ESPAÑA
«No se van a salir con la suya» «No sois nadie, sólo basura»
La viuda del agente Juan Manuel Piñuel tilda de «asesinos miserables» a los terroristas y agradece al pueblo vasco su «fuerza y dignidad»

María Victoria Campos./EFE
No quiere que los asesinos de su marido se congratulen con su dolor y por eso prefiere no hablar de lo que le han hecho a su familia. Aunque eso sí, muestra toda su entereza al animar al pueblo vasco a aunar fuerzas para repudiar a «esos cobardes». María Victoria Campos, la viuda del guardia civil Juan Manuel Piñuel Villalón, asesinado por ETA en Legutiano califica de «asesinos miserables» a los terroristas y pide «respeto a su intimidad».
-¿Qué sentimiento le queda tras lo ocurrido?
-Rabia, impotencia y dolor... Pero, por otra parte, la gente, con todo lo que ha pasado, me ha transmitido mucha fuerza. Él no se lo merecía. Era una persona maravillosa.
-Ha recibido muchas muestras de cariño estos días. ¿Ha podido sentir el calor de la gente?
-Sí. Ha sido inmenso. No tengo palabras para describirlo, ni nada de lo que pueda quejarme. Le doy un diez a todos. He sentido la fuerza y la dignidad de la gente. Otras personas -habla de la asociación de víctimas- que pasaron antes que yo por esto han venido a darme su apoyo, aunque eso supone que hayan tenido que revivir todo lo que les ocurrió antes. Eso es digno de alabanza. También me sentí muy arropada por el pueblo vasco. La gente aplaudía por donde íbamos pasando, transmitiéndome toda su fuerza. Lo hacían de verdad. Pero, sobre todo, he sentido el calor del ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, que no se separó de mí ni un momento, así como Teo, Luis y el capitán Antonio. Tuvieron la facultad de hacerme sentir como si fueran mis padres, por su bondad y su serenidad. Eso no se interpreta. He sentido un respeto grandísimo durante los funerales. Me pidieron permiso para que accedieran las cámaras, porque iban a imponerle la medalla al mérito, y hasta tuvieron la delicadeza de no utilizar los flashes.
-¿Y de sus compañeros?
-También (se emociona). Vinieron amigos que habían estado con él hace cinco años, otro que estaba destinado en Asturias... Los compañeros vinieron expresamente desde Valencia para llevar el cuerpo de su amigo...
-¿Qué les diría a los asesinos?
-Que no se van a salir con la suya. No lo van a conseguir. Son unos cobardes que no dan la cara, una minoría muy pequeña, y nosotros somos más que ellos. Su pueblo tiene la fuerza suficiente como para repudiarles. Poco a poco, van a librarse del miedo para que todo el mundo les vea tal y como son, un pueblo digno. Me ha sorprendido mucho la dignidad y la fuerza de la gente allí.
-¿Y qué les diría de lo que le han hecho a su familia?
-Nada. No se van a congratular con mi dolor.
-Usted no quería que aceptara el destino del norte. ¿Qué piensa ahora?
-Yo no repudio al pueblo vasco. Al contrario. Ha sido alucinante. La gente desde la calle me gritaba «fuerza, mujer». No es justo que, por culpa de unos cuantos, se ensucie la limpieza de un país. Son gente digna, sincera. No tengo nada que decir contra ellos.
-Pero, ¿por qué no quería usted que se marchara al norte? ¿Un presagio, tal vez?
-Yo tenía un mal presentimiento, siempre pensé que allí podía ocuTenía un mal presentimiento, siempre pensé que allí podía ocurrirle algo y que, si subía, a lo mejor nunca iba a volver, pero era la única forma de conseguir puntos para regresar a Málaga, al puesto que él quería, y decidió que lo mejor era subir, que en tres años y medio podía estar en su tierra, en el puesto que él quería. Su sueño era que compráramos un piso en Málaga y que viviéramos los tres juntos. Él no tenía ilusión por ir, sino por volver. Yo nunca le puse trabas sobre ninguno de sus destinos, le he acompañado a todos. Pero él me decía que hacía diez años que no pasaba nada allí. Él estaba contento, decía que aquello era muy tranquilo, que los mandos eran extraordinarios y los compañeros excelentes y que el sitio era precioso.
-Se despidieron ese mismo día. ¿Cómo fue?
-Lo acompañé a la estación, porque cogía el tren a las doce y nos despedimos. Llegó a las ocho y media a Vitoria. A las nueve estaba en el cuartel y a las diez se incorporaba a su puesto.
-¿Cómo recibió la noticia?
-El teléfono sonó a las cinco menos veinte de la madrugada. Yo lo utilizo como despertador, así que pensé que ya eran las siete y media. Entonces, una voz muy seria me preguntó: «¿Es usted la mujer de Juan Manuel Piñuel? Di un bote en la cama y el corazón se me puso en un puño... (no puede continuar).
-¿Piensa usted que es justo que un guardia civil tenga que ir al norte, sin querer, para aspirar a volver un día al lugar donde tiene su familia?
-No, no es justo. Ya habíamos estado en Valencia, que tiene una alta criminalidad. Se exponía muchísimo en su profesión, en cualquier momento, cuando daba el alto a un vehículo, o lo que sea. Me decía 'Tranquila, que aquello no va a ser más peligroso que esto'.
-¿Tenía vocación militar, o de guardia civil?
