CULTURA
Pintar entre líneas
La búsqueda de un lenguaje esencial despojado de todo lo accesorio es y ha sido un objetivo perseguido por muchos artistas. Alcanzar semejante pretensión sólo ha estado al alcance de quienes han depurado durante años sus experiencias. La simplicidad elimina intermediarios, refleja un deseo por incrementar la intensidad en la transmisión de emociones. Aspira a una mayor sinceridad y por supuesto cree en un lenguaje universal que perdure impertérrito al paso del tiempo.
En la historia del arte el número de buscadores de esta especie de panacea artística han sido incontables, en todas las artes. Conseguir asumir con naturalidad ese código básico y plasmarlo con eficiencia produce en el receptor de este tipo de obra de arte un placer estético, sencillamente único. Llegar a ese paraíso creativo desde luego no es empresa fácil.
Ana del Castillo (Madrid, 1977) es una joven pintora riojana que no deja de mostrar algunos buenos atisbos en esa búsqueda esencial. Maneja para ello un lenguaje figurativo repleto de intencionada ingenuidad. Sus cuadros están presididos por un signo trazado con energía que alude a significados trascendentes, fuerzas de la naturaleza o principios activos, sensaciones y sentidos: existencia y desaparición. A menudo pequeños paisajes o elementos aislados de la naturaleza que se identifican con lo permanente. Un mundo visto pero también imaginado, recreado en forma de tótem.
Los atisbos se encuentran en un uso atractivo y a veces sorprendente del color y las texturas. Un colorido en el que tonalidades de oro y plata se enfrentan a colores puros, en duro choque y armonía de complementarios. Además, juega esta pintora con la imagen entrevista, semioculta, fragmentada. En este sentido la presencia de un conjunto de cuadros de pequeño formato consigue reflejar su buen sentido en esta búsqueda tan aludida en este texto.
Creo que Ana del Castillo atesora un torrente creativo que está todavía asentándose. Sus posibilidades se evidencian en ese despliegue de pequeñas imágenes apenas vistas. Una pintura que entre líneas se lee con gusto. Un trabajo que tiene la validez de haber sabido conservar una especie de pureza expresiva, impactante, a veces algo insultante pero siempre personal. El camino se encuentra abierto.
En la historia del arte el número de buscadores de esta especie de panacea artística han sido incontables, en todas las artes. Conseguir asumir con naturalidad ese código básico y plasmarlo con eficiencia produce en el receptor de este tipo de obra de arte un placer estético, sencillamente único. Llegar a ese paraíso creativo desde luego no es empresa fácil.
Ana del Castillo (Madrid, 1977) es una joven pintora riojana que no deja de mostrar algunos buenos atisbos en esa búsqueda esencial. Maneja para ello un lenguaje figurativo repleto de intencionada ingenuidad. Sus cuadros están presididos por un signo trazado con energía que alude a significados trascendentes, fuerzas de la naturaleza o principios activos, sensaciones y sentidos: existencia y desaparición. A menudo pequeños paisajes o elementos aislados de la naturaleza que se identifican con lo permanente. Un mundo visto pero también imaginado, recreado en forma de tótem.
Los atisbos se encuentran en un uso atractivo y a veces sorprendente del color y las texturas. Un colorido en el que tonalidades de oro y plata se enfrentan a colores puros, en duro choque y armonía de complementarios. Además, juega esta pintora con la imagen entrevista, semioculta, fragmentada. En este sentido la presencia de un conjunto de cuadros de pequeño formato consigue reflejar su buen sentido en esta búsqueda tan aludida en este texto.
Creo que Ana del Castillo atesora un torrente creativo que está todavía asentándose. Sus posibilidades se evidencian en ese despliegue de pequeñas imágenes apenas vistas. Una pintura que entre líneas se lee con gusto. Un trabajo que tiene la validez de haber sabido conservar una especie de pureza expresiva, impactante, a veces algo insultante pero siempre personal. El camino se encuentra abierto.












