OJO DE BUEY
Noticia de Piñuel
A los pocos minutos de su asesinato, se difunde en los medios la fotografía de Juan Manuel Piñuel. Este hombre ha empezado a existir para mí, para nosotros, el mismo día de su desaparición. El día marcado por unos infames que tienen la muerte por costumbre y por patria. Y las preguntas también me explotan. Súbitamente emerge de la desaparición del guardia Piñuel una vida. Cuarenta y un años de vida, repleta de cosas, de personas, de parientes, de historias, de ciudades y de destinos, entre la Melilla natal y una casa cuartel alavesa. Destinos: cómo golpea la palabra en este caso. Conozco bien Melilla y no me cuesta imaginármelo allí. Pero sí imaginarme todo lo demás: cómo se ha engrasado la catástrofe que ha llevado a Piñuel a las portadas. Ha sido ésta, además, una semana, en la que se ha hablado mucho sobre la condición pública o privada de nuestras vidas. Juan Manuel Piñuel resulta un hombre público desde el instante de su muerte. Odiosa ironía que multiplica el crimen de sus verdugos. Me produce un sobrecogimiento desazonante contemplar ese resumen de Piñuel que nos ofrece la fotografía publicada: un primer plano de su rostro, mirando a la cámara de un fotomatón o algo parecido. Fuera de campo queda todo lo demás, borrado por la onda expansiva de los liquidadores. Es una foto de carnet, de ficha, de número. Se le ve el pico de la camisa del uniforme. Tiene media cara más iluminada que la otra media. Su ojo izquierdo brilla, pero el derecho permanece en sombras. Esa iluminación urgente y algo pobre de las fotografías rápidas. Y esa mirada entre envarada y un punto asustadiza que nos saca el flash. Esta fotografía -ahora pública- tiene, sin embargo, una recámara privada, casi íntima, que desmiente su miedos. Piñuel nos mira y nos habla: soy yo, Juan Manuel, y esta fotografía no era para esto que ahora (me) veis. Ya decía Barthes que el fotógrafo tiene que luchar tremendamente para que la fotografía no sea la muerte. Lo que no vemos de Piñuel está repartido entre en el plano general de la escena del crimen y el álbum familiar. No conocíamos a este hombre y tenemos que hacerlo cuando -a los que no somos de su familia- nos queda sólo una fotografía que no puede dar cuenta de su vida, ni de cómo era, ni de lo que pensaba, ni de sus proyectos, ni de sus problemas, ni de lo que deseaba, ni de lo que esperaba para el futuro de su hijo de seis años, ni de nada. De nada de lo que hay en medio entre la fotografía -para nosotros la única fotografía, la única noticia de Piñuel- y el principio de su existencia. Porque Juan Manuel Piñuel era un hombre que existía antes de la bomba (una bomba de otros), y entorno a él existían una mujer, unas hermanas, unos amigos (suyos: eso sí constituía su propia vida, y no las bombas que llevan otros en sus cabezas, adheridas como lapas), y un día se hizo esa fotografía modesta y laboral que al final es forense. Y pasa que, también ahora, ante el silencio de este único retrato suyo del que disponemos, el resto de su tiempo aparece desprendido como las paredes del cuartel de Legutiano. Y lo que se imprime, en cambio, son páginas y pantallas convertidas en esquelas con fotografía en el centro, en esquelas del guardia Juan Manuel Piñuel subrayadas por titulares, por su nombre, que lo presenta y a la vez lo despide.













