro años. Los meses anteriores no habían sido fáciles. Tuvo que pedir asilo político a través de Cruz Roja, a la que reconoce deberle todo lo que tiene en estos momentos. La violencia callejera salvadoreña la 'lanzó' fuera de su país, dejando allí todo lo que tenía: su negocio, su familia, sus amigos...
La primera parada fue Valencia, pero las experiencias de su pasado le hacían pensar en un lugar más pequeño y a la vez seguro para vivir. Logroño era una ciudad ideal, pero entonces conoció a Ana (mujer de un concejal de La Villa de Ocón) y ellos le ofrecieron la posibilidad de llevar el bar del municipio, el Hogar de Personas Mayores.
«Yo me veía incapaz de llevar un bar. Soy enfermera y no tenía ni idea de cocina», afirma Dolores mientras sirve un café y un anís a uno de los pocos clientes que tiene un día laborable.
«Pero entonces -recuerda- entró en escena la forma de ser de la gente de este pueblo. Muchas mujeres se volcaron conmigo, me enseñaron a hacer tortillas de patata, guisos, repostería...». «Aun a día de hoy son ellas las que me echan una mano si tengo que aprender algo», añade agradeciendo la labor de las vecinas de La Villa.
«La verdad es que la gente de aquí no es de decirte que están contentos contigo, pero te lo demuestran con hechos», sentencia Dolores.
Los juguetes de La Villa
Ahora sus dos pequeñas son las únicas niñas que viven en La Villa de Ocón. «Se han convertido en un juguete para los que viven aquí, todo el mundo está pendiente de ellas y eso me da una seguridad asombrosa», reconoce la mujer.
«Lo peor de este municipio son los domingos por la noche. El fin de semana está todo lleno de gente pero el domingo empiezas a ver a los coches bajar por la carretera y eso da mucha melancolía», prosigue mirando por la ventana.
¿Volver a su país? Claro que lo ha pensado, pero en estos momentos en su mente solamente están sus dos hijas y el que viene de camino. «La mayor llegó al pueblo cuando tenía tres años, y la pequeña con poco más de un mes. Cuando en el colegio pregunta quién es inmigrante ella no se da por aludida porque siempre dice que es de La Villa; no entiende que ella no sea de aquí como los demás niños», concluye esta nueva riojana llegada desde tierras centroamericanas.

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