L a universidad española es un conjunto de pequeños huertos cultivados por placer. Los estudiantes son los frutos; más grandes y hermosotes unos, más pequeños y esmirriados otros. Además de frutos, en los huertos suele haber también flores. Los profesores cultivan el huerto, generalmente en soledad; algunos tienen sirvientes para las labores más pesadas (cada día más, pues son baratos). Llegada la cosecha, los profesores cultivadores recuentan y clasifican sus frutos, de mayor a menor tamaño -es lo que se llama en argot poner actas-, y algunos rivalizan exhibiendo sus flores en certámenes -los llamados congresos- preparados por autoridades que ellos mismos eligen y que, en la cúspide, están sometidas al que llaman rector magnífico. Con el tiempo, el rector se fue rodeando de vicerrectores, que a su vez, fueron creando otros cargos subalternos. Los huertos y sus cultivadores acabaron asociándose en función de las características del terreno de cultivo: aquí, los de regadío; allá, los de secano; en esta zona, los que emplean abonos naturales; en otro lugar, los de los fosfatos, etc. Cada asociación eligió un responsable al que llaman decano, que a su vez, se rodeó de más cargos subalternos. Actualmente, hasta tenemos departamentos -como en El Corte Inglés- y directores de departamento. En fin, más jefes que indios.
Desde el siglo XV, todo ha ido bien en el conjunto de huertos que llamamos universidad, pero a veces sobreviene el zurriburri -traducción riojana del turris burris latino-, pues siempre hay alguien -normalmente joven- que quiere introducir alguna mejora, denominada reforma. Entonces, cada cultivador recuerda airado que el huerto es suyo y que en su huerto no entran ni rector, ni vicerrector, ni decano, ni cargos subalternos. Al recibir el huerto en propiedad, el profesor cultivador, que se denomina catedrático o titular -y que también se rodea, obviamente, de subalternos en cuanto puede (ya sabemos que son de bajo coste)-, sabe que obtiene una 'plaza en propiedad', como todavía se denomina al derecho de cultivar el huerto como a él le dé la gana (también llamado libertad de cátedra desde nuestro paisano Sagasta).
Normalmente, las reformas nunca han prosperado. Enseguida los cultivadores, que eligen a rectores, vicerrectores, decanos, etcétera, doblegan la voluntad de éstos -pues en otro caso, no les votan- y todos aceptan el «se obedece pero no se cumple», lema fundacional de la universidad española. Sólo excepcionalmente se llega al «ruido de togas», pero se suele resolver con un «quítate tú que me pongo yo», imitando a los políticos. Éstos, los políticos, cultivan huertos como en la universidad, pero los suyos son huertos de grandes dimensiones. Tanto es así que hace ya algunas centurias, cuando la política empezó a invadirlo todo, los políticos intentaron controlar el conjunto de huertos universitarios y, para ello, nombraron a un ministro (que a su vez se rodeo de secretarios, etcétera).
El ministro, que a veces se llama de Educación, otras de Ciencia, ahora de Tecnología y mañana de Solución de la Problemática Juvenil, solía hacer la vista gorda con los cultivadores de los huertos universitarios y, con el tiempo, les fue concediendo lo que se vino en llamar autonomía universitaria. Pero como los cultivadores no tenían ni un duro para aperos, semillas, etc. -ni eran capaces de generarlo-, el ministro debía darles dinero, lo que al final resulto ser la única manera de controlarles. Desde hace tiempo, los ministros saben que el mejor método de control es dar a los cultivadores un euro menos de lo que necesitan, así los tienen siempre comiendo en su mano. Entre risas, los ministros suelen decir: «Así que autonomía universitaria ¿eh? anda, subsecretario, este año quítales un milloncito.»
Los cultivadores de los huertos, ya acostumbrados, suelen callar y, por lo bajinis, se dicen unos a otros: «nos han quitado un millón ¿eh? pues este año que se metan los tomates por ahí, .ah, y de flores, ni una, antes se las doy a los cerdos». Del destino de los frutos, que obviamente ha de ser el mercado, los cultivadores no se han preocupado nunca, pues no cobran por lo que producen, sino que perciben un sueldo fijo a fin de mes, que aunque siempre dicen que es escaso, les permite llevar una vida muy cómoda y, desde luego, sin sobresaltos, pues ya dijimos que se trata de cultivadores con 'plaza en propiedad' y para toda la vida. A diferencia del matrimonio, en el mundo universitario no suele haber divorcios: una vez conseguida la 'plaza en propiedad', nadie deja el huerto, ni se le obliga a abandonarlo aunque lo tenga en barbecho. Un maestro de mi pueblo decía: «no he visto nunca que echen a un maestro por no enseñar» (a él sí le habían echado, pero por ser de Acción Republicana).
Y así estamos, sufrido lector, desde el siglo XV. Hemos superado reformas y reformillas, hemos tumbado planes y trasformado leyes, hemos derribado ministros y rectores (y obispos); seguimos exhibiendo nuestras flores en escenarios que hacen que nos sintamos como actores de Hollywood y despreocupándonos de esos frutos groseros, tomates o pepinos, que acaban en el mercado (ahora les llamamos egresados).