-Estaba enamorado de su profesión, pero también le gustaba el Ejército porque su padre fue militar (teniente coronel). Se le pasó la edad para entrar en la Aviación y accedió a la Guardia Civil cuando estaba en el límite, con 29 años. Le gustaba mucho y se adaptaba muy bien en todos los destinos. Era un encanto. Allí donde iba, todos los compañeros lo querían. Manolo era superinocente. Le gustaba ayudar a todo el mundo.
-¿Qué sentimiento le queda tras lo ocurrido?
-Rabia, impotencia y dolor... Pero, por otra parte, la gente, con todo lo que ha pasado, me ha transmitido mucha fuerza. Él no se lo merecía. Era una persona maravillosa.
-Ha recibido muchas muestras de cariño estos días. ¿Ha podido sentir el calor de la gente?
-Sí. Ha sido inmenso. No tengo palabras para describirlo, ni nada de lo que pueda quejarme. Le doy un diez a todos. He sentido la fuerza y la dignidad de la gente. Otras personas -habla de la asociación de víctimas- que pasaron antes que yo por esto han venido a darme su apoyo, aunque eso supone que hayan tenido que revivir todo lo que les ocurrió antes. Eso es digno de alabanza. También me sentí muy arropada por el pueblo vasco. La gente aplaudía por donde íbamos pasando, transmitiéndome toda su fuerza. Lo hacían de verdad. Pero, sobre todo, he sentido el calor del ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, que no se separó de mí ni un momento, así como Teo, Luis y el capitán Antonio. Tuvieron la facultad de hacerme sentir como si fueran mis padres, por su bondad y su serenidad. Eso no se interpreta. He sentido un respeto grandísimo durante los funerales. Me pidieron permiso para que accedieran las cámaras, porque iban a imponerle la medalla al mérito, y hasta tuvieron la delicadeza de no utilizar los flashes.
-¿Y de sus compañeros?
-También (se emociona). Vinieron amigos que habían estado con él hace cinco años, otro que estaba destinado en Asturias... Los compañeros vinieron expresamente desde Valencia para llevar el cuerpo de su amigo...
-¿Qué les diría a los asesinos?
-Que no se van a salir con la suya. No lo van a conseguir. Son unos cobardes que no dan la cara, una minoría muy pequeña, y nosotros somos más que ellos. Su pueblo tiene la fuerza suficiente como para repudiarles. Poco a poco, van a librarse del miedo para que todo el mundo les vea tal y como son, un pueblo digno. Me ha sorprendido mucho la dignidad y la fuerza de la gente allí.
-¿Y qué les diría de lo que le han hecho a su familia?
-Nada. No se van a congratular con mi dolor.
-Usted no quería que aceptara el destino del norte. ¿Qué piensa ahora?
-Yo no repudio al pueblo vasco. Al contrario. Ha sido alucinante. La gente desde la calle me gritaba «fuerza, mujer». No es justo que, por culpa de unos cuantos, se ensucie la limpieza de un país. Son gente digna, sincera. No tengo nada que decir contra ellos.
-Pero, ¿por qué no quería usted que se marchara al norte? ¿Un presagio, tal vez?
-Yo tenía un mal presentimiento, siempre pensé que allí podía ocuTenía un mal presentimiento, siempre pensé que allí podía ocurrirle algo y que, si subía, a lo mejor nunca iba a volver, pero era la única forma de conseguir puntos para regresar a Málaga, al puesto que él quería, y decidió que lo mejor era subir, que en tres años y medio podía estar en su tierra, en el puesto que él quería. Su sueño era que compráramos un piso en Málaga y que viviéramos los tres juntos. Él no tenía ilusión por ir, sino por volver. Yo nunca le puse trabas sobre ninguno de sus destinos, le he acompañado a todos. Pero él me decía que hacía diez años que no pasaba nada allí. Él estaba contento, decía que aquello era muy tranquilo, que los mandos eran extraordinarios y los compañeros excelentes y que el sitio era precioso.
-Se despidieron ese mismo día. ¿Cómo fue?
-Lo acompañé a la estación, porque cogía el tren a las doce y nos despedimos. Llegó a las ocho y media a Vitoria. A las nueve estaba en el cuartel y a las diez se incorporaba a su puesto.
-¿Cómo recibió la noticia?
-El teléfono sonó a las cinco menos veinte de la madrugada. Yo lo utilizo como despertador, así que pensé que ya eran las siete y media. Entonces, una voz muy seria me preguntó: «¿Es usted la mujer de Juan Manuel Piñuel? Di un bote en la cama y el corazón se me puso en un puño... (no puede continuar).
-¿Piensa usted que es justo que un guardia civil tenga que ir al norte, sin querer, para aspirar a volver un día al lugar donde tiene su familia?
-No, no es justo. Ya habíamos estado en Valencia, que tiene una alta criminalidad. Se exponía muchísimo en su profesión, en cualquier momento, cuando daba el alto a un vehículo, o lo que sea. Me decía 'Tranquila, que aquello no va a ser más peligroso que esto'.
-¿Tenía vocación militar, o de guardia civil?
-Estaba enamorado de su profesión, pero también le gustaba el Ejército porque su padre fue militar (teniente coronel). Se le pasó la edad para entrar en la Aviación y accedió a la Guardia Civil cuando estaba en el límite, con 29 años. Le gustaba mucho y se adaptaba muy bien en todos los destinos. Era un encanto. Allí donde iba, todos los compañeros lo querían. Manolo era superinocente. Le gustaba ayudar a todo el mundo.












