Los partidos políticos tienen problemas claros de selección adversa en su reclutamiento. Este término, acuñado por la ciencia económica, se refiere a aquella situación anómala en la cual tan solo entran en un mercado aquellas empresas que son menos competitivas. Algo parecido ocurre con la selección de nuestros políticos; muchas veces se dedica a la política el que no puede dedicarse a cualquier otra cosa. En general se puede simplificar los perfiles de los «potenciales» representantes políticos en dos grupos. Por un lado gente externa al partido, con carreras profesionales fuera de la política que, por compromiso personal, estarían dispuestos a participar de un proyecto. Por otro lado, las burocracias tradicionales de los partidos; gente que ha vivido siempre por, para y, en especial, de la política. Mientras que para los primeros ostentar un cargo es opcional y su participación supone muchas veces un coste (piensen en lo que deja de ganar un profesional bien pagado en la empresa privada), para el segundo grupo su susbsistencia va en ello. De ahí que estos últimos, generalmente de menor talento pero grandes expertos en la vida del partido, se terminen imponiendo. Su deseo de medrar es mayor y para un externo al partido los costes de implicarse, simplemente, no compensan. De aquí que los que triunfen sean los profesionales de la política, generalmente de menor valía y con obligada obediencia a sus cúpulas para seguir mantenidos. No debe sorprendernos, por lo tanto, que el nivel de nuestra política no sea especialmente brillante.
Sin embargo, para los partidos hay una prueba de fuego que en teoría modula todo el proceso de selección: las elecciones. Cada vez que hay una convocatoria electoral los ciudadanos emiten un veredicto sobre sus representantes y las políticas, un (imperfecto) mecanismo para hacer rendir cuentas a los cargos. Si los partidos pierden elecciones se desprende que sus candidatos o políticas no tienen respaldo y se generan incentivos para el cambio interno. Se pierden elecciones y, como consecuencia, se espera una renovación. Sin embargo, este mecanismo aparentemente tan intuitivo puede fallar si no se cumple una premisa fundamental, a saber, que los partidos quieran ganar elecciones para llevar adelante sus programas. Cuando un partido pierde sistemáticamente las elecciones, los líderes se olvidan de la propia victoria como principal objetivo frente a la más inmediata garantía de su supervivencia personal. ¿Quién renunciaría a una posición segura cuando la propia organización ya tiene la inercia de perder? Cuando un partido está dividido en diferentes familias, sin equilibrios claros de poder, la cúpula dirigente debe alcanzar acuerdos para subsistir y los cargos se convierten así en la moneda de cambio para satisfacer a todos los miembros de la organización. La renovación, la llegada de gente nueva para intentar ganar, queda en un segundo plano frente al imperativo de la supervivencia personal de sus miembros. El partido político deja de ser un mecanismo de representación para convertirse en un administrador de la miseria.
Esta dinámica es particularmente perniciosa para la democracia. Dado que no hay renovación en el partido, la derrota se perpetúa a su vez y ello conlleva a que el gobierno lo tenga siempre más fácil. Incluso aunque debiera ser castigado electoralmente, la oposición no consigue capitalizar el descontento porque, a efectos prácticos, sigue siendo lo mismo y los mismos que ya han sido censurados en el pasado. Con lo cual todavía sigue perdiendo más elecciones y sigue estancado en su pernicioso rol. Un partido solo puede salir de esta trampa organizativa a través de un liderazgo fuerte que le permita designar a los mejores, con un equilibrio entre internos y externos al partido al margen de componendas internas. Sólo dos vías pueden llevar a ese resultado. Una posibilidad es un liderazgo cooptado desde arriba, la designación del sucesor. Por supuesto esta salida solo es posible cuando hay un liderazgo fuerte previo, aunque se trata de un recurso escasamente democrático. Pero una segunda posibilidad, infinitamente más deseable, es que el liderazgo de los partidos surja de la legitimidad de las bases. No de los acuerdos de la burocracia interna sino de la propia militancia. Las primarias son así el mecanismo más legítimo y potente para conseguir renovar un partido con opciones de ganar. Ahora bien, si un partido no es capaz de renovarse a tenor del resultado de las urnas, sigue basado sólo en políticos profesionales por encima del talento y no tiene un liderazgo fuerte y democrático, terminará resignado al único papel que sabe hacer a la perfección: administrar la miseria.