CULTURA
Pura energía
Hay que ser un tío raro para elegir como instrumento el órgano Hammond, no sólo por las altas habilidades técnicas que exige su dominio, sino también por los problemas de orden logístico que ocasiona el cachivache. Se cuenta que Jimmy Smith, a cuya memoria estaba dedicado el concierto, se hizo con un coche fúnebre de segunda mano para poder llevar de club en club su voluminoso instrumento. Era salir a la carretera y recibir el alto de la policía, que no daba crédito, en aquellos años 50, a la escena de un negro vestido de forma estrafalaria, fumando como un descosido y con la radio a tope a los mandos de un vehículo funerario a toda pastilla. Cuando el agente le ordenaba con un gesto que bajase la ventanilla él lo hacía despacio y pronunciaba con ademán altivo: «Soy el increíble Jimmy Smith», lo cual dejaba más que frío al policía e incluso aceleraba el paso del organista por comisaría. Y así una y otra vez.
Pero lo cierto es que el sonido del órgano Hammond engancha, crea una enfermiza adición tanto en el intérprete como en el oyente, quizá más que el de cualquier otro instrumento. Sólo hay que estar expuesto a un buen concierto para comprobarlo. Por ejemplo a uno de Tony Mónaco.
El organista italoamericano ofreció en Riojafórum un espectáculo memorable. Hora y media de swing, de blues, de soul, de puro nervio y de un caudal de energía casi táctil por el que irremediablemente uno se deja arrastrar y le lleva muy lejos, y le hace olvidarse del tiempo, del mundo y de todo.
Mónaco es un músico volcánico al que da gusto ver vaciarse en cada improvisación, con el cuerpo ladeado, las gotas de sudor bajándole por las patillas, los ojos cerrados, con la boca abierta y la lengua fuera como Jordan entrando a matar.
Enorme también el saxo de Ricky Ford, tan versátil como el de Hank Mobley, tan caliente como el de Stanley Turrentine. Impresionante la imaginación del guitarrista Paul Bollenback, tal vez el hombre con conceptos musicales más avanzados de cuantos había en escena. Pero nada fue comparable a presenciar en directo el exquisito trabajo de Bobby Durham, uno de los últimos representantes de esa estirpe de viejos baterías refinados, sutiles, discretos y generosos que está a punto de extinguirse.
Pero lo cierto es que el sonido del órgano Hammond engancha, crea una enfermiza adición tanto en el intérprete como en el oyente, quizá más que el de cualquier otro instrumento. Sólo hay que estar expuesto a un buen concierto para comprobarlo. Por ejemplo a uno de Tony Mónaco.
El organista italoamericano ofreció en Riojafórum un espectáculo memorable. Hora y media de swing, de blues, de soul, de puro nervio y de un caudal de energía casi táctil por el que irremediablemente uno se deja arrastrar y le lleva muy lejos, y le hace olvidarse del tiempo, del mundo y de todo.
Mónaco es un músico volcánico al que da gusto ver vaciarse en cada improvisación, con el cuerpo ladeado, las gotas de sudor bajándole por las patillas, los ojos cerrados, con la boca abierta y la lengua fuera como Jordan entrando a matar.
Enorme también el saxo de Ricky Ford, tan versátil como el de Hank Mobley, tan caliente como el de Stanley Turrentine. Impresionante la imaginación del guitarrista Paul Bollenback, tal vez el hombre con conceptos musicales más avanzados de cuantos había en escena. Pero nada fue comparable a presenciar en directo el exquisito trabajo de Bobby Durham, uno de los últimos representantes de esa estirpe de viejos baterías refinados, sutiles, discretos y generosos que está a punto de extinguirse.












