Q ué puede estar pasando en nuestra sociedad, para que de un modo casi coincidente, grupos de adolescentes, casi niños, lleguen a la perversión del abuso sexual o al asesinato de otra menor? Sin duda esta es la pregunta que muchos nos hacemos cuando contemplamos la situación caótica en la que se mueven algunos grupos de jóvenes, sin rumbo, sin principios, sin normas, sin referentes y con una permisividad total. No cabe duda de que estas situaciones no son más que síntomas, síntomas claros y evidentes, de una sociedad enferma; y tal y como suele suceder en el ámbito de la salud fisiológica, cuando en un organismo se declara una enfermedad, los síntomas atacan en primer lugar las partes más débiles del organismo, en este caso, nuestros niños y adolescentes.
Creo, sin duda, que ha llegado el momento, no de llevarnos las manos a la cabeza y lamentarnos por lo sucedido, ni tampoco de empeñarnos en la búsqueda de culpables, ya que esto no nos va a solucionar el problema, sino de tomar las riendas de un modo claro y definido para que desatinos como el del Rafita, el Cuco o las recientes violaciones de menores en Isla Cristina y Baena no vuelvan a suceder nunca más.
El escalofrío que estos sucesos producen en la sociedad, en una sociedad adormilada por lo que ha dado en llamarse la situación del bienestar, de la pasividad, de la libertad y permisividad mal entendida, del todo vale, etc., hacen que se despierte de su letargo convulsionada, y como nos pasa a todos cuando tomamos decisiones medio dormidos o iracundos, cometemos errores, ya que creo que es un es error el tratar de solucionar el problema con el endurecimiento de las penas, la reducción de la edad penal, etc. De todos es sabido que los antiguos reformatorios, hoy reconvertidos en centros de menores, son los verdaderos institutos de la delincuencia, del mismo modo que a las prisiones podemos considerarlas la universidad de estos oficios; es decir, las medidas correctoras de este tipo en el caso de las conductas sociopáticas sirven de muy poco. Es por ello, que creo firmemente que nuestras autoridades y representantes del Gobierno y la oposición no debieran caer en un diálogo bizantino sobre si son galgos o podencos y entrar de lleno en la adopción de las medidas que si se me antojan importantes e improrrogables ante estas situaciones: las medidas de prevención.
Recientemente ha visitado nuestro país Randy W. Kamphaus, prestigioso investigador y experto en evaluación psicológica de la Universidad Estatal de Georgia, que ha señalado que en torno al 20% de los niños están en riesgo emocional o conductual ¿Qué hacemos antes estas situaciones? En el seno de nuestra comunidad autónoma, aquellos casos que se detectan en el ámbito escolar, pueden, como mucho, ser remitidos al sistema de aulas externas, donde educadores de asociaciones como Apir, Pioneros, etc., con más entusiasmo y dedicación que resultados en muchos casos, se esfuerzan en reconducir conductas desviadas. La pregunta de nuevo está ahí ¿Es esto todo lo que se puede hacer en materia preventiva? Y la respuesta es clara: no. Y no es la primera vez que en las líneas de este periódico hago llegar mi preocupación por estos temas a las autoridades educativas sobre la importancia de contar con psicólogos de formación clínica para evaluar, diagnosticar y tratar en su caso a estos niños y jóvenes. Si tenemos en cuenta que los resultados que se obtienen en el tratamiento de estas patologías están en relación directa con la prontitud en que se establezca la terapia, queda puesta de manifiesto la importancia de la detección temprana. Ello nos llevaría a la necesidad de prevenir mediante la realización de pruebas screener, mediante el seguimiento de la población de riesgo y mediante la aplicación de las terapias conductuales adecuadas y por parte de personal preparado y entrenado al efecto. Terapias que impliquen no solo al ámbito escolar, sino también al familiar, ya que a la postre, es a la familia a quien compete en primer lugar la educación de sus miembros, a una familia que en muchas ocasiones no sabe ya que ni cómo hacer para que sus hijos obedezcan o se comporten del modo que correspondería a su edad y que desde luego está necesitada de ayuda y orientación en este sentido.
En resumen, si queremos que algo funcione correctamente, no esperemos a que falle para repararlo. En la vida no se puede aprender siempre por ensayo-error. Pongamos en marcha la prevención como el mejor sistema de evitar errores.