La guerra de Estados Unidos contra Al-Qaida no terminó con la muerte de Osama Bin Laden el pasado 2 de mayo en la localidad de Abotabad, 150 kilómetros al norte de Islamabad. La ofensiva sigue abierta y después de una tregua de apenas un mes, los aviones no tripulados han reanudado los ataques en las zonas tribales que unen Afganistán y Pakistán.
Dos operaciones en menos de 48 horas en la localidad de Miramsha, principal ciudad de la región tribal de Waziristán del Norte, acabaron con la vida de al menos 15 personas. Pocas horas después, los servicios de inteligencia paquistaníes filtraron a los medios que uno de los fallecidos era Badr Mansoor, supuesto cabecilla de Al-Qaida y responsable del reclutamiento y entrenamiento de jóvenes. Se trataría del segundo hombre fuerte del grupo eliminado tras la desaparición de Bin Laden.
Pero ni la muerte, ni la figura de Mansoor están del todo claras, ya que se han difundido informaciones contradictorias y algunas agencias como France Press citan a responsables de la lucha antiterrorista paquistaní que afirman «no estar seguros». No es la primera vez que se anuncia la muerte de un cabecilla de la insurgencia y a las pocas horas reaparece con algún mensaje a sus seguidores. Ya ocurrió con Ilyas Kashmiri, jefe del brazo militar de Al-Qaida, que fue dado por muerto en varias ocasiones hasta que finalmente los drones le alcanzaron el pasado mes de junio.
La diferencia entre Kashmiri y Mansoor es que por el primero la Casa Blanca ofrecía cinco millones de dólares de recompensa y el segundo, aunque ahora lo elevan a la categoría de líder, ni siquiera figuraba en la lista del Departamento de Estado de EEUU.
Guerra del futuro
El Pentágono y la CIA congelaron sus operaciones con UAV (siglas en inglés de aeronave no tripulada) tras el incidente del 26 de noviembre en el que 24 soldados de la guardia fronteriza de Pakistán perdieron la vida por un ataque aéreo de la OTAN.
Este tipo de ataques contra hombres clave de la insurgencia en las agencias tribales solo son posibles con una buena coordinación desde el terreno. Cuentan con el visto bueno de Islamabad, pero las autoridades asiáticas se vieron obligados a adoptar medidas de castigo de cara a sus ciudadanos y obligaron a los estadounidenses a dejar de operar desde la base aérea de Shamsi. El 10 de enero, se reanudaron las operaciones -se supone que desde las bases en suelo afgano- y la operación contra Mansoor sería el primer gran éxito de estos asesinatos selectivos contra las cabezas visibles de la insurgencia.
En el 2011 se registraron más de 70 ataques con aviones no tripulados en suelo paquistaní con un balance de medio millar de bajas entre la insurgencia, según datos de la Fundación New America. Las cifras están por debajo de las del 2010, cuando hubo al menos 900 muertos, pero mantienen a los drones como el arma más mortífera de Estados Unidos en la región.
Mientras el Ejército americano retira sus efectivos de Afganistán de forma progresiva, refuerza la presencia de aeronaves UAV sobre el terreno y la flota estadounidense ha pasado de apenas 50 hace a 7.000 en solo una década. Aviones dirigidos a golpe de 'joystick' (palanca), como si de un videojuego se tratara, que nacieron con el objetivo de espiar desde el aire y que solo precisan de un número menor de efectivos sobre el terreno para las maniobras de despegue y aterrizaje y, ahora también, para armarlos con misiles.