La soberbia, el orgullo, la egolatría, la petulancia, no son vicios, sino virtudes que elevan a los cultivadores a una esfera superior, donde nadie osa discutir la ciencia y la experiencia del catedróntico (que sólo se puso a prueba años atrás cuando tuvo que pasar la inveterada oposición, un espectáculo tan sangriento como las corridas de toros). Por supuesto, hay muchos cultivadores que no participan de estas tradiciones, pero no suelen molestar: son egoístas que sólo se dedican a hacer ciencia y a transmitirla, gente rara que pasa horas y horas delante del ocular del microscopio, o encima de un polvoriento incunable. Incluso escriben libros, o hacen algún descubrimiento. Y desde luego, cuando entran en clase, saben que comienza la magia que produce la mirada de un estudiante, que quizás un día será un premio Nobel. Ya se sabe: en España, fantasías románticas.
Y en éstas llegó Bolonia.
Al principio, cuando se trataba de una nueva amenaza de reforma, los más experimentados cultivadores se dijeron: «bueno, otra más, ja, ja, vamos a tener que comer espaguetis a la boloñesa». Un poco después vieron que iba en serio y que, además, la reforma venía avalada por Europa, palabra mágica que produce efectos raros en la comunidad de cultivadores. La mayoría hizo como siempre: pensar en cómo asegurar su huerto y, desde luego, en burlar todas las normas aceptando cumplirlas: como siempre. Pero una minoría confío en que quizás esta vez «algo se podía hacer», una frase peligrosa que pone en guardia a la mayoría. «Cuidado, que esta vez nos pueden inflar a espaguetis», dijeron los más recalcitrantes que, como siempre, empezaron a trabajar . a su manera.
Así estaban las cosas cuando la comunidad de cultivadores de huertos observó que los espaguetis a la boloñesa iban a ser cocinados por un grupo extraño, que empezó siendo una minoría y que ahora era una legión. Se trataba de cultivadores con 'plaza en propiedad' como ellos, sí, pero no se sabía bien qué cultivaban en sus huertos. Jamás en los huertos había habido aquellos frutos tan exóticos. Eran los psicopedagogos. Y en efecto, en pocos años, la cofradía de los psicopedagogos no sólo había logrado ser propietaria de huertos y más huertos, sino que tenía una especial metodología procedimental y actitudinal para embobar rectores, decanos y hasta ministros.
Para cuando los cultivadores más conspicuos -que suelen llamarse entre ellos pata negra- se dieron cuenta, los espaguetis a la boloñesa y sus cocineros los psicopedagogos habían inundado los bares que rodean al conjunto de huertos universitarios, lugares sagrados donde tiene lugar el debate intelectual en España desde el siglo XVIII. «¡Horror! Estos chicos son intratables. Además, no se les entiende ¡qué jerga!, sí, pide otra caña». Y se dijeron, como siempre, «algo hay que hacer». Lo primero -también como siempre- es crear confusión: a partir de ahora, nadie va a saber en qué consiste esta tontería de comer todos espaguetis a la boloñesa, como si fuéramos quinceañeros. Unos diremos una cosa, otros otra. Y además, están los estudiantes, fáciles de manipular, y desde luego estos chicos, estos .psicopedagogos; bueno, ya se sabe, a éstos les sobamos la chepa, les decimos que sí a todas esas tonterías, ¿cómo era? «implementos procedimentales en función de los campos actitudinales sostenibilizadores», eso, eso. Y a ver por donde tira el ministro., la ministra, que es ministra, jajajá. Al lado siempre hay alguien que dice: ¡y el rector!, jijí.
En fin. No les aburro más; me voy al bar. Les dejo como en las novelas de suspense por entregas: ¿Lograrán los pata negra derribar al ministro? ¿Se llevarán a algún rector por delante? ¿Logrará un rector listo que despunta mucho ser ministro? Del resto, es decir de lo importante, los frutos, los pepinos y los tomates, los cultivadores no hablamos. Nunca lo hemos hecho. Sólo sabemos una cosa: que triunfe o no triunfe Bolonia, la remota posibilidad de reformar el sistema de huertos fracasará en cuatro días, aunque seguramente todos los cultivadores diremos al unísono dentro de un par de años: «Qué bueno es este sistema de Bolonia. Cómo me gustan los espaguetis a la boloñesa. Vaya, yo en realidad, ya comía antes productos de Bolonia .en la intimidad».
Mientras, por detrás, en las comilonas gremiales, todavía presididas por San Pepe el Ingeniero, o por Santo Tomasito de Aquino el de la Suma, seguiremos disfrutando de unos contundentes caparrones de Anguiano con oreja y de un oloroso solomillo al vino de Rioja. ¿Y los tomates, los pimientos, las lechugas, ilustrados con una humeante salsa boloñesa con su orégano y su parmesano? Hum., a burro viejo, poco verde.
Que me perdone mi rector. ¡Las ganas que tenía de decir estas cosas!