Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 7 febrero 2012

Opinión

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
H oy se conmemora la fecha en la que la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989. La resolución 836 (IX) recomienda que un día al año se consagre a la fraternidad y la comprensión de los niños del mundo entero y que se destine a actividades que promuevan el bienestar de los niños de todo el planeta.
En la primera plana de los medios encontraremos estos días un vivo debate sobre el hambre, la injusticia y las guerras que asolan a los infantes en diferentes lugares del mundo. Aun siendo necesario destacar esos temas, nada se dirá, sin embargo, de algo que me parece mucho más cercano y doloroso: la conversión de la educación española en un campo de tiro político, en un instrumento interesado que, paradójicamente, no se encuentra en la primera línea del debate nacional.
La educación es la base de cualquier sociedad y el impulsor primordial de un país, y ni aún así la ciudadanía tiene una profunda conciencia de para qué sirve la educación: lo habitual es que se vea como un instrumento de relación y no como un instrumento de excelencia. Esta instrumentalización de la enseñanza por la clase política deriva en que en nuestro país está lejos del 7% del PIB dedicado a educación, está lejos de la paz social en el mundo docente, está a un abismo de otros países donde la educación sí es el eje dinamizador de su sociedad (Finlandia tiene un 5% de fracaso escolar, frente al 30% de España, y su carga lectiva es cinco veces superior al nuestro).
En medio de este pim-pam-pum, interesado que no interesante, los padres nos vemos desbordados, solos y perdidos. Y por ende los niños. Los progenitores que nos preocupamos por los hijos observamos con preocupación el déficit constante en recursos educativos y las habituales huidas retóricas hacia delante. Cambiar el epígrafe de 'políticas de enseñanza' por otro de 'políticas de educación' significa que confundimos los problemas de organización con los de civilización: los segundos nos implican por vivir en estos tiempos, los primeros los padecemos por nuestra falta de competencia.
Pocas veces a lo largo de la historia de la humanidad los padres nos hemos preocupado tanto por la educación de los niños, y en este Día Universal del Niño debemos celebrar todos los progresos -que son muchos pero no suficientes- que hemos logrado en el apartado de la infancia. Pero el mundo avanza muy deprisa y hoy el acto educativo es ajeno a cantidades y debe saber mucho más de calidades: la mejor manera de celebrar un día especialmente dedicado a los niños sería la de convertir su universo en el perenne centro gravitatorio y dinamizador de nuestra sociedad. Seamos realistas, pidamos lo imposible. Quizá lo logremos.

Encuesta »
¿Cree que se debería cerrar el aeropuerto de Agoncillo?
No
Vocento
SarenetRSS