Ante una catástrofe como la que tuvo lugar en el aeropuerto de Barajas el pasado día 20 es inevitable comenzar cualquier reflexión con un recuerdo emocionado para las víctimas y sus familiares y desear la más completa y rápida recuperación de los heridos. Las dramáticas historias personales de las víctimas y sus seres queridos, a las que tenemos acceso a través de los medios, no nos permiten hacernos ni siquiera una mínima idea de la desolación y desesperación que deben sentir los afectados y eso hace especialmente comprensible que, en su inmenso dolor, busquen explicaciones urgentes y atribuyan responsabilidades sobre lo ocurrido.
Pero el resto de los ciudadanos debemos ser mucho más cautos a la hora de manejar las informaciones y opiniones a las que vamos teniendo acceso. Trabajé durante varios años para la compañía Spanair como subdirector de Operaciones y director de Sistemas de Información y en la distancia puedo sentir el profundo pesar de mis antiguos compañeros, que sufren por la tragedia y por la pérdida de sus compañeros, pilotos y azafatas. Muchas de las informaciones que están apareciendo en estos días no hacen sino sumar dolor a esas personas porque se pone en tela de juicio de manera injusta su profesionalidad como individuos y como colectivo. La comisión de investigación que se ha puesto en marcha, como se hace siempre que se produce un accidente aéreo, será la que determine las causas más probables del accidente. De todos modos es necesario aclarar que los accidentes son eso, accidentes; son la desgraciada concatenación de circunstancias que -todas en conjunto y en una determinada secuencia- provocan el accidente. Es posible que, habiéndose seguido todos los procedimientos con pulcritud y habiéndose extremado todas las medidas de seguridad, se haya producido el fatal accidente. En ese caso no podrán deducirse responsabilidades y los resultados de la investigación servirán, como ha sucedido en otras ocasiones, para legislar nuevas medidas de seguridad que eviten que se repita. Pero, insisto, es muy posible que no haya culpables y que todos sean víctimas, incluida la compañía Spanair y sus profesionales. Esto no debería sorprender ya que de la misma manera que en otros sectores evolucionan las normas para incrementar la seguridad, también sucede así en aviación. Es duro de aceptar, pero estos accidentes pueden servir para que cada vez volemos más seguros.
Por eso, porque cabe la posibilidad de que estemos solo ante un desgraciado accidente (y es duro decir «sólo» con víctimas mortales de por medio, aunque solo fuera una), sembrar de dudas la actuación de la compañía aérea sin tener toda la información es una irresponsabilidad ante la que no puedo permanecer impasible. Basten algunos ejemplos. Se publica que el sindicato de pilotos alertó el año pasado al director general de que el caos operativo pone en riesgo al pasaje. En aquel momento estaba sobre la mesa un plan empresarial y se negociaba con el colectivo de pilotos. Cualquier persona que haya negociado con sindicatos de pilotos, y yo lo he hecho, sabe que con más frecuencia de la necesaria argumentan razones de seguridad para obtener mejoras laborales o económicas. Son aspiraciones legítimas de la actividad sindical pero para las que se utilizan de manera perversa argumentos imposibles de seguridad. Esas comunicaciones, con un evidente y único interés negociador, sacadas fuera de contexto y puestas a la luz de la tragedia levantan una sospecha inadmisible e incomprobable sobre la seguridad de las operaciones de Spanair. El propio sindicato ha admitido ahora que la seguridad en Spanair no está en cuestión. Tildar de inseguro el modelo MD82 porque en su historia ha tenido accidentes es otra irresponsabilidad que vuelven a sembrar la duda sobre la seguridad de Spanair, que seguirá operando este modelo de avión. El MD82 es un avión tremendamente fiable y robusto que si va a desaparecer de la aviación comercial será únicamente por motivos económicos (consumo) y prácticos (ruido, de manera que hay aeropuertos a los que no se le permite operar) y nunca por motivos de seguridad. Su popularidad, avalada precisamente por esa seguridad, es la que hace que acumule cientos de miles de horas de vuelo y miles de despegues y aterrizajes que hacen que por pura estadística se hayan visto involucrados en algún accidente. El hecho de que se despachara el avión como apto para el vuelo después de haber sido aislado el problema que se detectó también se publica como una irresponsabilidad. La realidad es que un sistema tan complejo como es un avión dispone de elementos que no son imprescindibles para el vuelo en sí. Existe una lista de equipo mínimo que comprende aquellos sistemas cuyo perfecto funcionamiento es necesario para el vuelo. Sistemas o indicaciones auxiliares que hayan dado un fallo deberán ser revisados antes de un determinado periodo de tiempo pero no impiden que el avión emprenda el vuelo en condiciones de plena seguridad. La comisión de investigación determinará, junto con el fabricante, lo adecuado de la decisión de salir a volar con el problema de que se trate «aislado», como dice la compañía, pero, para entendernos, podría ser similar a que alguien dijera que un coche no es seguro porque está encendido el indicador de falta de agua en el limpiaparabrisas.
Spanair es una compañía muy seria que siempre se ha tomado las cuestiones de seguridad como algo esencial. No en vano fue la primera compañía española en obtener la certificación IOSA de seguridad en las operaciones que concede IATA. Además tiene homologados sus procedimientos con los que establece la Star Alliance a la que pertenece. Volar con códigos compartidos con otras compañías (Lufthansa, en el caso del fatídico JK5022) asegura que sus estándares de mantenimiento y operación son homologables a los de dichas compañías. Los procedimientos y registros de operación y mantenimiento son revisados y auditados regularmente por la Dirección General de Aviación Civil y se opera y se mantienen los aviones con pleno cumplimiento de las normas europeas JAR (Joint Aviation Requirements). El entrenamiento periódico de tripulaciones y técnicos obedece a un programa aprobado por Aviación Civil y se sigue a rajatabla. Y por si esto fuera poco, Spanair es propiedad de SAS, que es otra compañía que toma tan en serio los problemas de seguridad que es capaz de dejar en tierra decenas de aviones ante la sola sospecha de que pudieran tener un problema de diseño. Quien quiera ver en este entorno dejadez por la seguridad en Spanair es que no quiere aceptar la realidad.
Lo dramático es que incluso con todas estas garantías el accidente se ha producido. Deberemos esperar para saber qué pasó y qué se puede hacer para evitar que se repita. Mientras tanto, lo peor que podríamos hacer es dudar de la seguridad de nuestro sistema de transporte aéreo o de la seguridad y profesionalidad de Spanair y sus trabajadores. Seamos cautos, demos tiempo a que la investigación concluya y no asignemos responsabilidades antes de tiempo.
Son unos momentos muy duros para las víctimas y sus familiares, entre los que también hay varios trabajadores de la compañía. Evitemos que sean más duros buscando culpables de manera frívola. Si la actuación de Spanair no ha sido la adecuada, se sabrá. Pero si el trabajo ha sido correcto, el daño que hacen las opiniones e informaciones parciales será también irreparable.
Que descansen en paz.