AL VUELO
De cuando fuimos mayores (privado)
He contado las fotografías de la orla de la promoción, y éramos treinta condiscípulos aquel año que la cosa terminaba, cuando ya éramos muy mayores, o así lo creíamos porque éramos los alumnos de más edad y de estudios más avanzados del colegio, aunque sólo teníamos diecisiete años. Terminábamos una época de la vida, era el último curso como colegiales y lo celebrábamos porque íbamos a comenzar otra etapa distinta, para más mayores, aunque siguiéramos siendo estudiantes y mozos.
Aquél fue un año festivo para nosotros; había que ensalzar cualquier suceso que dejara claro que cada vez nos hacíamos más mayores, incluido el que salíamos de la tutela marista, la que entonces se imponía a fuerza de babero y chasca, y de la que nos sentimos muy orgullosos. Recuerdo que mis condiscípulos eligieron que fuera yo quien les representara, y por ello me correspondió, entre otra funciones, comunicar a todos nuestras sensaciones, y así, en discursos y declaraciones públicas, conté que ya éramos muy mayores; se lo dije a todos los alumnos del colegio, a los familiares y a los profesores, y también a muchos más se lo dije, a través de otros medios. Cuando terminó el curso, poco más que adiós pudimos decirnos entre nosotros. Posteriormente, el tiempo y las circunstancias se encargaron de las separaciones definitivas y los olvidos.
Ahora, después de varios quinquenios de aquellos momentos, gracias a los asombrosos efectos de la nostalgia, nos hemos reencontrado los compañeros de aquel curso, para pasar juntos una jornada completa. Ha sido este último viernes, anteayer. Sólo unos pocos han faltado al encuentro: alguien que ha tenido dificultades, alguno que se ha perdido y quienes no han podido acudir porque se nos han muerto, pero que también, de otra forma, los hemos tenido presentes. Hemos estado casi todos.
El efecto de choque en el reencuentro era previsible; por eso había sugerido Joaquín la posibilidad de llevar algún distintivo, para evitar confusiones de identificación, debidas a las acumulaciones adiposas en unos, las alopecias en otros y las deformaciones y otras lindezas evolutivas o traumáticas en algunos. La idea era buena, pero, mire usted, a mí me atraía más la idea de jugar a descubrir los misterios que encierran las transformaciones causadas por el tiempo, que en muchos casos son hasta inmoderadas. Por eso comencé la apuesta con ejercicios de lógica e imaginación, pero la realidad y la amnesia superaron en ocasiones la capacidad deductiva, y hube de recurrir a las aclaraciones. Aun así, fue una práctica entretenida. Yo, cauto, había ido provisto de documentación gráfica de antaño; resultó útil, porque, entre otras aplicaciones, me sirvió para hacer recordar a los demás y demostrarles que el tiempo y las circunstancias tampoco habían sido muy generosos conmigo; en especial momento cuando me dio un arrebato de coquetería y, fíjese usted hasta qué punto, evoqué con alarde, como un jovenzuelo presumido, algunas virtudes y facultades que en tiempos pasados me adornaban y que hace bastante se perdieron.
Al final de la jornada llegamos a unas conclusiones casi unánimes: la de que seguramente no éramos entonces tan mayores como suponíamos y la de que ahora, en vez de hacernos mayores, estamos envejeciendo. No obstante, y quizás sea el mejor resultado tras el análisis, no estamos mal del todo, porque hemos comprobado que todavía conservamos algunas costumbres pueriles y algo de la ingenuidad de aquellos momentos en los que fuimos mayores.
Discúlpeme usted hoy, lector, esta crónica necesaria y algo apresurada; la próxima vez no me pondré tan serio.
Aquél fue un año festivo para nosotros; había que ensalzar cualquier suceso que dejara claro que cada vez nos hacíamos más mayores, incluido el que salíamos de la tutela marista, la que entonces se imponía a fuerza de babero y chasca, y de la que nos sentimos muy orgullosos. Recuerdo que mis condiscípulos eligieron que fuera yo quien les representara, y por ello me correspondió, entre otra funciones, comunicar a todos nuestras sensaciones, y así, en discursos y declaraciones públicas, conté que ya éramos muy mayores; se lo dije a todos los alumnos del colegio, a los familiares y a los profesores, y también a muchos más se lo dije, a través de otros medios. Cuando terminó el curso, poco más que adiós pudimos decirnos entre nosotros. Posteriormente, el tiempo y las circunstancias se encargaron de las separaciones definitivas y los olvidos.
Ahora, después de varios quinquenios de aquellos momentos, gracias a los asombrosos efectos de la nostalgia, nos hemos reencontrado los compañeros de aquel curso, para pasar juntos una jornada completa. Ha sido este último viernes, anteayer. Sólo unos pocos han faltado al encuentro: alguien que ha tenido dificultades, alguno que se ha perdido y quienes no han podido acudir porque se nos han muerto, pero que también, de otra forma, los hemos tenido presentes. Hemos estado casi todos.
El efecto de choque en el reencuentro era previsible; por eso había sugerido Joaquín la posibilidad de llevar algún distintivo, para evitar confusiones de identificación, debidas a las acumulaciones adiposas en unos, las alopecias en otros y las deformaciones y otras lindezas evolutivas o traumáticas en algunos. La idea era buena, pero, mire usted, a mí me atraía más la idea de jugar a descubrir los misterios que encierran las transformaciones causadas por el tiempo, que en muchos casos son hasta inmoderadas. Por eso comencé la apuesta con ejercicios de lógica e imaginación, pero la realidad y la amnesia superaron en ocasiones la capacidad deductiva, y hube de recurrir a las aclaraciones. Aun así, fue una práctica entretenida. Yo, cauto, había ido provisto de documentación gráfica de antaño; resultó útil, porque, entre otras aplicaciones, me sirvió para hacer recordar a los demás y demostrarles que el tiempo y las circunstancias tampoco habían sido muy generosos conmigo; en especial momento cuando me dio un arrebato de coquetería y, fíjese usted hasta qué punto, evoqué con alarde, como un jovenzuelo presumido, algunas virtudes y facultades que en tiempos pasados me adornaban y que hace bastante se perdieron.
Al final de la jornada llegamos a unas conclusiones casi unánimes: la de que seguramente no éramos entonces tan mayores como suponíamos y la de que ahora, en vez de hacernos mayores, estamos envejeciendo. No obstante, y quizás sea el mejor resultado tras el análisis, no estamos mal del todo, porque hemos comprobado que todavía conservamos algunas costumbres pueriles y algo de la ingenuidad de aquellos momentos en los que fuimos mayores.
Discúlpeme usted hoy, lector, esta crónica necesaria y algo apresurada; la próxima vez no me pondré tan serio.













