Sábado, 7 de julio de 2007
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REGIÓN

EL CRISOL
Érase una vez...
Érase una vez una fábrica de chocolate que hacía felices a todos los niños de La Rioja. Electrodulce era su nombre, pues elaboraba diminutos bombones de exquisitos sabores con las formas más psicodélicas: lavadoras, frigoríficos, cocinas. Todo iba de perlas -perlas de chocolate, evidentemente- hasta que, cierto día, los dueños alertaron del peligro. Las ventas caían como fruta madura, vareadas por los dulces de la emergente Asia y de los antiguos países del Este. Algo habría que hacer.
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Fue entonces cuando las au-toridades se ofrecieron a mediar en la crisis, ante las promesas de Electrodulce. El plan era sencillo: una inyección de 'pasta gansa', ese dinero que todos pagamos y que, generalmente, a los prebostes se les escurre entre los dedos, y la empresa podría acometer las reformas necesarias para salir a flote.

Dicho y hecho. Nueva línea de bombones con colores llamativos y sabores diferentes. Fue bonito mientras duró, pero duró poco, demasiado poco.

Pronto anunció Electrodulce que cerraba su fábrica de chocolate y que emigraba hacia salarios más ventajosos. De nada sirvieron las machaconas protestas de los empleados ni los amagos del poder para que la firma devolviera toda la pasta gansa, aunque al final arrancara 34 millones de euros.

Los trabajadores esperaron y esperaron: Que si Rioja Sun Golosina Valley, que si Topten Pirulí Bussines, que si EPV Caramelos Con Futuro. Pero, en definitiva, nada de nada.

Consternados, observaron en lontananza cómo la factoría Delphines de Chocolate, que al igual que Electrodulce había sufrido la plaga de la deslocalización, abandonaba Cádiz, eso sí, previo pago de 120 millones de euros en indemnizaciones y la cesión a las autoridades de todos sus activos -terrenos, maquinaria y naves-, valorados en 160 millones más.

«Nunca es tarde si la dicha es buena», dice un refrán, aunque otra sentencia, quizás tan sabia como la anterior, proclama que «quien espera, desespera». mizquierdox@diariolarioja.com

 
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