C uando hace casi siglo y medio un catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela explicaba en sus aulas los avances científicos que se derivaban de las teorías de Charles Darwin, se armó un cisco monumental en España. El episodio acabó con la expulsión de varios profesores de la Universidad. Tiempo después Julio Caro Baroja describió esta reacción contra el avance del conocimiento y las novedades de la ciencia en la España de la época, como «el miedo al mono» (no tanto por el hecho, probado en sí, de que el hombre evolucionara como las demás especies, y de que descendiera del mono, sino por la resistencia a un cambio mental de semejante envergadura). Una sensación similar he tenido en los últimos meses al ver, leer y escuchar las protestas contra el mal llamado proceso Bolonia, que no son sino más de lo mismo: miedo -a veces calculado y/o interesado- al cambio (y al esfuerzo).
Hoy, cuando la Universidad española tiene por fin la oportunidad de adaptarse a un Espacio de Enseñanza Superior común a casi todos los países de Europa, me sorprende ver las reacciones de unos pocos estudiantes y profesores (que sumados no llegarán al 1% del total, todo sea dicho). El otro 99% de la comunidad universitaria lo que ha hecho en estos últimos 5 años es trabajar muy duro para transformar nuestra enseñanza superior, para adaptarla no sólo a Europa sino a las propias necesidades de la sociedad actual. Y si alguien duda a estas alturas de que la sociedad española ha cambiado sustancialmente en los últimos 30 años, y piensa que la Universidad puede quedarse inmóvil en medio de esa transformación es que esta ciego o que no le importa el futuro (ni su universidad).
Las reacciones me sorprenden más, si cabe, en los estudiantes porque todo el esfuerzo de la reforma universitaria se está haciendo pensando en ellos, como nunca antes se había hecho. Por fin hemos comprendido que a los estudiantes hay que formarles mejor, no como si fueran objetos pasivos de las lecciones dictadas "ex catedra" por el profesor, sino como sujetos activos que aprendan a desarrollar todas sus capacidades y habilidades como herramientas fundamentales para salir de la universidad convertidos en profesionales no solo atractivos para las empresas sino valiosos para sí mismos y para la sociedad de la que forman parte y de la que han recibido los recursos necesarios para recibir una educación superior y pública de calidad. Esa es una exigencia irrenunciable, una obligación de un servicio público como la Universidad, que si de algo está necesitada es de una mejor conexión con el tejido productivo, de una enseñanza práctica y de una formación internacionalmente válida, reconocida y aplicable.
Y todo este proceso de cambio adquiere una dimensión especial en el actual contexto de crisis económica. Si bien los expertos no se ponen de acuerdo sobre las causas o las soluciones concretas a esa crisis, hay una idea universalmente compartida: debemos cambiar el modelo y apostar por un desarrollo socioeconómico basado en el conocimiento. Pues bien, junto a su faceta docente, la Universidad es la institución generadora de conocimiento por excelencia. Los datos recientemente hechos públicos ponen de manifiesto que casi el 70% de la investigación española se realiza en las universidades. Investigación que con un modelo adecuado de trasferencia se pone al servicio de la innovación y el desarrollo (es decir, se hace eficaz, se hace productiva). Por eso, una economía competitiva exige una Universidad competitiva.
Ahora bien, la clave de todo este proceso no es si reformamos la Universidad según las pautas acordadas en Bolonia en 1999, sino cómo aplicamos esas reformas, cómo lo hace cada universidad (la reforma puede hacerse no «a la boloñesa», sino «a la riojana» también). Porque en el nuevo marco del Espacio Universitario de Educación Superior cada universidad va a tener la «oportunidad» de adaptarse a los cambio de una manera propia, particular. Y en ese contexto creo que las universidades pequeñas encuentran precisamente en su tamaño no una debilidad, sino una enorme fortaleza. Una verdadera oportunidad para universidades como la de La Rioja que puede poner en práctica con mayor facilidad y calidad la enseñanza centrada en el aprendizaje del estudiante. El seguimiento continuo del trabajo, la participación y las prácticas, así como los grupos reducidos y los espacios adecuados, claves de la renovación metodológica es algo que puede ofertarse mejor en las universidades pequeñas. Además, esta renovación metodológica docente que tenemos que afrontar, el propio profesorado el primero, es mucho más factible en universidades jóvenes, con una plantilla capaz de tener y/o adquirir, por ejemplo, una formación en nuevas tecnologías que se hace hoy indispensable para cualquier rama de conocimiento.
Y hay un tercer aspecto que quizá pase más inadvertido, pero que me parece, en el caso de la UR, un factor estratégico de primer orden: la proximidad con el entorno social y económico. Si al tamaño reducido de la universidad sumamos la también pequeña dimensión de la comunidad autónoma donde se ubica, encontramos un ámbito de relación cercana y estrecha determinante para el futuro de la universidad. Porque la capacidad para transferir el conocimiento de una manera directa y eficaz; para establecer alianzas estratégicas con otros agentes generadores de conocimiento del entorno (con el valor añadido que eso puede dar a la propia Universidad); para relacionarse de manera fluida con las instituciones, así como para conectar la formación de los estudiantes con el tejido empresarial y productivo de la región; todo ello sumado y bien estructurado puede hacer -lo hará sin duda- de la Universidad una pieza esencial del desarrollo de La Rioja.
En el largo proceso de la historia está probado que la evolución es más favorable a las especies pequeñas, que a las grandes, a quienes se adaptan mejor a los cambios que a los que no son capaces de hacerlo. Por eso creo que en lo relativo a Bolonia no hay que tener miedo al cambio, sino trabajar, con inteligencia y visión de futuro, para aprovecharlo. Si nuestra universidad lo hace ganamos todos.