Agobio, mucho agobio. Tras llamar al concesionario y comprobar que no hay fórmula mágica para abrir el vehículo, un conocido se para para ayudar a la angustiada madre, de nombre Yasmina: «No sabes cómo reaccionar en esos momentos porque ves a la niña y no puedes hacer nada».
Pasa un conocido y coloca una sombrilla para aliviar del sol directo a la criatura. «Habrá que llamar a, no sé..., la Policía», se preguntan. Yasmina recurre a su suegro, que trabaja con la cerrajería, pero antes de que éste llegue un coche se para al lado.
«Qué ocurre», pregunta. Afortunadamente es un profesional, un cerrajero de paso que por suerte se ofrece a ayudar a la madre en apuros. «Gracias a Dios», piensa Yasmina entre lágrimas que ya se contagian a la criatura, agobiada por el calor y por la expectación de fuera. El cerrajero, como caído del cielo, conviene con la madre: «Intentaremos saltar el cierre». Imposible, la moderna tecnología parece blindada, así que conviene con la madre no romper el cristal, sino desmontar una ventanilla. Procede con una palanca y desmonta la goma que protege la luneta. Saca la ventanilla y por fin abren el coche. Han sido cuarenta angustiosos minutos para la madre y para la niña. Yasmina coge a su hija, le da agua y la refresca. Gracias al cielo todavía queda buena gente dispuesta a colaborar. Es cuando su suegro, que ya ha llegado, agradece la labor al cerrajero. El profesional, nunca mejor dicho, replica: «Son treinta euros por las molestias».
El suegro paga, pero se pregunta: «Vaya, con el buen samaritano». Cuando se entera, la madre también lo asume: «Lo importante era sacar a la niña, pero me pregunto dónde ha ido a parar la buena voluntad de la gente».
«Nadie le pidió nada -continúa-, él se ofreció a quitar la ventanilla y se lo agradezco, pero me pregunto si un médico que se encontrara con un accidente y ayudara a los heridos pasaría luego también la cuenta». El caso es que los treinta euros («y sin factura», dice Yasmina), más los 73 del montaje de la nueva ventanilla con la pequeña reparación de chapa, suman 103, el doble que haber roto la ventanilla, según le dicen a la madre en el concesionario: «¿Coño con el samaritano¿», repite Yasmina.