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RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 29 mayo 2012

Opinión

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En abril del 2003 inicié el Camino de Santiago desde Roncesvalles con mi hijo de 9 años. De Semana Santa en Semana Santa íbamos avanzando hasta que en abril de 2007 llegamos a Compostela. La experiencia ha sido inolvidable.
Mientras mi cuerpo buscaba comodidades y sábanas limpias mi hijo buscaba convivencia y nuevos amigos. Sólo pude convencerle para ir al hotel en dos ocasiones porque el albergue estaba lleno. Las demás noches las pasamos muy a gusto en los albergues atendidos por gente maravillosa.
Estoy en deuda con el Camino y con sus gentes, sobre todo con los hospitaleros, pero mi vida me impide saldarla. Mi hijo sí que puede, así que no hace mucho hizo un curso de hospitalero en el albergue de Logroño con intención de dedicarle como voluntario un tiempo de su ocio más adelante (hoy sólo tiene 15 años). Así, conocerá gente interesante, practicará idiomas y hará algo por los demás.
Estos días leo en prensa que se quiere habilitar el albergue de Logroño para alojar personas sin techo. Pero los recursos son para lo que son. Las personas sin hogar merecen ser atendidos por personal preparado para ello y no parcheando soluciones. Veo preparado a mi hijo para atender peregrinos, pero no tanto para hacerlo a estas personas. Cada colectivo precisa recursos adecuados a sus necesidades y características.

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