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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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E l fin de semana pasado yo salía de Pamplona, crucé Tafalla y por La Ribera llegué a Murillo el Fruto, la pequeña patria del legendario jotero Raimundo Lanas. Me atrajo una exposición que sobre el cantante habían montado en esta su localidad natal. Eran fiestas; el personal vestía de blanco y rojo, los colores que El Ruiseñor Navarro consagró definitivamente como jotero en los escenarios donde resplandeció; los niños jugaban en la plaza de la villa, dedicada al artista. Su casa, que yo conocí, en la carretera que bordea la misma plaza, ha desaparecido; queda el solar.
Suenan en la muestra las jotas del tenor navarro y las tararea también, mirando por la ventana hacia la calle por donde discurrirá el encierro, el cuidador de la exposición. Escucho a algunos de sus paisanos admirarse de las tierras donde actuó aquél que antes fuera pastor y herrero: Méjico, Cuba, Nueva York. Yo recuerdo su primera grabación en Barcelona y su triunfo en el Gran Teatro Iris de Zaragoza, capital en la que primero fue conocido a través del disco y se corrió la leyenda urbana de que el navarro no acudía a las emisoras de radio porque era paralítico. Me acuerdo asimismo de otra de esas fábulas que me contó una vez un excelente jotero familiar mío: a Raimundo se lo cargaron los aragoneses por envidia. Sonreí y me callé. La ciudad del Pilar fue precisamente la que lo lanzó.
A Lanas se lo llevó la diabetes aguda que padecía el día de Nochevieja de 1939 a los treinta y un años. Fue, ni más ni menos, un revolucionario estilista de la jota, ante todo de la navarra, compositor de bellísimas melodías y letras definitivas. El murillés actuó varias veces en La Rioja, desde Cervera hasta Logroño y asombró en diferentes teatros en la compañía de Raquel Meller, tan relacionada con Inestrillas. En una de las conversaciones que mantuve con Valeriano Ordóñez, especialista en folclore de la vecina Comunidad Foral, me habló de la estancia del jotero en el Madrid de la guerra, a punto de haber salido hacia Argentina a cantar ese mismo mes de julio. Le contó su mujer, Carmen Bravo, nacida en El Grove (Pontevedra), que su hogar madrileño padeció varias visitas nocturnas por denuncias anónimas contra su marido. La noche en que lo iban a llevar, ya en la puerta, un joven anarquista de Logroño salió del grupo y reconoció al jotero porque lo había escuchado cantar con Los Amigos del Arte de Pamplona; dijo que él respondía por su casi paisano. Seguía contando Carmen que aquel riojano solía traerles algunos alimentos para los hijos.
Sentado en una terraza de la plaza de Murillo el Fruto, me acordé del anarquista de Logroño. La charanga tocaba una jota de Raimundo Lanas.

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