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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

TRIBUNA

«El terremoto de Haití vuelve a traer de manera trágica la cuestión del mal y la desdicha, y la conjugación de la omnipotencia divina con la impotencia humana»

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En torno al mal y la desdicha
El 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, tuvo lugar en Lisboa el terremoto más destructivo y mortal de toda la historia, perdiendo la vida cerca de cien mil seres humanos. Aquel terrible acontecimiento causó una impresión tal que se vio reflejada en los pensadores de la época: Kant, Goethe, Feijoo, Rousseau y Voltaire, quien redactó en poco tiempo su Poema sobre el desastre de Lisboa, expresando la convicción de que ninguna doctrina podrá explicar nunca el mal y que las religiones y las teorías engañan a quien se encuentra perdido.
En su último libro, El capitalismo funeral, Vicente Verdú señala que la teoría de Adam Smith sobre la mano invisible del mercado forma parte del pensamiento religioso burgués del siglo XVIII, y el avatar de la 'mano invisible' no representa otra cosa que una traslación del orden del cosmos regido por la voluntad de Dios y presente en la ideología de la época. Y algunos siglos después las crisis y las desgracias vendrían a ser una suerte, mala suerte, de castigo a una sociedad sin fe en la que ésta vuelve a actuar como anestésico ante las verdaderas causas de todas la crisis que en el mundo han sido: la desigualdad, la injusticia, y el desarrollo subdesarrollante.
El terremoto sucedido en la capital de Haití, Puerto Príncipe, recuerda al de Lisboa no sólo en su magnitud, sino también en que vuelve a traer de manera trágica la cuestión del mal y la desdicha, y la conjugación de la omnipotencia divina con la impotencia humana. Otra vez el irresoluble dilema (Dios o no quiere o no puede evitar el mal. Si no quiere no es bueno, si no puede no es omnipotente) y las mismas respuestas (los juicios de Dios son impenetrables y más allá de la razón está la fe).
Y en medio del silencio divino, las palabras humanas de uno de sus prelados, el obispo de San Sebastián, Juan José Munilla, quien no sólo afirma que existen males mayores, sino que «el mal no tiene la última palabra porque Dios les promete a estos inocentes la felicidad eterna». ¿Y si les hubiese prometido menos felicidad futura y dado un poco más de bienestar presente y mundano, aunque sólo fuese para contemplar la belleza de este mundo, creada igualmente por quien promete el otro?
Como otras tantas veces, a nuevas tragedias, viejas respuestas. O un dios irascible nos transporta al paraíso de manera violenta o un dios pasota deja en manos de la naturaleza nuestro sufrimiento. Y un elemento común: la pobreza atrae el desastre y el desastre a la pobreza; y en este caso, la pescadilla no sólo se muerde la cola, sino que representa la versión marina del Saturno que devora a sus hijos. Así que ante los desastres, más espiritualidad; ante la indignación, más oración, y ante el sometimiento, más recogimiento que después del valle de lágrimas vendrá la montaña de las sonrisas. Puede entonces que la pregunta no sea acerca del mal y la desdicha sino sobre qué sería de las religiones sin el mal y la desdicha, cómo formularían ese mundo que describe la canción, sin cielo, con sólo firmamento sobre nosotros, sin ninguna razón para matar o ser muerto.
Recuerda Eduardo Galeano que en Haití no se pueden contar cuentos durante el día. Quien cuenta de día, merece la desgracia: la montaña le arrojará una pedrada a la cabeza, y su madre sólo podrá caminar en cuatro patas.
Así que en la actualizada recopilación de relatos sobre el mal y la desdicha hay dos cuentos muy tristes: el de la mano invisible que lleva siglos lanzando piedras sobre los mismos territorios y el de la especie humana que necesita un terremoto para acordarse de Haití, para refrescarse la conciencia de la inconsciente deuda externa, de los golpes físicos y militares, de los saqueos materiales y las sequías rebeldes. Porque, definitivamente, los males mayores sí son de este mundo y ni son inocentes ni necesitan referencias a una vida eterna: Si el hombre está formado por las circunstancias, entonces es necesario formar las circunstancias humanamente.
Al final los haitianos tendrán el paraíso, pero Dios, esa entelequia de las circunvoluciones cerebrales que la tradición perpetúa y el consuelo apuntala, debería cuidar un poco más las formas y utilizar otros medios de transporte hacia la felicidad eterna. Entre otras cosas porque así no pondría en aprietos a sus representantes en la tierra y evitaría nuestros volterianos deseos de que mañana no vuelva a ser lo que Dios quiera.

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